La hija de la Madre Luna

Capítulo 52

Sentía miedo. Caía y la oscuridad me envolvía. No controlaba mi cuerpo ni mis sentidos. Después de un tiempo, que me pareció eterno, recuperé el sentido del tacto y me percaté que mis pies tocaron suelo. Caminaba, me movía, pero no había alguna señal que me aseguraba que avanzaba hacia algún lugar o ser. «¿Será que estoy muerta?», pensé. El recuerdo de Stefan vino a mí, pero lo alejé cuando vi un pequeño punto rojo de luz. Siempre pensé que al morir percibiría una luz blanca, etérea, que me invitara a dejar el mundo material para regresar a la presencia del Dios Supremo y reencontrarme con mi madre, pero esta era roja, y a cada paso que daba el tamaño e intensidad de esa luz crecía. En eso, de la nada, la oscuridad cayó y todo era de un rojo sangre. Un fuerte dolor recorría todo mi cuerpo y solo podía retorcerme. Sentía que cada una de mis células ardían. De golpe me llegó el poder oír, oler y percibir sabores. Cuando el dolor me abandonó, me sentí más fuerte. Entonces, la voz del ser de luz que me acompañaba desde niña me habló.

  • Hija mía, soy tu madre, la deidad que por mandato del Dios Supremo tiene la misión de guiar a las especies sobrenaturales. Ha llegado el momento de devolverte todo tu poder y el conocimiento que guardé en ti cuando encarnaste.

De esa bella mujer salió una luz que me cegó. En mi mente aparecieron un sinfín de datos, de información, de conceptos, de recuerdos. Me vi con ella, conversando y riendo, cuando me reveló el plan para terminar con el odio entre las especies sobrenaturales, el momento en que le dije hasta pronto. Conocía al ángel que me llevó en brazos al vertedero, a Solís y a Torres. Y lo conocía a él, a mi predestinado. Él no quería encarnar, desconocía el plan y por ello creía que lo alejarían de mí, él no quería existir sin mí. En ese momento entendí que lo que le movió a Stefan en renegar por no encontrarme fue que subconscientemente mantenía la idea de que no nos veríamos en esta vida.

  • Desde siempre él me amó –dije llenándome de felicidad.
  • Y tú le correspondiste –añadió la Madre Luna.

Cientos de miles de recuerdos con Stefan llegaron de golpe, y pensar en él me puso triste. Yo moría y él se quedaría solo hasta que regrese a la presencia del Dios Supremo, donde nos volveríamos a encontrar. Sin embargo, que mi madre me recibiera y no Nuestro Creador me hizo caer en la cuenta de que ese no era mi fin.

  • Exacto, Amelia. Este es el comienzo. Tu nuevo cuerpo te permitirá contener todo tu poder y conocimiento sin corromperlo, sin dañarlo. Ahora sí eres una divinidad en La Tierra y recuerdas tu misión. ¿Lista para regresar?

Solo bastó que asintiera con un movimiento de cabeza para que, sin esfuerzo, me alejara de mi madre. Me elevaba en medio de una luz lívida. Me sentía en paz. Pude ver mi cuerpo sobre la mesa de billar y mi vestido teñido de rojo por la sangre. Catalin oraba arrodillada a mi lado. Entendí que ella compartió su eternidad conmigo. Ya no era humana, era una vampira. Entré a mi cuerpo y con un suave roce llamé la atención de Catalin.

  • ¡Amelia! ¡Estás viva! -su mirada mostraba alegría y asombro. Con sus manos tomó las mías y ayudó a levantarme. Enseguida se percató de mi mirada-. Tus ojos, no son rojos como los míos.
  • Con tu ayuda ha despertado mi divinidad. El azul de mis ojos da fe de ello. Ahora lo percibo todo con una intensidad muy por encima de lo que estaba acostumbrada -le dije tomando una gran bocanada de aire que no necesitaba para respirar, pero sí para que llegaran a mí los olores de todos los seres vivos que estaban en Renania. Podía identificarlos a todos.
  • Stefan está peleando. Se va a alegrar cuando te vea –dijo Catalin sonriendo por verme viva.
  • Ya lo sabe. Me ha sentido renacer. Percibo cómo su corazón salta de alegría -una gran sonrisa se dibujó en mi rostro.
  • ¿Qué harás, Amelia? -preguntó con mucha duda en su mirada.
  • Voy a acabar con este ataque.

Tomando mi falda para ayudarme a caminar, crucé el ventanal y salí al jardín. Vi a Los Höller junto a los pocos aliados que les ayudaban luchando contra un número muy superior de vampiros. Agudicé el oído, y supe que cientos de guerreros; los representantes del resto de manadas, de los pueblos de hadas y brujos; así como los omegas, no podían dejar las casas o edificios al haber sido encerrados por un don de nacimiento. Ese era el motivo por el cual los vampiros nos superaban en número.

  • Guerreros del pueblo de los hijos de las tinieblas -mi voz se escuchó en toda Renania y los enfrentados se detuvieron-, desistan del ataque y abandonen la ciudad de Lima. Si no lo hacen, absténganse a las consecuencias.

La voz de Darius se escuchó para rechazar mi pedido, más bien incentivó a sus guerreros a combatir con más furia. Miré a Catalin, y le pedí que se mantuviera dentro del salón de juegos.

  • Amelia, hagas lo que hagas, te pido clemencia por mi hermano Lucian. Él es bueno, capaz de amar y dejar todo signo de maldad. Solo tiene que alejarse de todo lo malo que Vlad Tepes y otros malditos antes de él establecieron para el pueblo de los vampiros -había súplica en su mirada.
  • Catalin, no te preocupes por Lucian. Él forma parte de mis planes. Nada le pasará.

Caminé hacia el medio del jardín, cerca de Ravi, Ranjit y Darsha, quienes con mucho esfuerzo mantenían fuera del entendimiento humano lo que sucedía en Renania. Cuando los brujos vieron mis ojos, entendieron que quien estaba a su lado era la real Amelia, la divinidad que es hija de la Madre Luna. Tomé la piedra de luna que colgaba de mi cuello, la alcé hacia el cielo y dije: «Sanctus lucem meridiem». Un rayo de luz azul salió de la piedra de luna hacia el firmamento. Al tocar a la luna que se dejaba ver esa noche, inició la transformación de esta en un astro incandescente, en un sol. Los rayos de este sol de medianoche cayeron con violencia sobre Renania, destruyendo la barrera energética de protección, rompiendo el sello que habían puesto en las viviendas y edificios del vecindario, cegando a todo ser que contemplara su luz y volviendo polvo a los vampiros expuesto a ella. Segundos después la luna retomó su conocido aspecto.




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