La iglesia del fin

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 9: "ASIGNACIÓN DE TRIBUS"

La sala de consejería del Pastor Montero había sido reconfigurada para las entrevistas de asignación tribal. La mesa de escritorio había sido movida contra la pared, reemplazada por dos sillas cómodas colocadas en ángulo—un intento deliberado de crear atmósfera de conversación en lugar de interrogatorio. Pero la libreta de notas en el regazo de Eliseo y la lista impresa de criterios de evaluación en el portapapeles junto a su silla traicionaban la naturaleza más formal del proceso.

Era lunes por la mañana, tres semanas después de la implementación oficial del sistema de Doce Tribus. El domingo anterior, Eliseo había predicado un sermón exhaustivo explicando la estructura: cada tribu tendría entre 12 y 20 familias, cada una con un anciano líder, cada una con roles específicos en el funcionamiento de la iglesia. Las asignaciones no serían aleatorias, había enfatizado, sino cuidadosamente discernidas basadas en dones espirituales, compatibilidad relacional, y fase de vida.

"Esto no es dividir el cuerpo de Cristo," había predicado. "Es organizarlo. Como un ejército tiene divisiones, cada una con su función específica pero todas sirviendo al mismo comandante, nosotros tendremos tribus, cada una con su llamado único pero todas sirviendo al mismo Rey."

La respuesta de la congregación había sido mixta. Los más entusiastas—particularmente Esteban y su círculo—lo habían recibido como el próximo paso lógico en la maduración de la iglesia. Los más cautelosos—Don Alejandro había fruncido el ceño durante todo el sermón—veían potencial para fragmentación.

Pero ahora, mientras Eliseo esperaba a su primera cita de evaluación, sentía algo más que los nervios usuales de implementar algo nuevo. Sentía el peso de jugar a ser Dios—de decidir quién encajaba dónde, quién era compatible con quién, quién estaba listo para qué nivel de responsabilidad.

Miriam había notado su inquietud esa mañana durante el desayuno.

"¿Seguro de esto?" había preguntado, con esa manera directa que tenía de cortar a través de su racionalización teológica hacia la pregunta real debajo.

"No," había admitido. "Pero la alternativa es dejar que las cosas continúen como están—sin estructura real, sin claridad de roles, con algunos miembros sobrecargados mientras otros flotan pasivamente. Necesitamos organización."

"Organización, sí," había respondido Miriam. "Pero, ¿categorización? ¿Asignación basada en tu evaluación de compatibilidad y capacidad? Eliseo, estás poniendo mucho poder en tus propias manos."

"No solo mis manos. Todo el liderazgo está involucrado en las decisiones finales."

"Pero tú conduces las entrevistas. Tú haces las evaluaciones iniciales. Y conoces a Esteban—una vez que le des una categoría, la tratará como revelación divina inmutable."

Tenía razón, por supuesto. Pero Eliseo había continuado de todas formas, convencido de que los beneficios superarían los riesgos.

Un golpe en la puerta interrumpió su reflexión.

"Adelante."

Eduardo Mendoza entró con la confianza practicada de alguien acostumbrado a salas de juntas y negociaciones de negocios. A sus cuarenta y cinco años, Eduardo era exitoso—ingeniero con su propia firma de consultoría, ingresos de seis cifras, casa en el vecindario más próspero de la ciudad. Había sido diácono durante tres años, líder de uno de los grupos pequeños antes de la reestructuración, y generoso contribuyente al presupuesto de la iglesia.

También era, Eliseo sospechaba pero no había confirmado, emocionalmente abusivo con su esposa.

"Pastor," dijo Eduardo, estrechando la mano de Eliseo con agarre firme antes de sentarse. "Listo para mi asignación."

Su tono era ligeramente burlón—no irrespetuoso pero sí sugiriendo que consideraba todo esto un ejercicio administrativo necesario más que un proceso de discernimiento espiritual.

"Eduardo, gracias por venir. Esto no es exactamente una asignación todavía—es más una conversación para entender dónde podrías florecer mejor."

"Por supuesto." Eduardo cruzó una pierna sobre la otra, relajado. "Aunque honestamente, Pastor, pensé que era obvio. Mis dones están en liderazgo, administración, tal vez enseñanza. Probablemente Judá o Leví, ¿no?"

Judá era la tribu de liderazgo y adoración. Leví era enseñanza y formación teológica. Ambas eran las tribus de más alto perfil, las que todos asumían que requerían los miembros más "maduros".

"Quizás," dijo Eliseo, abriendo su libreta. "Pero antes de llegar a eso, necesito hacerte algunas preguntas. Y necesito honestidad completa, Eduardo. Esto no es evaluación de desempeño laboral. Es discernimiento espiritual."

"Por supuesto. Pregunta lo que necesites."

"¿Cómo describirías tu vida espiritual en este momento? No tu servicio en la iglesia—tu caminar personal con Dios."

Eduardo consideró la pregunta, su rostro adoptando la expresión pensativa que probablemente usaba en presentaciones de negocios.

"Sólida. Consistente. Leo mi Biblia cada mañana, veinte minutos antes del trabajo. Oro con mi familia en las noches. Lidero el estudio bíblico de mi grupo pequeño. Diezmo fielmente. No es perfecta, pero es disciplinada."

"¿Y tu matrimonio?"

Un parpadeo casi imperceptible. El primer quiebre en la compostura.

"¿Mi matrimonio?"

"Sí. La salud de tu matrimonio es importante para discernir dónde puedes servir mejor. Pablo dice que un líder debe manejar bien su propia casa. ¿Cómo está tu casa?"

Eduardo se movió ligeramente en su silla.

"Sofía y yo hemos estado casados dieciséis años. Tenemos nuestros desafíos como cualquier matrimonio, pero estamos comprometidos. Ella es una esposa fiel, una buena madre."

Eliseo notó lo que faltaba en esa descripción—cualquier mención del amor, la intimidad, la asociación genuina. Eduardo había descrito a Sofía como empleada efectiva más que como compañera.




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