La hija de la Madre Luna

Capítulo 35

El jueves de la última semana de entrenamiento de Stefan fui con Solís a entregar las invitaciones de la boda a la licenciada Mónica y a las Hermanitas del orfanato. Por todo el ajetreo que implicó organizar la Ceremonia de Entrega del Mando Alfa y de Séquito, no pudimos tener listas las invitaciones para entregarlas en esa oportunidad a las manadas, brujos y hadas. Cuando ya las tuvimos, procedimos a enviarlas por “correo brujo”, como llamaba Marianne al envío de cartas y encomiendas por medio de los hechizos de Ravi. Por correo convencional enviamos las que participaban de nuestra unión a humanos que desconocían el verdadero origen de Los Höller, pero por sus relaciones comerciales con la familia e influencia política tuvimos el detalle de invitar.

Como Stefan dio la orden de siempre estar resguardada por guerreros de la familia, Caroline, Cassie, Elrond y Kiram nos acompañaban. La excusa que se le ocurrió a Marianne para que mi amiga y sobrinos puedan ir conmigo fue la donación que el Instituto de Diseño de Moda Höller y la familia hacían al Hogar de María como retribución por haberse encargado durante diecisiete años y meses de mi cuidado y crianza, dado que pronto sería una de ellos. Con el listado de los niños, las mujeres Höller habían armados regalos con ropa, zapatos y juguetes según las edades. Por iniciativa de los más jóvenes de la familia, llevábamos donas para compartir con los niños del Hogar algo dulce y delicioso.

En la camioneta de Solís iba con Cassie, mientras que Elrond, Kiram y Caroline manejaban cada uno un vehículo repleto de los regalos. Durante el trayecto estaba nerviosa, ya que no sabía cómo iban a tomar la noticia las Hermanitas, puesto que tenía un poco más de dos meses de haber dejado el orfanato y ya estaba por contraer nupcias.

  • No te preocupes, Amelia. No te van a criticar -dijo Solís tratando de tranquilizarme-. Te van a ver feliz y se alegrarán de que unirás tu vida con un buen chico y una buena familia -cuando salimos del vehículo comenzó a observarme detenidamente, como si le pareciera que algo había cambiado en mí.
  • ¿Qué pasa, Solís? Me asusta tu mirada –dije porque era la primera vez que prestaba tanta atención a mi rostro y cuerpo.
  • Es que te ves particularmente muy bella. En verdad, luces radiantes, como si… -hizo una pausa mirando al vacío, luego giró hacia mí con brusquedad-. Amelia, ¿aún eres virgen? -su pregunta me tomó por sorpresa.
  • Sí, Solís, ¡¿qué pregunta es esa?! -parecía que estaba colorada de la vergüenza por la pregunta, pero en realidad era por mentirle descaradamente.

Las Hermanitas se sorprendieron al vernos entrar con tantos paquetes. Les entregamos a ellas los regalos de los dos bebés que tenían encomendados y de los niños pequeños que aún no iban al colegio. Con respecto a los obsequios de los demás, aprovechamos que estaban fuera del orfanato por las clases escolares para dejarlos sobre sus camas, para que cuando lleguen se den con la sorpresa. Luego entregamos las donas, las cuales serían parte del lonche de esa tarde, a decisión de las Hermanitas. Después de haber repartido todo lo que llevamos para los niños de la casa hogar, procedí a presentar a mis acompañantes. A Caroline la presenté como mi amiga del instituto, y a Elrond, Kiram y Cassie como mis sobrinos. Ellas me miraron confundidas al escuchar que utilicé ese título con los últimos tres.

  • Hermanas, han sucedido varias gratas situaciones en la vida de Amelia desde que se fue del Hogar. Hoy ha venido para hacerles partícipe de su felicidad y a pedirles que la acompañen en un momento muy especial para ella -las hermanas no entendían y me hacían gestos para que hable ya.
  • Hermanitas, Elrond, Kiram y Cassie son mis sobrinos porque el 10 de julio me caso con Stefan Höller, hijo menor de la Familia Höller y tío de ellos.

Todas las Hermanas mostraron incredulidad y confusión. Lo que me temía que ocurriera estaba por suceder cuando ingresa la licenciada Mónica, muy risueña al verme, pero cuando notó la cara de las Hermanas, se preocupó. Solís le dijo que acababa de dar la noticia de mi boda. La licenciada Mónica iba a entrar en shock, pero Solís le hizo el gesto de que me ayude, y ella fue la primera en felicitarme.

  • ¡Qué linda noticia Amelia! -me abrazó con fuerza-. ¿Cuál de estos dos guapos muchachos es el afortunado? -Elrond y Kiram se miraron asustados y comenzaron a negar con manos, cabeza y con todo lo que podían.
  • No, licenciada Mónica, ellos son sobrinos de mi prometido. Me caso con Stefan Höller, pero él no pudo venir porque está en un viaje de negocios.

Poco a poco las Hermanitas fueron reaccionando y comenzaron a felicitarme por la boda. Me miraban el vientre, y cuando me di cuenta de lo que pensaban grité con vergüenza que no estaba embarazada, que decidimos casarnos porque nos amamos y no era necesario pasar años de enamorados para darnos cuenta de ello. Después de un rato se relajaron y me trataron como siempre. Indicaron que solo podrían ir a la ceremonia religiosa, por lo que les prometí que el catering les prepararía el menú de bocaditos dulces y salados que tendríamos en la recepción, y lo dejarían después de que lleguen de la iglesia, para que disfruten junto a los niños. A la licenciada Mónica le pedí que junto a su esposo sea la otra pareja de testigos de la ceremonia religiosa, y muy gustosa aceptó.

(…)

Después de mis clases de la tarde, iba hacia el Almacén cuando un mensaje de un número privado me detuvo. Al abrirlo me encontré con fotos de Stefan y Laura Barone. Era obvio que eran fotos de sus días en Cambridge, pero el mensaje, que había sido reenviado, manifestaba como si en el presente ellos estuvieran juntos.




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