La Historia de Ángela

CAPÍTULO V: "EL CUMPLEAÑOS DE TOMÁS"

Verónica no podía creer lo que el doctor le informaba, ¿su hija no se alimentaba correctamente? ¿Cómo era posible tal atrocidad? Pasó de esta forma:

El médico estaba revisándola, su diagnóstico tristemente solo indicaba lo anterior mencionado: síntomas de mala alimentación.

–A ver... uñas débiles y con deformación más manchas blancas, lengua pálida con entumecimiento, cabello reseco y quebradizo; todo índica que a su hija le faltan vitaminas importantes y hierro. ¿Hace alguna dieta? O ¿sabe si está comiendo algo?– Preguntó el médico brevemente.

–Y... ¿cómo puede sacar una conclusión tan descabellada solamente viendo cabello reseco y manchitas sin importancia? ¡¿Acaso insinúa qué soy mala madre?!– Ladró Verónica.

El médico lanzó un suspiro, él sabía muy bien que no debía dar un diagnóstico certero siendo un profesional de cabecera, pero conocía a la familia. Era muy amigo del padre de Ángela y solo quería ayudarlos. Revisó en su bolsillo, sacó una lapicera y una libreta, acto seguido, escribió con su peculiar letra de doctor, garabateó su firma, arrancó el pedazo de papel escrito en la libreta y se lo entregó a Verónica diciendo:

–¿Sabe una cosa? Usted tiene toda la razón, no puedo deducir que le sucede, visite a éste clínico y le recomiendo que lleve a su hija a una nutricionista. 

Ella agarró el papel ligeramente doblado, lo abrió y lo examinó lenta y profundamente. Luego fijó su vista en el médico, le dio las gracias de corazón y lo acompañó hasta la puerta. Apenas abrió la puerta de entrada, se encontraron con Micaela lívida, repitiendo una pregunta con profunda nostalgia. –"¿Le pasó algo a Ángela?"–

Verónica dejó pasar a Micaela, el cielo estaba nublado y el aire estremecía las hojas de los árboles con un sonido de tremenda angustia.

Micaela tomó asiento y Verónica sin siquiera preguntarle le preparó un té verde que la invitada no rechazó.

–¿Te puedo preguntar algo, querida?– Preguntó Verónica.

–Sí lo que usted quiera, mientras lo pueda contestar, no hay drama.

–¿Vos observaste de casualidad si Ángela comió algo, o la miraste comer algo?

Micaela cambió su rostro preocupado por uno reflexivo, pensó en los momentos con Ángela últimamente y se dio cuenta de que nunca delante de ella –por lo menos–, probaba bocado alguno, aunque nunca se preocupó por ello.

–No, no recuerdo que Ángela quiera comer algo, al menos delante mío. ¿Por qué?

El rostro de Verónica se tornó blanco como el mármol. ¿Y si era cierto lo qué el doctor decía, sobre que su hija era anémica? No, no podía ser cierto, a Ángela nunca le faltó bocado; se aseguró de ello.

La infancia de Verónica fue muy dura, sus padres eran pobres, su padre trabajaba para poder traer un pedazo de pan con arroz blanco para comer, llegaba a casa exhausto y su mujer vendía artesanías con chatarra que encontraba por allí para cambiárselos a interesados por agua caliente y velas para alumbrar las noches oscuras y frías que ellos pasaban. Tenía un hermanito pero falleció por una enfermedad que no podían pagar.

–¿Se encuentra bien señora?– Preguntó Micaela y agregó: –La noto muy pálida, ¿le sirvo un vaso de agua o algo?

–Si, por favor.

–Ya vengo, no me tardo nada.– Dijo Micaela y se fue para la cocina.

Hace un tiempo atrás Soledad se encontraba sola en su casa, tomaba su celular y marcaba el número de Luís; no la atendía. Sus padres fueron a trabajar y sus hermanos ya tenían sus respectivas parejas y por tanto viven cada uno en su propia casa.

Escuchó el timbre de la entrada y se levantó del sofá de la sala tirando su celular en el mismo. Preguntó una vez encima de la puerta:

–¿Quién es?

–Soy yo mi amor.

Soledad con una sonrisa lo dejó pasar adentro, no sin antes besarlo apasionadamente. Luís llevaba una campera negra con jeans del mismo color. Se notaba que se había duchado, ya que lo cubría el perfume a jabón tocador.

Se sentaron en el sofá, Soleda confesó que le debía contar algo importante. Y él la escuchó atentamente, pero con la mirada de un enamorado porque estaba loco por ella y ella de él; no por nada eran novios.

Ella comenzó a hablarle de lo que Cecilia, Carolina y sus novios le habían hecho a Micaela. Mientras lo contaba se pintaba las uñas de colores amarillo y azul porque tanto Luís al igual que ella eran del C.A.B.J (Club Atlético Boca Junior).

–Tenés que ayudarnos amor. O sea, ésas forras de mierda y los pelotudos de sus novios, no pueden salir impunes de esta.– Suplicó Soledad.

–Oka nena, ¿tenés pensado algo?

Lo tenía, se lo susurró en el oído y él se mostró de acuerdo. Luego se besaron.

En ese precioso momento el celular de Soledad sonó, ella atendió al mismo tiempo que Luís se bajaba el cierre de su campera y desabrochaba su camisa. Cuando colgó, Luís ya estaba con el torso desnudo, abrazó a su amada y se ocuparon una hora de sus asuntos íntimos.

En la casa de Daniel, Ángela por fin despertó del desmayo y se levantó de su propia cama que es donde se encontraba. Bajó cuidadosamente por la escalera, se sentía mejor, en la mitad de descenso divisó a su madre y a su amiga platicando.

–¿Mica? ¿Pasó algo?

–¡Hija!– –¡Ángela!– Dijeron al unisono Verónica y Micaela.

–¿Te sentís mejor?

–Sí estoy bien, solo tengo que ir al cumpleaños de Tomás.

–Pero antes necesito hablar con vos en privado jovencita.

–Bueno, pero Mica me quería decir algo antes, ¿no? Recordé que dijiste que venía para acá a contarme algo.

–Si, pero después te cuento, primero hablá con tu mamá, te espero afuera. Con su permiso señora. –Se despidió con los modales tan característicos de ella y se marchó.

Ángela siguió a su amiga con la vista hasta que salió de la casa, allí se volvió a su madre. Un presentimiento o el solo hecho de que la conocía suponía que no iba a decir nada bueno y no se equivocaba.




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