La Herejía del Polvo: La Hija del Silencio

CAPÍTULO 22: El Eco que No Cesa

El sol del mediodía caía sobre la meseta de Giza, pero no era el sol tiránico de antes. Era una luz pálida, filtrada por el polvo que aún flotaba en el aire tras la destrucción de la cúspide.

Neferet despertó bajo la sombra de la Gran Esfinge. Kaelen la había llevado allí, lejos de la locura del campamento principal, donde los generales del ejército y los sacerdotes menores ya estaban desenvainando las espadas unos contra otros, luchando por las migajas del poder que el Faraón había dejado vacante.

Se incorporó con un gemido. Su cuerpo se sentía extraño, ligero, como si sus huesos fueran huecos. Al mirarse las manos, vio que las cicatrices plateadas de la energía seguían allí, trazando mapas de constelaciones muertas sobre su piel.

—Estás despierta —dijo Kaelen. Estaba sentado sobre una pata de la Esfinge, limpiando su espada con arena. Parecía diez años más viejo que la noche anterior. Su cicatriz en el pecho era blanca y visible bajo la túnica rasgada.

—¿Cuánto tiempo he dormido? —preguntó ella. Su voz sonaba ronca, humana de nuevo.

—Dos días —Kaelen señaló hacia la pirámide decapitada—. La guerra civil ha empezado, Neferet. Los nubios se han rebelado. Los gobernadores del norte están reuniendo tropas. Todos quieren el trono.

—Que se lo queden —dijo Neferet con desprecio, intentando ponerse en pie. Sus piernas temblaron, pero aguantaron—. El trono es solo una silla sobre una montaña de cadáveres.

Kaelen bajó de un salto y se acercó a ella. Metió la mano en un bolso de cuero que llevaba al cinto y sacó algo envuelto en un trozo de lino quemado. —No pude dejarla allí —dijo, tendiéndole el bulto—. Intenté irme, pero... sentía que me miraba. Sabía que si la dejaba en el polvo, alguien peor que el Faraón la encontraría.

Neferet tomó el envoltorio. La tela estaba caliente.

Lo abrió.

En su palma descansaba la gema verde. Era un fragmento del Devorador de Estrellas, purificado por su luz, pero conservaba una profundidad abisal. No era una esmeralda normal; parecía un ojo vivo, con una pupila vertical de oscuridad atrapada en su interior.

—El corazón de la tormenta —susurró Neferet. Sintió la resonancia de la piedra. No era malvada, pero era poderosa. Una batería eterna que recordaba todo lo que había sucedido: la magia de Sethos, la locura del Faraón, el sacrificio de los Semsu Hor.

—¿Qué hacemos con ella? —preguntó Kaelen—. Si la tiramos al Nilo, envenenará el agua. Si la enterramos, la tierra la escupirá.

Neferet miró la piedra y luego miró hacia el horizonte, donde el desierto se encontraba con el cielo. —No podemos destruirla. La energía no se destruye, Kaelen. Solo se transforma. Debemos contenerla. Debemos esconderla a plena vista, donde nadie busque poder absoluto.

Se sentó en la arena y buscó en su propia ropa. Sacó el trozo de metal negro que había quedado de la empuñadura del khopesh cuando este se desintegró. El metal reaccionó a su tacto, volviéndose maleable como la arcilla.

Con dedos que aún recordaban el trabajo fino de la orfebrería de su padre —antes de las minas, antes del dolor—, Neferet comenzó a trabajar.

Engarzó la gema verde en el metal negro. No le dio forma de espada, ni de corona. Le dio la forma de lo único que sobrevive en el desierto cuando todo lo demás muere. Lo único que nace del estiércol y empuja al sol cada mañana.

Un escarabajo.

Le dio alas de metal estelar, plegadas sobre la gema verde, protegiéndola.

—Un escarabajo —dijo Kaelen, observando el trabajo con curiosidad—. Khepri. El renacimiento.

—Y la memoria —añadió Neferet. Levantó el artefacto terminado. El sol arrancó un destello verde de la gema, un brillo que parecía un guiño de inteligencia—. Esto no es una joya, Kaelen. Es una cerradura. Dentro está la llave para abrir lo que el Faraón intentó desatar. Y mientras este escarabajo exista, nadie podrá forzar la puerta de nuevo.

Kaelen miró el artefacto con respeto y temor. —¿Y quién lo guardará? Tú eres demasiado visible. El mundo sabe quién eres ahora. Te buscarán.

—No lo guardaré yo —dijo Neferet. Se colgó el escarabajo al cuello con un cordón de cuero, sintiendo su peso frío contra su esternón—. Lo guardarán los que no tienen nombre. Los olvidados.

Miró a Kaelen a los ojos. —Sethos se borró de la historia para salvarnos. Nosotros haremos lo mismo. No gobernaremos Egipto, Kaelen. Lo vigilaremos desde las sombras. Buscaremos a otros como nosotros... los niños que sobrevivieron en Siwa, los huérfanos de las minas. Crearemos una Orden.

—Guardianes —murmuró Kaelen, probando la palabra—. Guardianes de secretos que nadie quiere saber.

—Y cuando llegue el momento... —Neferet acarició el escarabajo de ojos verdes—. Cuando el mundo esté listo, o cuando la oscuridad vuelva a alzarse, este escarabajo encontrará a quien deba portarlo. Tal vez en un año. Tal vez en mil.

Se puso en pie, ocultando el artefacto bajo su túnica. Ya no parecía una reina guerrera, ni una diosa terrible. Parecía una viajera cansada, con el pelo blanco prematuro y la mirada de alguien que ha visto el final del tiempo y ha decidido volver.

—¿Estás conmigo, renegado? —preguntó, extendiéndole la mano.



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En el texto hay: mitologia, dioses, aventuras

Editado: 19.01.2026

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