La Historia de Ángela

CAPÍTULO VI: "LA RECONCILIACIÓN"

Ángela se encaminaba a la casa de Tomás, con Micaela habían pasado por una librería –la favorita de él– y al amable vendedor le informaron que querían hacerle un hermoso regalo a Tomás. Cuando mencionaron el nombre al hombre inmediatamente le vino el recuerdo del cumpleaños de Tomás y le preparó un regalo. Juntos los tres envolvieron los libros de terror. A Tomás le fascinaba el terror, de seguro le iba a gustar porque era de su autor favorito.

Tomás había nacido el 27 de junio de 1999, y Ángela el 15 de julio del 2000.

Llegó a la puerta principal de la casa del cumpleañero y... se quedó allí, quieta, quería tocar el timbre; pero estaba dura como una roca y Micaela quería que Ángela diera ese paso. Un creciente terror le invadía todo el cuerpo apoderándose de ella, se sentía impotente ante Tomás, cobarde, débil como pluma que cae lento al acantilado. Sonaba fácil disculparse, pero no para ella, era un reto.

"TRANQUILA ÁNGELA, VOS PODÉS... VOS PODÉS SUPERAR ESTO, POR EL AMOR DE DIOS... NO, NO PUEDO", se decía a ella misma mentalmente.

Sus manos y frente sudaban. Casi el regalo se le escapa de entre las manos.

Micaela con toda la seguridad del mundo la alentó con palabras muy lindas que acribillaron el miedo de Ángela y la seguridad brotó como oasis en desierto.

–Ángela confío en que vos podés hacer esto y mucho más, que no te derrote la inseguridad y el miedo.

Decididamente estaba por golpear la puerta cuando sin querer el regalo se le cayó al suelo... ella se agachó para poder levantarlo. La puerta se abrió, era Tomás, él no la vio, ni ella a él. Ángela se levantó, la cabeza de ella golpeó el mentón de él y ambos lanzaron un alarido de dolor. Soltó nuevamente el regalo y dobló sus rodillas para alzarlo, pero antes de que se pueda levantar él le preguntó:

–Ángela, ¿qué querés?

El pulso de ella se aceleró y se sonrojó, pero ya estaba decidida.

Cecilia y Carolina viajaban en conche con sus respectivos novios. El auto era de un brillante color rojo, era el de Braían, un regalo de parte del padre, él tenía diecinueve y su novia Carolina diecisiete años. Obtuvo su licencia a los dieciocho, siempre mantenía a su auto impecable.

Nunca escuchaba la radio de su auto, colocaba sus CDs de Rock Internacional. A su novia Carolina nunca le agradó ningún tipo de Rock, ella era más cumbia. No obstante, le empezó a gustar cuando lo ponía mientras hacían el amor.

Conduciendo se encontraba –obviamente– Braían y al lado Carolina arreglándose, el primero fumaba; por otro lado, en la parte de atrás estaban Franco y Cecilia abrazándose y besándose para pasar el aburrimiento.

–Vos estás pensando en algo, dale desembucha. Seguís re caliente con esa putita de Ángela, ¿no?– Preguntó Braían mientras mantenía su atención en la conducción.

 –No me hablés de esa gila, cuando me la cruce la cago a trompadas, vos me vas a ayudar, ¿no Cecilia?

Ella contestó con un "mmmm", ya que tenía la boca ocupada besuqueando a su galán.

Carolina colocó un mechón de su cabello trás la oreja y le arrebató el cigarrillo a su novio, para fumarlo también; mientras lo hacía pensaba en lo mucho que detestaba a Ángela, no la soportaba para nada aunque para ella peor era su amiga Soledad. En palabras de ella: "era re concheta". Sin embargo, había tenido el tupé de burlarse de ella y de hacerse la gallita. Lo que hizo que la detestara muchísimo más.

Sacó el cigarrillo de la comisura de sus labios, acercó su boca a la del conductor distrayendolo un momento del volante para compartirle el humo.

Micaela sabía que tenían que estar a solas así que le preguntó a Tomás lo siguiente:

–¿Me permitís entrar, porfa? Te traje un regalo, espero que te guste.

–Sí, pasá por favor.–Dijo Tomás corriéndose para dejarla pasar y agregó: –ah, gracias por el regalo Mica, perdoname quedé re colgado.

–No es nada, permiso.

Cuando ella entró, Tomás fijó su atención a Ángela, ella se encontraba completamente avergonzada y nerviosa por lo ocurrido, sin decir palabra alguna le extendió el obsequio.

–Ahora no tengo ganas de joder Ángela.

–No, no es joda. Estoy completamente arrepentida, perdoname soy una grandísima tarada. Lo sé. Pe... pero necesito tenerte de nuevo conmigo.– Mencionó Ángela a punto de llorar.

Al escuchar eso a Tomás se le ablandó el corazón, pero él debía mantenerse firme. Pero ella sufrió y se sentía como un imbécil. Y no solo es por la bofetada, ella estaba cambiando.

–Ángela, no estoy molesto con vos solamente por la cachetada, siento que vos no sos la misma, además me insultaste y me heriste.

–Perdoname Tomy, nunca más voy a volverte a levantar la mano por una boludes, además soy la misma. Solamente deseo conservar tu amistad.

Tomás la miraba fijamente, en efecto se veía en sus ojos el arrepentimiento de corazón. Una dulce y suave brisa acompañó el silencio, despeinando la cabellera de Tomás –hermoso cabello negro– y mirando a Ángela con sus ojos castaños claros.

A ella le salió una lágrima, recorrió sus mejillas sonrojadas y calientes, pasando por su mentón para luego precipitarse al suelo. Otra salió de sus ojos e hizo el mismo recorrido que la anterior.

De pronto una oleada de recuerdos pasó por su cabeza por unos instantes. Ella con Tomás en la escuela, ambos felices, estudiendo juntos; llamándolo para que le ayude en sus calentamientos.

Era como si estuvieran en una biblioteca, y se encontaría con un libro: "la vida de Ángela". Si le echaran un ojo verían a Tomás. Cuando se conocieron, ella tenía siete años para ocho, se habían mudado con sus padres a Justo. A esa edad era muy tímida, no lograba hacer ningún amigo, cuando ella perdió la esperanza de tener alguno; apareció Tomás (Tomy) y desde ese momento eran inseparables.

–¿Cómo te llamás?– Preguntó Tomás niño.

–Án... Ángela. Ángela Morales, ¿vos?




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