Luna Casas se sienta en la banqueta de su isla de cocina de cuarzo, sintiendo el frío glacial de la superficie a través de sus leggings púrpura. La caja de macarrones veganos permanece cerrada, silenciosa, en la encimera. Se siente extrañamente pesada, como si contuviera no dulces, sino toda la culpa del Distrito Los Pinos.
El rostro enharinado de George, su grito desesperado sobre el banco, se repite en su mente. Ella, la reina del contenido efímero, acaba de arruinar un legado familiar de tres generaciones por likes.
—Una deuda… —murmura. Es un concepto tan ajeno a su vida, llena de patrocinios y pagos en criptomonedas.
Mía, su asistente y amiga, aparece en la pantalla de su tablet mediante una videollamada. Lleva unas gafas de sol gigantes, incluso en interiores, lo que significa que está en «Modo Crisis Estelar».
—Luna, tienes que dejar de ver el live de esos adolescentes. Es tóxico —dice Mía, con voz profesional—. Y Benito me llamó, dijo que «el chef explosivo» te hizo un escándalo.
—Mía —Luna se quita las gafas, frotándose el puente de la nariz—. Él... me dijo que lo van a desalojar. Que el banco le va a quitar el restaurante.
Mía se quita las gafas de sol, el entusiasmo en su rostro se apaga un poco.
—¿Desalojar? ¿Por ese video?
—No por el video, sino por una deuda. El video solo hizo que hoy perdiera las únicas ventas que le quedaban. La gente va a tomarse selfies con el "lugar de la explosión", no a consumir en el local. Lo arruiné.
Mía teclea furiosamente en su propia computadora.
—Un momento. Buscando. «Oasis»... ajá. Ah, mira. Sí, la propiedad está en un fideicomiso bajo amenaza de ejecución hipotecaria. Vence el... ¡Dios mío, vence en menos de un mes! Es real, Luna.
El corazón de Luna da un vuelco. Menos de un mes. Él solo tiene menos de treinta días.
—Tengo que hacer algo.
—Sí, claro. Le ofreces un patrocinio para que haga un platillo con forma de tu logo. El engagement subirá.
—No, Mía. Algo real.
Luna se levanta y se pasea por la sala, sintiéndose diminuta en su propio espacio. Su ojo aterriza en la televisión gigante. Observa en la pantalla, la película que dejó en pausa a mitad del metraje, se está reproduciendo automáticamente en segundo plano. Es una comedia romántica clásica de principios de los dos mil: Una Dulce Venganza. El protagonista, un empresario gruñón, arruina por error la pastelería de la joven protagonista, una chica dulce y amable. Sin embargo, luego utiliza sus contactos para reparar su equivocación y convertir la pastelería en un éxito. Al final, ambos se besan sobre un pastel de bodas.
—Mía, ¡lo tengo!
—¿Tienes qué?
—La solución. Su restaurante va a cerrar. Yo tengo el poder de la visibilidad. Tengo que usar mi plataforma para salvarlo.
—Luna, eso es lo que te dije. Un patrocinio.
—No. Un rebranding. Una misión de rescate en redes. ¡Seré su hada madrina de los condimentos y aderezos!
Mía se echa hacia atrás en su silla de oficina.
—Un momento. ¿Estás proponiendo casi lo mismo que pasa en Una Dulce Venganza?
—¡Es un clásico! Y funciona. Lo que George necesita no es dinero de mi bolsillo; necesita clientes. Clientes que compren y consuman en su local. Yo puedo darle eso. Le doy una visibilidad genuina, lo ayudo a modernizar el restaurante, sin perder su esencia... Hago todo el trabajo de marketing y redes gratis.
—¿Gratis? ¿Por qué harías eso?
—Porque... porque es mi culpa —dice Luna, mirando la caja de macarrones. La culpa es un sabor amargo y real, mucho más intenso que cualquier sabor a lavanda y a romero.
Mía suspira, con el pragmatismo de quien lidia con una artista.
—Mira, si sientes la necesidad de expiar tus pecados, hazlo. Pero George Díaz te odia. Y al parecer es el hombre más gruñón y orgulloso de todo Momópolis. Te va a escupir en la cara.
—Tendré que convencerlo —Luna siente una punzada de adrenalina, una diferente a la del engagement. Es la adrenalina del desafío.
Mientras tanto, George está en el restaurante. Se ha limpiado, pero el hedor del estrés sigue pegado a él. Está sentado en un taburete bajo la luz tenue de la trastienda, mirando un calendario de pared que su abuelita le regaló. El círculo rojo alrededor del día 30 lo mira fijamente.
La rabia de antes se ha drenado, dejándolo con una sensación de frío y derrota. Ha revisado las facturas. No hay milagro que lo salve en veintinueve días.
El silencio del restaurante es la peor parte. Normalmente, a esta hora estaría culminando la cocción de la carne para el estofado. Ahora, solo hay silencio y el olor a frustración.
Su celular antiguo, Nokia, suena. Es un número que no reconoce. Lo ignora.
Suena de nuevo. Con la persistencia de un mosquito.
George gruñe, agarra el teléfono.
—¿Diga?