La Historia de Ángela

CAPÍTULO II: "ÁNGELA PELEA"

El resto del viernes al igual que el sábado y domingo transcurrieron con lentitud.

El reloj de Ángela marcaba las 06:30 lo que significaba que eran las 07:20. Estaba atrasado cincuenta minutos, a veces a ella le engañaba. De hecho eso había provocado que llegue tarde a la escuela el viernes anterior.

Se encontraba a dos cuadras del colegio, mientras caminaba veía la pantalla de su celular, esperando la llamada de Tomás.

"LLAMAME Y PREGUNTAME SI ESTOY BIEN, AUNQUE SEA SOLO PARA ESCUCHAR TU DULCE VOZ".

–¿Dulce voz? Loca, esa es la explicación; no te va a llamar–. Se auto reprochaba.

No obstante, en su celular sonó buena melodía de Rock And Roll, atendió sin siquiera ver quien la llamaba. Solo pensaba en "Tomy" una y otra vez.

Quien contestó... era su padre. Le avisó que había olvidado su carpeta en casa.

El rostro de ella se tornó pálido, revisó su mochila que estaba adornada con imágenes y llaveros de su banda preferida de Rock, –si había algo que amaba más que nada en el mundo era a Tomás y al Rock– efectivamente dejó su carpeta en casa.

De forma inmediata, volvió a su hogar corriendo a toda marcha. Otra vez volvería a llegar tarde.

Entró a su salón de clases a las 07:20 pero de su reloj. Tenía Prácticas del Lenguaje con la profesora Lucia Martinez. La actividad del día de hoy consistía en analizar sintácticamente la siguiente oración escrita en el pizarrón.

"SOY UNA CHICA MUY DELGADA"

Apenas abrió la puerta miró a Tomás sentado al lado del tímido de la clase Sebastián González.

Luego fijó su vista en Cecilia y Carolina que en ese momento estaban mascando alegremente chicle. Mientras bajo la mesa un esplendor luminoso delataba su conexión a una red social, riendo como si hubieran visto una imagen graciosa.

Lucia con tiza en mano y los anteojos en la otra explicaba algo que Ángela no llegó a entender. Cuando terminó de hablar lanzó una mirada rápida a Ángela y poniéndose los anteojos decía:

–Morales, tarde ¿pasó por preceptoría para que le anoten asistencia?

–Si profe.– Dijo Ángela tomando asiento. La profesora siguió con la clase.

Después de unos minutos más el timbre del recreo sonó por fin –los alumnos ya se estaban quejando de que debía sonar el timbre– y los estudiantes salieron.

Ángela esperó que Tomás se le acercara, –sin éxito– cuando de pronto aparecieron: Soledad, Micaela y Luís. Eran amigos de Ángela y Tomás.

En realidad ocurrió de ésta forma, Ángela seguía con la vista a Tomás pensando en disculparse por lo del viernes. Seguro está enfadado. ¿Quién no? Él le traía un regalo ¿y que recibía a cambio?, un injusto golpe.

En ese momento, de forma completamente inesperada apareció el trío. Ángela dio un saltito para atrás del susto, después bajó la vista y se tocó el pecho, "CASI ME DAN UN INFARTO". Levantó la mirada, la dirigió al cielo y volvió la vista hacia ellos.

–Que exagerada.–Comentó Soledad, sin recibir respuesta.

–¿No nos estarás dejando de lado Ángela?– Preguntó Luís.

–No, pero... estoy ocupada, con un tema. Cosas de chicas Luís.– Se defendió Ángela.

–Dale, contame a mí entonces, boluda.–Dijo Soledad.

–No, porque vos se lo vas a contar a Luís. Es tú novio.

¿Y a mí, me vas a contar? Sabes que yo sé guardar secretos.– Rogó Micaela.

–Mica, disculpá no puedo.

Soledad estaba seria, no le gustaba para nada que la tomaran de buchona. Era una chica muy orgullosa. Su cabello era castaño oscuro, con ojos grises y una hermosa piel oscura. Tenía quince años, Ángela fue a su fiesta de quinceañera, fue genial estuvieron festejando toda la noche hasta las diez de la mañana. Ella conoció a Luís en un boliche, él, típico galán de cabello rubio y ojos azules.

Después de bailar tomaron un trago sin alcohol hablando de sus gustos. Él la llevó hasta su casa, prometieron volver a verse y días después se hicieron novios.

Lo que más los unió es que a ambos le gustaban las películas de romance, sin ser empalagosas. Al igual que las canciones de amor, de hecho él le enviaba canciones por sus redes sociales.

–Dale Sol, no te pongás así.– Rogó Ángela y la tomó de las manos.

Soledad posó su vista a la derecha ignorándola ofendida.

–Dale amor.– Mencionó cariñoso Luís.

–Está bien te cuento, se los cuento.– Se rindió Ángela.

Soledad se volvió a ella con cara interesada, soltando una sonrisa.

–Contá boluda.– Ordenó Soledad radiante.

–Me molesté con Tomás, fue por algo muy tonto la verdad, me ofreció un bombón y lo abofeteé muy fuerte. Desde entonces no me volvió a hablar y... quiero pedirle perdón.–Terminó Ángela con un tono de voz depresivo.

–¿Te ofreció un bombón y le pegaste por eso?– Preguntó sorprendida Micaela.

–Ya sé, soy una tarada. ¿Cómo lo arreglo?– Suplicó Ángela en lágrimas.

–Quizá... yo pueda hablar con él.– Se ofreció Luís.

El rostro antes pálido de Ángela se iluminó, fue como el resplandor de una estrella en la noche.

–¿De verdad lo decís Luís?

–¿Por qué no? Somos amigos, ¿qué decís amor?– Soledad asintió con la cabeza.

Una oleada de felicidad recorrió por el cuerpo de Ángela, haciéndola sonreír de oreja a oreja, lo demostró abrazando muy fuerte y con lágrimas a Luís. Repitiéndole reiteradas veces la palabra "GRACIAS".

Soledad echó una mirada a Micaela, ella también estaba sonriendo.

Micaela era una chica de dieciséis años que amaba las buenas noticias, una vez cuando regresó de sus vacaciones de la plata junto con sus padres y su hermana menor, entregó presentes de su viaje a Ángela, Tomás, Soledad y Luís. Se quedó admirando a ellos mientras los abrían, sintió un gran placer al ver sus rostros alegres por lo recibido. Aparte de ser buena persona sus amigas la alagaban por su cabello rizado color castaño claro bien cuidado, sus ojos celestes y decían que se veía muy simpática con sus pecas.




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