La Influencer vs. El chef Explosivo

Capítulo 2: El Chef Explosivo

​Luna se despierta no por la suave melodía de su alarma zen, sino por el sonido apocalíptico de su teléfono vibrando contra la mesita de noche de mármol. Es un zumbido frenético, como si un millón de notificaciones intentaran escapar del dispositivo al mismo tiempo.

​Abre los ojos. El sol del Distrito Los Pinos inunda su apartamento minimalista, reflejándose en los premios de "Influencer del Año" que tiene en una repisa. Son las ocho de la mañana.

​El teléfono no para.

​Con un quejido, se pone las gafas de pasta rosa y mira la pantalla. Está colapsada. Cientos de mensajes directos. Miles de menciones. Y la llamada entrante de Mía.

​—Dios santo, Mía, ¿qué pasó? ¿Se cayó la red? —contesta Luna, con la voz ronca de la mañana.

​—¡SE CAYÓ INTERNET, PERO PORQUE TÚ LO ROMPISTE! —grita Mía al otro lado, con un entusiasmo que perfora el tímpano—. ¡LUNA! ¡¿QUÉ HICISTE?! ¡ERES UN GENIO DEL MAL!

​Luna se sienta de golpe en la cama. Su pijama de seda se desliza por sus hombros.

​—¿De qué hablas? ¿El Coquetón-waka? ¡Fue un desastre! ¡Explotó! ¡El tipo me odia!

​—¡OLVÍDATE DEL TIPO! ¡EL VIDEO! ¡LUNA, EL VIDEO!

​Luna abre la aplicación. Sus ojos, aún hinchados por el sueño, se abren como platos. El clip de quince segundos. El «Oh no, no, no». El panadero. La carne voladora.

​Doce horas.

​Diez millones de reproducciones.

​—Oh... —es todo lo que puede articular.

​—¡"OH", DICE! —chilla Mía—. ¡"OH"! ¡Luna, estamos ganando mil seguidores por minuto! ¡Las marcas están llamando! ¡Una compañía de seguros quiere que hagas un reel sobre explosiones en la cocina! ¡LA COMPAÑÍA DE SEGUROS, LUNA!

​Luna mira las cifras, hipnotizada. Cien mil comentarios. Desliza el dedo para leer algunos.

«JAJAJAJAJÁ ¡La carne en la oreja! ¡No puedo respirar! 💀»

«Pobre hombre, su cara es un poema. 😂»

«Yo en el 2026 intentando arreglar mi vida.»

«¿Cómo se llama el Chef? 👀 Es para una tarea.»

«Acabo de crear el hashtag: #ElChefExplosivo. ¡HÁGANLO VIRAL!»

​Luna se ríe, nerviosamente. #ElChefExplosivo. Es pegadizo.

​—Mía... —dice, y un rastro de inquietud se filtra en su voz —. Se veía... muy enojado. De verdad. ¿Crees que esté bien?

​—¿Qué sí está bien? ¡Cariño, lo acabas de hacer famoso! ¡Le diste más visibilidad que a La basílica de San Pedro! Debería estar besando el suelo por donde pisas. ¡Es engagement! ¡Es oro! ¡Ahora levántate, tenemos que monetizar esto antes de que la gente se olvide y se ponga a ver videos de nutrias!

​Mía cuelga.

​Luna se queda sola en el silencio de su apartamento perfecto. Vuelve a mirar el video. Lo ve en bucle, unas diez veces.

​La explosión. El caos. Y luego, esa fracción de segundo antes de que él le grite. La cámara 4K de su teléfono capturó perfectamente la expresión de George Díaz.

​No es solo ira. Es... humillación. Es la mirada de un hombre cuyo mundo, su santuario, acaba de ser violado y convertido en un chiste para diez millones de extraños.

​Siente una punzada. Es pequeña, pero está ahí. Es culpa.

​—Bueno —se dice a sí misma, levantándose de la cama y caminando hacia su cafetera de diseño italiano —, Mía tiene razón. Es solo internet. Seguro que hoy se está riendo de eso.

​Se sirve un espresso doble. El algoritmo está feliz. Y cuando el algoritmo es feliz, Luna es feliz. O eso se repite a sí misma.

​A las cinco de la mañana, en Pueblo Libertario, no hay algoritmos. Solo hay mercadería, inventario y el silbido de la olla a presión.

​George Díaz no ha dormido. Después de limpiar la grasa de la explosión de su cocina (un proceso que le llevó tres horas y le costó la poca dignidad que le quedaba), se quedó mirando el techo de su pequeño apartamento encima del restaurante. La imagen de la mujer mandarina y su teléfono no se le borraba de la mente.

​Se levantó a las cuatro, como siempre.

​Ahora, a las ocho de la mañana, mientras Luna sorbe su espresso, George saca la primera tanda de tayacas para el desayuno. El olor a hoja de plátano y a masa de maíz llena el local. Es el olor de su infancia, el olor del trabajo honesto.

​George no tiene un smartphone. Tiene un celular antiguo de hace diez años que solo usa para llamar a proveedores y a su hermana Ximena. No tiene Instagram. No tiene TikTok. No tiene idea de que, en este preciso instante, es el hombre más famoso de Momópolis.

​Solo sabe que está cansado. Y que la mujer de ayer representa todo lo que está mal en el mundo.

​Escucha el traqueteo de un bastón en la acera. Son las 9:05 AM. Doña Carmela, su primera clienta desde hace muchos años.

​Mateo pone sus cuatro tayacas y un café filtrado en el mostrador.

​—Buenos días, Doña Carmela. Están calientitos.

​—Gracias, Giorgi —dice la anciana, buscando su monedero—. Anoche llovió, ¿sentiste? Mis huesos lo...




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