La Herejía del Polvo: La Hija del Silencio

CAPÍTULO 21: Trono de Polvo

La cámara final no tenía suelo.

Al cruzar el umbral donde Sethos se había borrado a sí mismo, Neferet y Kaelen entraron en una catedral de silencio suspendida en el espacio. Las paredes de la Gran Pirámide habían sido devoradas desde dentro, reemplazadas por grietas en la realidad que mostraban un cosmos enfermo, lleno de estrellas de colores lívidos y nebulosas grises.

En el centro de la nada, flotando sobre una plataforma de huesos calcificados que giraban lentamente como los anillos de un planeta muerto, estaba el Trono.

El Faraón no estaba sentado en él. El Faraón era el trono.

La explosión en la galería le había arrancado la humanidad. Lo que quedaba de su torso estaba fusionado con la obsidiana del asiento. Su piel era una costra negra que supuraba luz violeta. No tenía piernas; su cuerpo terminaba en cables de carne y cristal que se hundían en el orbe oscuro —el Devorador de Estrellas— que ahora era del tamaño de una casa, palpitando sobre su cabeza.

—Bienvenida al final de la historia —dijo el Faraón. Su voz no vibraba en el aire, porque no había aire. Resonaba directamente en la médula espinal de Kaelen, haciéndolo caer de rodillas, jadeando.

Neferet no se arrodilló. Su piel dorada brillaba con una intensidad nuclear, iluminando el vacío con un halo blanco. —Tu historia es corta —dijo ella. Su voz metálica era fría, carente de rabia—. Y el final es decepcionante.

El Faraón sonrió, y su boca se abrió demasiado, rasgando sus mejillas. —Traes el Hierro del Cielo, pero no entiendes lo que enfrentas. No soy un hombre al que puedas cortar. Soy la ausencia de cosas. Soy el hambre.

Alzó una mano deforme. El espacio alrededor de Neferet simplemente dejó de existir.

No fue un ataque de energía. Fue una supresión. Un cubo de realidad de tres metros se colapsó.

Neferet reaccionó con la velocidad de un fotón. Se convirtió en un borrón de luz, escapando del área de efecto un milisegundo antes de que el espacio implosionara con un sonido de succión repugnante.

—Kaelen, no te muevas —ordenó ella sin mirar atrás.

Se lanzó contra el Faraón. El khopesh negro trazó un arco de fuego dorado, buscando el cuello de la abominación.

El Faraón ni siquiera intentó bloquear. La hoja divina golpeó su hombro... y lo atravesó sin resistencia, como si cortara humo.

—¿Materia? —se burló el Faraón—. Qué pintoresco.

El orbe oscuro pulsó. Una onda de gravedad aplastó a Neferet contra la plataforma de huesos. La presión era tal que el suelo bajo ella comenzó a pulverizarse. Kaelen, a veinte metros de distancia, sintió que sus costillas crujían. La sangre empezó a salirle por la nariz.

—¡Neferet! —gritó el guerrero, intentando levantarse, pero la gravedad lo mantenía pegado al suelo invisible—. ¡El acero no le hace nada! ¡No es carne!

Neferet luchaba contra el peso de una estrella muerta. Su piel metálica chirriaba bajo la presión. Entendió entonces el error. Estaba luchando como una guerrera, usando una espada para matar una idea.

La oscuridad no se corta, pensó, recordando la voz de Sethos. Se llena.

—Tienes razón —dijo ella, forzando su cuerpo a levantarse milímetro a milímetro. La luz de sus ojos se intensificó hasta que fue insoportable mirarla—. No eres carne. Eres un hueco.

Neferet soltó el khopesh.

El arma, la única cosa que Kaelen creía que podía salvarlos, cayó al vacío, girando hasta perderse en la oscuridad de abajo.

—¿Te rindes? —preguntó el Faraón, curioso.

—No —dijo Neferet—. Me expando.

Abrió los brazos. Y dejó de contenerse.

Todo el poder que había absorbido en el lago de oricalco, toda la herencia de los Semsu Hor que había mantenido comprimida en forma humana, la soltó de golpe.

Su cuerpo físico comenzó a disolverse. Su piel se deshizo en partículas de luz. Sus huesos se convirtieron en plasma.

—¡NO! —el grito de Kaelen desgarró su garganta. No le importaba el Faraón. Le importaba ella—. ¡Neferet, no te vayas! ¡Vuelve!

Pero ella ya no estaba allí. En su lugar, había una estrella.

Una supernova contenida estalló en el centro de la cámara. La luz no era solo brillante; era sólida. Era Existencia Pura, densa y pesada.

El Faraón chilló. No de dolor, sino de terror existencial. El Vacío no puede existir donde hay plenitud absoluta. La luz dorada llenó cada grieta de su ser, cada sombra de la pirámide.

El orbe oscuro, el Devorador de Estrellas, intentó beberse la luz, pero era demasiada. Era como intentar beberse el océano a través de una pajita. El orbe se hinchó, vibró y comenzó a agrietarse. Rayos de luz dorada perforaron la obsidiana desde dentro.

—¡YO SOY ETERNO! —rugió el Faraón, mientras su cuerpo de sombras se evaporaba bajo el bombardeo de fotones.

—Tú eres polvo —respondió la voz de Neferet, que ahora estaba en todas partes—. Y yo soy el viento.

El orbe estalló.

La explosión no fue de fuego. Fue una onda de reescritura de la realidad. La cámara de pesadilla fue barrida. Las grietas en el cosmos se sellaron. La gravedad volvió a la normalidad.



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En el texto hay: mitologia, dioses, aventuras

Editado: 19.01.2026

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