La Influencer vs. El chef Explosivo

Capítulo 1: Desgracia tras desgracia

​El teléfono de Luna vibra sobre la mesa de su cocina con la insistencia de un colibrí hambriento. Vibra con la urgencia pura, destilada y absolutamente tiránica del feed de tendencias de Momópolis.

​Luna, por su parte, observa el aparato como si fuera un artefacto explosivo. Lo es, en cierto modo. En la pantalla, un mensaje de su asistente/mejor amiga/gestora de crisis (todo en una sola persona, la pobre Mía) parpadea: «¡¡¡LUNA!!! ¿Dónde está el contenido de hoy? ¡El engagement está cayendo un 10%!».

​Luna suelta un suspiro que empaña sus gafas de pasta color rosa chicle.

​—El engagement puede esperar —murmura al vacío de su impecable apartamento en el Distrito Los Pinos, un barrio moderno—. Mi alma no.

​El alma de Luna, en este preciso instante, está tan vacía como su estómago. Ser «Sabor Lunar», la foodie influencer más importante de Momópolis, es agotador. Su millón de seguidores no quiere verla comer cereal en pijama; quieren experiencias. Quieren fusiones. Quieren la próxima sensación viral antes de que deje de serlo, lo cual suele ocurrir en unas siete horas.

​Hoy, la tendencia que domina la red es una abominación culinaria conocida como el «Coquetón-waka». Es literalmente una bola de masa frita glaseada, rellena de carne mechada picante.

​Luna mira la foto de referencia en su tableta. Siente una náusea ligera.

Irónicamente, Luna, la gurú de la comida exótica, en realidad solo le gustan las tostadas con mantequilla y el café con leche de su infancia. Pero el algoritmo exige sacrificios.

​Se ajusta el mono color mandarina, revisa su maquillaje (natural, pero que costó noventa minutos) y agarra su estabilizador de cámara. El Distrito Los Pinos es todo vidrio y acero, pero el rumor del «Coquetón-waka» original proviene del lugar más improbable: Pueblo Libertario. Específicamente, de un restaurante que, según los hashtags, se niega a morir: «Oasis».

​El GPS de su auto de lujo la guía por calles que pasan del cromo al adoquín. Pueblo Libertario huele diferente. Huele a humedad, a madera y a historia. «Oasis» está encajada entre una tienda de reparación de relojes que parece un museo y una botánica que vende velas para el mal de ojo.

​La fachada del restaurante es de madera oscura descarapelada. El letrero dorado, aunque opaco, todavía presume: «Fundada en 1958».

​Luna traga saliva. Esto no es estético. Esto es... antiguo. Y no del tipo vintage.

​Empuja la puerta y una campanilla de latón, desafinada pero insistente, anuncia su llegada.

​El interior es cálido. El aire es espeso y denso, cargado con el aroma a tradición, sazón de casa y algo indefiniblemente reconfortante que casi la hace llorar. Es el olor de una abuela que sí sabe cocinar. El mostrador es de madera maciza, rayado por décadas de servicio.

​No hay nadie.

​Luna carraspea, sintiéndose como una astronauta en un planeta olvidado. Saca su teléfono por puro instinto, pero la luz artificial de su aro de luz portátil parece un insulto en la penumbra acogedora del local.

​—¿Hola? —su voz suena demasiado aguda.

​Un estruendo sordo proviene de la trastienda, seguido de una maldición tan creativa que involucra a un burro, a la tía del burro y a la mala suerte de ambos.

​Segundos después, emerge el chef.

​Y es un desastre.

​George Díaz no es el abuelito adorable que Luna esperaba. Es un hombre joven, quizás de su misma edad, que la mira como si ella fuera una inspección sanitaria sorpresa. Es alto, con hombros anchos que parecen tallados a la fuerza en la camiseta blanca que lleva, la cual está cubierta por un delantal que alguna vez fue blanco y ahora es un mapa impresionista de harina, especias y algo rojo que Luna espera sea coulis de frambuesa.

​Su cabello es negro, espeso e indomable, recogido en un moño desordenado del que escapan varios mechones rebeldes. Tiene la clase de barba de tres días que sugiere más estrés que estilo. Pero son sus ojos los que la detienen. Son oscuros, profundos y están absolutamente, inequívocamente, furiosos.

​George observa a la mujer que acaba de entrar. Es toda colores brillantes. Mandarina. Rosa chicle. Sus uñas son de un azul eléctrico que duele mirar. Sostiene un teléfono montado en un palo como si fuera un arma. Es el arquetipo de todo lo que él desprecia: una turista de la gastronomía.

​—Cerramos en diez minutos —gruñe George. Su voz es grave, como si hubiera tragado grava.

​Luna parpadea, desconcertada por la hostilidad. Suelta una risita nerviosa, su «modo influencer» activándose por defecto.

​—¡Oh, qué bien que llegué! —dice, con una sonrisa que ha pagado vallas publicitarias —. ¡Hola! Vengo por la estrella del momento. He oído cosas maravillosas.

​George entrecierra los ojos. No tiene idea de qué está hablando. Las únicas «estrellas» que conoce son las calificaciones de una estrella que le dejaron en Google Maps, cortesía de un cliente confundido que exigía salmón a la mierde, un platillo que no está en el menú ni en el diccionario culinario, aunque suene como insulto gourmet. Lo que querían era salmón a la menier, pero ni eso saben escribir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.