La Herejía del Polvo: La Hija del Silencio

CAPÍTULO 20: El Sacrificio Necesario

El ascenso hacia la cúspide de la Gran Pirámide no fue una batalla, fue una procesión fúnebre.

Neferet caminaba delante. No necesitaba antorchas. Su piel emitía un resplandor blanco y constante que repelía las sombras del pasillo. Donde pisaban sus pies descalzos, la piedra caliza siseaba y se ennegrecía, dejando un rastro de huellas quemadas que Kaelen seguía con la mirada baja.

El guerrero caminaba diez pasos por detrás, con el pecho descubierto. La cicatriz blanca en forma de garra sobre su corazón no le dolía, pero sentía un vacío en el pecho, como si al arrancarle la oscuridad, Neferet se hubiera llevado también una parte de su calor vital.

Sethos cerraba la marcha. El escriba ya no se apoyaba en Kaelen. Caminaba con una urgencia nueva, golpeando su bastón con un ritmo marcial, murmurando para sí mismo en una lengua que sonaba a cristal rompiéndose.

—Se detienen —dijo Neferet. Su voz metálica no hizo eco.

Llegaron ante la "Puerta del Horizonte", el último obstáculo antes de la cámara donde el Faraón intentaba devorar el sol. El pasillo terminaba abruptamente en un muro de negrura absoluta. No era piedra negra; era una lámina de inexistencia. La luz de Neferet no iluminaba esa oscuridad; era absorbida por ella como agua en arena seca.

—El Sello de la Inexistencia —dijo Sethos, adelantándose hasta quedar junto a Neferet. Su rostro estaba bañado en sudor, pero sus cuencas vacías miraban fijamente al vacío—. El Faraón sabía que si el khopesh fallaba, vendrías tú. Este sello no es una barrera física. Es una negación de la realidad.

Neferet alzó la mano. El khopesh negro apareció en su puño, materializándose desde el aire. —Puedo cortarlo.

—No —Sethos puso su bastón frente a ella—. Si tocas el vacío con divinidad, la realidad colapsará. La pirámide implosionará y nos llevará a todos, junto con El Cairo, a la nada. El fuego no puede quemar la ausencia de aire, Neferet.

Kaelen se acercó, manteniendo una distancia prudente de la mujer dorada. —¿Entonces qué? ¿Nos quedamos aquí hasta que el Faraón termine de comerse el sol?

—El sello ignora lo divino —explicó Sethos, pasando los dedos por el borde de la oscuridad sin tocarla—. Pero exige un peaje mortal. Para que la puerta se abra a la existencia, alguien debe salir de ella.

—Explícate —ordenó Neferet. No había impaciencia en su tono, solo una demanda de datos.

—La ley del intercambio equivalente —Sethos se quitó la bolsa de viaje y la dejó caer al suelo. Se enderezó la túnica sucia—. Para cruzar a donde la realidad se está reescribiendo, hay que borrar algo de este lado. Un nombre. Una memoria. Una vida.

Kaelen entendió antes que Neferet. Dio un paso adelante y agarró al anciano por el brazo. —No. Viejo loco, no. Tiene que haber otra forma. Neferet puede...

—Neferet ya no es humana, Kaelen —dijo Sethos con suavidad, soltándose del agarre—. Ella es un evento cósmico. Tú eres un guerrero, pero tu alma está marcada. Yo... yo soy solo un escriba que leyó demasiado. Soy el único que sobra en esta ecuación.

Neferet giró la cabeza hacia Sethos. Sus ojos blancos lo escanearon sin parpadear. —Tu cálculo es lógico —dijo ella.

Kaelen la miró con horror. —¿Lógico? ¡Es Sethos! ¡Es el que nos salvó en los túneles! ¿No vas a detenerlo?

—Él ha elegido su final —respondió Neferet, volviendo su atención a la puerta—. Intervenir sería ineficiente.

Kaelen retrocedió, como si ella lo hubiera golpeado. La frialdad de Neferet le dolió más que la necrosis. La mujer que había llorado por su hermano en el desierto había muerto en el lago de oricalco.

Sethos sonrió. Una sonrisa tranquila, casi aliviada. —No la culpes, soldado. Ella ve el panorama completo ahora. Las hormigas no lloran por las hojas caídas.

El escriba se giró hacia el vacío. Alzó su bastón una última vez y luego lo dejó caer al suelo. —Cuídala, Kaelen. Aunque ella crea que no necesita cuidado. Recuérdale... recuérdale que el sol calienta, no solo quema.

Sethos dio un paso hacia la oscuridad. No hubo un destello de luz. No hubo un grito heroico.

En el momento en que su cuerpo tocó la negrura, Sethos comenzó a deshacerse. No como carne quemada, sino como un dibujo de carboncillo borrado por una mano gigante. Sus pies desaparecieron. Luego sus piernas.

Yo renuncio a mi nombre —dijo la voz de Sethos, desvaneciéndose—. Yo renuncio a mi historia. Abrid el camino.

Su torso desapareció. Su rostro vendado fue lo último en irse, con la boca aún curvada en esa sonrisa serena.

Y luego, no hubo nada.

El muro de oscuridad parpadeó y se disolvió como niebla al sol. El pasillo estaba despejado.

En el suelo, donde había estado Sethos, solo quedaba su bastón de madera y su túnica vacía, que cayó al suelo como si el cuerpo que la habitaba se hubiera evaporado instantáneamente.

Silencio.

Kaelen cayó de rodillas junto a la túnica vacía. La tocó con manos temblorosas. —Se ha ido... —susurró—. Ni siquiera hay cuerpo.

Neferet no miró la túnica. Caminó sobre ella, sus pies dorados pisando la tela sin dudar. —El camino está abierto —dijo—. El Faraón espera.



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En el texto hay: mitologia, dioses, aventuras

Editado: 19.01.2026

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