La Historia de Ángela

CAPÍTULO III: "CONSECUENCIAS"

Cuando llamaron por teléfono a la casa de Ángela, el padre se encontraba bañándose mientras cantaba una buena canción de Rock Nacional.

Levantaron el tubo del teléfono la segunda vez que sonó, no porque no quisiera atender, sino porque no lo había escuchado. Cerró el grifo de la ducha, tomo la toalla para cubrirse la entrepierna y salió a contestar descalzo. Sin embargo, él no contestó, lo hizo su esposa Verónica; cuando apenas estaba a un metro del teléfono. Mientras ella contestaba, él la besaba en el cuello y la abrasaba. No mencionó gran cosa Verónica solo las palabras "hola, ¿cómo dice? Ya voy, gracias".

Daniel no escuchó la conversación, su cabeza estaba en otra parte.

Verónica agarró con rapidez su campera color carbón, pasó su vista a su marido y le explicó detenidamente lo que escuchó por teléfono. Le ordenó que se vistiera, lo hizo de inmediato y salieron para la escuela, la madre entre furiosa y asustada. Eso fue a las doce del mediodía, las clases del turno mañana terminaron, todos los alumnos exceptuando a Ángela se fueron a sus hogares.

Tomás se hallaba sentado en el banco del patio de su casa, –siempre lo hacía después de clases– cuando Luís lo llamó.

Tomás le sonrió y se dieron un apretón de manos.

–¿Qué hacés capo?- Preguntó Tomás. 

Luís tragó saliva pero lo soltó...

–Che, boludo, ¿qué pasó con Ángela?

Tomás abandonó la sonrisa, se desvaneció poco a poco, hasta convertirse en un rostro amargo y desprovisto de simpatía. No quería saber nada sobre ella.

–Es increíble ella te ordenó que vengas para que intentes convencerme de que la perdone ¿cierto?

–No, yo quiero que la perdones. Está completamente arrepentida de su comportamiento. Eso yo te lo puedo garantizar.

Tomás rió, no una risa larga, más bien una pequeña. Además se le ocurrió algo, si ella estaba tan arrepentida porque no se lo hizo saber.

–Bueno decile que si de verdad quiere que la perdone que venga a hablar conmigo.

Estaba dispuesto a perdonarla si él creía que de verdad se veía arrepentida de corazón.

–Oka, ¿che jugamos al fútbol boludo?

–Dale gato.

Y fueron.

El corazón de Ángela estaba acelerado, sentía intensas puntadas en el estómago y mareos. Cada vez se sentía más débil y desecha, con un haaambreeee tremendo. Empezó a cortar una hoja de carpeta con sus dedos. Mientras el director firmaba papeles.

Su estómago se presentó con un ruido que para Ángela fue muy ruidoso, hizo una mueca y con sus brazos lo apretó muy fuerte. Al parecer para el director no fue nada porque ni inmutó.

En unos instantes sintió unas terribles ganas de salir corriendo de esa habitación de la tortura. Sus nervios aumentaban cada segundo, el reloj insistía en su "tic-tac" y sentía a sus padres cada vez más cerca, y acechando, esperando para sepultarla en reproches. Pensaba en eso y en parte le dolía mucho más el estar peleada con Tomás.

Finalmente la puerta sonó, ese golpe era el de su madre; si Ángela reconocía esa forma de tocar la puerta. Era tan claro para ella, como que a febrero le sigue marzo, al miércoles, jueves. Porque cuando alguien vive mucho tiempo con una persona, ya se sabe de memoria todos sus recovecos.

Efectivamente era Verónica de Morales.

El director levantó la vista, dejando a un lado sus papeles y acto seguido, les invitó a tomar asiento.

–Señor y señora Morales ¿verdad? Tomen asiento.

–Gracias.–Dijeron los dos al mismo tiempo.

Tomaron asiento, Verónica lanzó una mirada áspera a su hija, lo que logró que ésta baje la cabeza. No podía mirar a los ojos a su madre.

–¿Que hizo mi hija señor director?– Preguntó por fin Verónica.

Los mareos de Ángela aumentaron, sin embargo, ella hizo todo lo posible para que nadie lo notara. Su rostro se encontraba pálido por completo, como una estatua de yeso. Las vitaminas de su cuerpo disminuían cada vez más y más drásticamente.

–Bueno, seré breve. Como debieron informarle hoy su hija se peleó con una compañera en pleno salón de clase. Por ese comportamiento decidí suspenderla por una semana. Y a la otra chica igual.

–Me parece perfecto.

Ángela se tocaba con las yemas de los dedos la cabeza, los mareos con el tiempo se volvían más intensos y aparte sentía un gran dolor en el párpado, no obstante, no había ningún moretón allí.

"VES GOLPEASTE A TOMY Y TE DIERON TU MERECIDO".

–...Es una lástima.– Manifestó el director.

Planeta tierra a Ángela, ¿contesta? Se dio cuenta de que no escuchó nada.

Se levantaron, volvieron a darse un apretón de manos y fueron a casa. Donde el mal día de Ángela no terminaría allí.

Micaela se encontraba dibujando el paisaje de la plaza con un lápiz por encima de la oreja izquierda como un ingeniero. Sentada en una roca con su cuaderno de dibujo y su cartuchera de colores.

Un letrero anunciaba:

"PLAZA DE JUSTO" 1817.

"Por favor no ensuciar".

La ciudad se llamaba Justo, una calle más adelante de la plaza estaba "Rosa Mía" la calle de Ángela. Justo fue fundada en 1810, siete años después se haría la plaza.

Lleva el nombre de su fundador

"MIGUEL CARLOS JUSTO 1750-1845"

De repente mientras Micaela pintaba, su celular sonó, ella dio un sobresalto del susto y ralló el dibujo con un tono azul. Miró el mensaje, era de su mamá, lo confirmó y se volvió a guardar el celular.

Amaba tanto dibujar y pintar que quería dedicar su vida a eso. Recuerda haberse molestado mucho cuando ya no tenía plástica en la escuela.

Mientras recordaba aquello, unas sombras humanas la cubrieron. Levantó la vista y se llevó una terrible sorpresa, eran Carolina, junto con Cecilia, Braían y Franco.

–¿Qué estás dibujando? ¿Me mostrás?– Preguntó con una sonrisa Carolina, pero eso no la engañaba a Micaela; podía ver en sus ojos las malas intenciones.




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