La Institutriz

Capítulo 8

Le oyó cruzar el pasillo hacia su cuarto.

Sabía que era él. No podía Lex confundirse con ningún otro. Y ella conocía aquellas pisadas como si fuesen las suyas propias...

El momento había llegado. No sabía cómo iba a enfocarlo. No tenía la menor idea. Se creyó muy valiente, y de súbito... se sentía temblar. Temblaban, no sólo sus labios, sino que también sus manos y sus piernas.

Pero nadie lo sabría.

Ni Lex.

Ignoraba cuándo podría volverle a ver. Tal vez se fuese sin verle de nuevo.

—Marina...

—Sí, Janet...

—Estás tan callada.

—Voy a cambiarme de ropa. No salgas del cuarto, Janet. En seguida vengo a buscarte...

—¿Vamos a bajar a comer juntas? Papá y mamá han dicho esta tarde que a nuestro regreso ellos irían a casa de los Micawber.

—Bajaremos... Aguarda un segundo...

—No estaremos solas, ¿sabes? Supongo que estará el tío Lex.

—¡Claro!

Era lo que temía.

Lo que deseaba y le asustaba. Conocía bien a Lex. Querría saber por qué estaba allí. Por qué no había olvidado su existencia. Por qué le seguía. Y le exigiría que se marchase de nuevo.

Pues, no.

Que se fuese él...

Sabía, asimismo, que Lex no era hombre que se quedase cortado. Lo había demostrado en la terraza. Ella notó el efecto que le hizo verla. Ni bueno ni malo, pero sí recibió una sorpresa indescriptible. Nadie lo notó, por supuesto, pero ella, sí... ¡Ella le conocía bien!

Como él conocía cada peca de su rostro, cada sonrisa, cada mirada, cada suspiro...

—Janet, vuelvo en seguida...

Nada más entrar en su cuarto y cerrar la puerta, oyó cómo se abría la de Janet.

Y oyó su voz.

La voz inconfundible:

—Janet, querida, te he traído un juguete. Vengo de buscarlo en el auto.

Le imaginaba mirando en torno.

Buscándola a ella.

De aquella manera lacia, como indiferente. Pero que dentro... era de otro modo. Ni lacia, ni indolente, ni indiferente.

¿Por qué la dejó?

¡Claro!, como dejó a otras.

Pero ella..., ella era distinta.

—¡Qué bonito, tío Lex! Es preciosa. Voy a enseñársela a la señorita Marina. ¡Marina, Marina! —gritaba Janet.

Marina se cerró en el baño con la ropa que iba a ponerse.

Oyó cómo Janet abría la puerta de comunicación.

—¡Marie!—gritó.

—Estoy aquí, Janet... Salgo en seguida.

—Es que quería enseñarte una muñeca que me trajo tío Lex... ¡Oye, Marina!, tío Lex está en mi cuarto.

—Voy en seguida, Janet. Perdona un segundo.

Janet volvió al lado de su tío, después de cerrar la puerta de comunicación.

Desde el baño, Marina oyó en seguida las voces de Mimsy y la de George.

—Ya estamos listos, Lex. Pero… ¿qué haces aquí? ¿Y Marina?

—Está preparándose, mamá —respondió Janet con naturalidad—. Se está cambiando de ropa.

—¡Ah, Lex…! —exclamó Mimsy con un deje de reproche—. ¿Y qué haces en el cuarto de Janet?

—He venido a traerle un regalo.

—¡Mira, mamá, mira! —gritó Janet entusiasmada—. ¡Es una muñeca preciosa!

Marina cerró los grifos del lavabo, pero no consiguió aislarse del todo. Aun así, las voces llegaban amortiguadas, filtrándose como un eco incómodo a través de la puerta entreabierta.

—Volveremos enseguida —decía Mimsy—. Tal vez ni siquiera comamos allí. Vamos porque George tiene un compromiso importante con los Micawber.

—De todos modos —intervino George—, si puedo, me excusaré. Tu llegada ha sido… inesperada.

—Os lo agradeceré —respondió Lex.

Marina supo, con una certeza helada, que no era verdad.

Lex no agradecía nada de aquello. Prefería enfrentarse a ella. Prefería hacerlo cuanto antes, incluso esa misma noche.

Tenía que prepararse.

Le conocía demasiado bien.

Lex no era un hombre hecho para el silencio ni para las medias verdades. No sabía adaptarse a situaciones ambiguas ni aceptar imposiciones sin explicación. Siempre necesitaba respuestas. Y si no se las daban, las arrancaba.

—Supongo —continuó Mimsy, y Marina se la imaginó ya saliendo de la habitación de Janet, colgada del brazo de su marido— que no te irás al amanecer.

¿Irse?

Sí, también era capaz de eso.

Irse como aquella vez. Prometiendo que volvería.

Y no volvió.

—Estoy demasiado cansado —oyó decir a Lex, con su voz grave, firme, inconfundible— para marcharme al amanecer. Posiblemente me vaya a media mañana…




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