La Influencer vs. El chef Explosivo

Capítulo 3: Confrontación

​La camioneta Ford del 98 es un dinosaurio de metal oxidado rugiendo en la jungla de cromo. George conduce con una rigidez que le recorre desde los nudillos, blancos sobre el volante desgastado, hasta los omóplatos. El Distrito Los Pinos no es un barrio, es una declaración. Es un insulto de vidrio y acero pulido que se eleva hacia el cielo, tan limpio y estéril que parece recién salido de una caja.

​George odia este lugar. Odia el silencio de los autos eléctricos que se deslizan como tiburones. Odia la forma en que el sol rebota en las ventanas espejadas, cegándolo. Su camioneta, que en Pueblo Libertario es parte del paisaje, aquí es una cicatriz. El motor tose en un semáforo y una mujer con ropa deportiva que parece pintada sobre el cuerpo lo mira desde un convertible con una expresión de leve asco.

​Él la ignora. En su cabeza solo resuenan dos cosas: los treinta días para cubrir la deuda y la estúpida cancioncilla del «Oh no, no, no».

​La dirección de la agencia de «Sabor Lunar» lo lleva al edificio «Prisma», una torre que parece una jeringa de cristal apuntando al cielo. George aparca la camioneta en la zona de «Carga y Descarga» de la entrada, ocupando dos espacios y sin importarle en absoluto. El motor se apaga con un estertor que suena a queja.

​Se baja.

​El aire acondicionado del exterior del lobby lo golpea con un soplo helado y perfumado. George se mira a sí mismo, reflejado en las puertas de vidrio automáticas. Tiene el cabello más desordenado que de costumbre, escapando de su moño. Lleva sus botas de trabajo, manchadas de masa seca. Y está cubierto de una fina capa de harina de maíz. No la grasa de la explosión; esta es la harina de su trabajo real, de las tayacas que tiró al suelo. Es el polvo de su fracaso. Parece un fantasma. Un fantasma muy, muy enfadado.

​Las puertas se abren con un siseo hospitalario.

​El lobby es absurdo. Es del tamaño de una cancha de baloncesto, con suelos de un mármol blanco tan pulido que Mateo teme resbalar. El techo está a diez metros de altura. En el centro, una escultura que parece un manojo de tenedores de plata gigantes retorcidos cuelga del techo. El lugar huele a pepino y a dinero.

​Detrás de un escritorio que es una sola pieza de cuarzo, un hombre con un traje gris impecable y un auricular rizado lo mira. Sus ojos viajan de las botas de George a su cara enharinada. Su ceja se arquea. Es el juicio universal del «usted no pertenece aquí».

​—Buenos días —dice el portero, con una voz que claramente significa «malas tardes»—. ¿Puedo ayudarlo?

​—Busco a Luna Casas —gruñe George.

​—La señorita Casas no recibe visitas sin anunciar. ¿Tiene usted una cita?

​—Tengo una... —George respira hondo, intentando no gritarle al empleado—. Tengo un asunto urgente de negocios.

​—¿Su nombre, señor?

​—George Díaz. Del restaurante «Oasis».

​El portero teclea en su computadora. George Díaz no está en la lista de invitados.

​—No tengo registro de...

​—¡Llegaron! ¡No puedo creerlo!

​La voz de Luna. Es inconfundible. Es la misma voz aguda y llena de entusiasmo falso de sus videos.

​George gira la cabeza.

​Ahí está ella. De pie, cerca de los ascensores.

​Hoy no viste de mandarina. Lleva un conjunto de leggings color púrpura y un top a juego que probablemente cuesta más que ​la camioneta Ford del 98 de George. Su cabello está en una cola de caballo perfecta. Sostiene su teléfono, montado en su palo estabilizador, apuntando a un nervioso repartidor que sostiene una caja blanca inmaculada, atada con una delicada cinta de raso verde.

​Está grabando. Por supuesto que está grabando.

​—¡Hola, mis LunaLovers! —dice Luna, sonriéndole a su propia lente—. ¡No van a creer lo que acaba de llegar! ¡El equipo de Gadelia me ha enviado su nueva línea de macarrones veganos, orgánicos y libres de azúcar! ¡Miren esta presentación! ¡Son sabor lavanda y romero!

​George siente que se le revuelve el estómago. Lavanda. Romero.

​—Tú —suelta.

​La palabra atraviesa el silencioso lobby como una piedra. Es grave, áspera y está cargada de furia.

​Luna Casas se congela. Su sonrisa de influencer parpadea. Baja el teléfono lentamente.

​Se gira.

​Y lo ve.

​Sus ojos, grandes detrás de las gafas rosas, se abren aún más. Ve al hombre del restaurante. Pero no es el hombre gruñón de ayer. Es un espectro cubierto de harina, con ojos oscuros que la miran como si quisiera incendiarla.

​—Tú... —tartamudea ella. El repartidor da un paso atrás, asustado. El portero (Benito) se pone de pie—. El... el chef explo...

​—Mi nombre es George —dice él, y da un paso adelante. Sus botas de trabajo suenan obscenamente altas sobre el mármol pulido. Cada paso deja una levísima huella de polvo de harina—. George Díaz.

​Se detiene a un metro de ella. Él es mucho más alto de lo que ella recordaba. Ella tiene que levantar la cabeza. Él puede oler su perfume, algo floral y caro. Ella puede oler el aderezo, el sudor y la rabia pura.




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