Taya
Las palabras en la pantalla del monitor brillaban con una fría luz blanca, pero me quemaban más que el fuego.
Dark_King: «Activa el micrófono. Quiero escuchar tu voz.»
Estaba sentada frente a la cámara, sintiendo cómo pequeñas gotas de sudor se acumulaban bajo el encaje negro de mi máscara.
Mi habitación estaba sumergida en la suave penumbra rosada de la lámpara circular, pero yo tenía la sensación de estar bajo el reflector de un interrogatorio.
Mi voz. Era la única frontera que jamás había cruzado. La voz no puede ocultarse tras maquillaje ni encaje.
Si pulsaba aquel botón y hablaba con mi tono habitual, suave y tranquilo, él me reconocería al instante.
Todos los días, varias veces al día, escuchaba mi:
—Sí, señor Shah.
O:
—Su café está listo, señor.
Su oído era extraordinario. Y su memoria para los detalles, aterradora. Mis dedos quedaron suspendidos sobre el teclado.
Temblaban.
Cindi_Raw: «No puedo. Mi hermano está durmiendo en la habitación de al lado. Lo despertaré. Quedémonos en silencio. Solo tú y yo.»
Envié el mensaje rápidamente, esperando que aceptara aquellas reglas.
Tiré suavemente del borde de mi bata negra de seda, dejando al descubierto una parte de mi clavícula.
Normalmente, la sumisión visual funcionaba.
Pero aquella noche era diferente.
En cada una de sus respuestas escritas se percibía la misma ira contenida y depredadora que había visto por la mañana en su despacho.
Entonces el sistema emitió un sonido brusco.
Una nueva notificación apareció en la pantalla.
Transferencia recibida: 5.000 dólares. Dejé de respirar. Cinco mil.
Era exactamente la cantidad que faltaba para la siguiente fase de la fisioterapia de Matviy.
El dinero ya estaba en mi cuenta virtual. Era real. Con esa suma, mi hermano podía estar un paso más cerca de volver a caminar.
Dark_King: «Es un adelanto. Susurra si tienes miedo de despertar a tu hermano. Me da igual. Pero si no activas el sonido ahora mismo, retiraré el dinero y borraré mi cuenta. Tú decides. Tienes diez segundos.»
No estaba bromeando. Podía sentir aquella determinación inquebrantable incluso a través de la pantalla. Era el tipo de hombre que jamás hacía amenazas vacías.
Ni en los negocios. Ni aquí. Nueve. Ocho. Siete. Tomé el vaso de agua que estaba sobre el escritorio y bebí un largo trago.
La garganta se me había secado por completo. Tenía que cambiar mi voz.
Volverla irreconocible. Hacerla más grave. Más ronca. Tres. Dos.
Mi mano se lanzó hacia el ratón. Hice clic sobre el icono del micrófono. El indicador se iluminó en verde.
Ya no había marcha atrás. Tomé aire lentamente. Tensé las cuerdas vocales hasta sentir una punzada de dolor en la garganta.
Luego exhalé y hablé desde lo más profundo de mi pecho, dejando que cada sonido escapara cargado de aire.
—Estoy aquí... —susurré.
Mi voz sonó ronca. Profunda. Vibrante. No era yo. Era una mujer completamente distinta.
Una desconocida de respiración lenta y tono seductor.
En el chat se hizo un largo silencio. Vi cómo el indicador mostraba que estaba escribiendo.
Luego desaparecía. Después volvía a aparecer. Mi estrategia había funcionado.
Aquella voz había provocado algo en él.
Dark_King: «Más cerca. Acércate más al micrófono.»
Me incliné hacia delante. La luz de la lámpara iluminó mis labios cubiertos de pintalabios rojo.
—¿Así está mejor? —susurré con aquella misma voz artificialmente grave.
La tensión en mi garganta comenzaba a hacerse insoportable. Cada palabra era un esfuerzo.
Dark_King: «Tu voz se mete bajo mi piel.»
Sentí un escalofrío.
Dark_King: «He pasado todo el día escuchando idiotas.»
Dark_King: «Personas cuyos tonos de voz solo me provocan ganas de despedirlas.»
Dark_King: «Y, sin embargo, tu susurro consigue que me relaje.»
Mi respiración se volvió irregular. Aquel hombre no tenía idea de que había pasado toda la mañana humillando precisamente a la mujer cuya voz acababa de elogiar.
Entonces llegó una nueva orden.
Dark_King: «Dilo.»
Mis dedos se tensaron sobre la mesa.
Dark_King: «Dime que me obedeces.»
Cerré los ojos. Lo imaginé en su ático oscuro.
Sentado frente a una pantalla. Observando mis labios. Escuchando cada una de mis respiraciones.
Esperando.
—Haré todo lo que me ordenes... mi Rey... —susurré.
Mi voz se quebró ligeramente al final de la frase.
No por la actuación. Por los nervios. Por el miedo. Pero aquello solo hizo que las palabras sonaran más auténticas.
Más vulnerables. Más peligrosas. La pantalla volvió a iluminarse. Otra transferencia.
Otro pago. Otro premio por seguir alimentando aquella obsesión.
Durante más de una hora me mantuvo conectada. No exigió movimientos provocativos.
Ni exhibiciones. Ni juegos visuales.
Solo quería escucharme. Hacerme preguntas.
Obligarme a describir mis emociones. Dictarme frases que debía repetir.
Escuchar cómo sonaban en mi boca. Y cada minuto que pasaba me resultaba más difícil recordar que aquel hombre era mi jefe.
Porque allí, en la oscuridad, no era Rustam Shah. Era simplemente Dark_King.
Y cada vez parecía más interesado en mi mente que en mi cuerpo.
Cuando finalmente se desconectó, me desplomé sobre el escritorio.
La bata se había pegado a mi espalda por el sudor frío. La garganta me ardía.
Cada palabra pronunciada con aquella voz falsa había dejado una marca dolorosa en mis cuerdas vocales.
Pero había sobrevivido. No me había delatado. Y eso era lo único que importaba.
La mañana siguiente irrumpió en mi realidad con el sonido despiadado del despertador.
Abrí los ojos. Al intentar tragar, un dolor agudo atravesó mi garganta.
La actuación de la noche anterior había pasado factura. Me observé en el espejo del baño.
Editado: 23.06.2026