La Institutriz

Capítulo 9

Al poco rato, los tres pasaron al comedor. La doncella comenzó a servir la cena con movimientos discretos, casi ceremoniosos.

El reloj marcaba las diez y media de la noche.

Fue una comida incómoda, densa, cargada de silencios. Janet hablaba sin descanso, ajena a todo, llenando el aire con su parloteo infantil. Lex no pronunció una sola palabra. Marina respondía a la niña con frases breves, mecánicas:

—Sí… claro… tienes razón…

Entonces Marina recibió una llamada de Eduardo. Sintió, sin necesidad de levantar la vista, el peso de aquellos ojos azules clavándosele en el rostro. Ojos afilados como cuchillas. Aun así, se levantó con serenidad, como si no hubiera percibido nada y salió .

Habló con Ed en el recibidor. No supo —ni le importó— qué le dijo. El problema no era Ed. El problema estaba allí. En aquella casa. En la figura silenciosa y peligrosa de Lex. Cuando regresó al comedor, Janet dormitaba ya sobre un sofá. Lex caminaba de un lado a otro, con un vaso de licor apretado entre los dedos.

Al sentir su presencia, se detuvo.

La miró con furia, con reproche, con una intensidad casi dolorosa.

Marina supo que iba a hablar. Lex no sabía contenerse; ella sí. O al menos, lo intentaba.

—Llevaré a Janet a la cama —dijo bruscamente.

—¡Vuelve! —exigió él.

No hacía falta aquel tono. Volvería.

Tenía que hacerlo.

Nada estaba claro. Ni siquiera después de hablar. Pero volvería. Si Lex creía que iba a huir, se equivocaba.

Aunque por dentro se consumiera de rabia, de dolor, de humillación y de pena, él no lo sabría jamás.

Subió con la niña y la acostó.

—Marina… vas a volver al salón… —murmuró Janet, medio dormida.

—No tengo más remedio, querida mía. Tu tío está solo… y tus padres no han podido eludir su compromiso.

La situación era crítica. Odiosa.

Pero Marina había elegido aquel destino. Al unir los apellidos Berger y Robinson, lo había hecho conscientemente. Nadie la empujó. Nadie la forzó.

Sopesó el riesgo y la ganancia y se adentró, deliberadamente, en la boca del lobo, dispuesta a fracasar para siempre o a triunfar el resto de su vida. Por eso estaba allí.

Para ella, Lex no había sido un juego.

Había sido su amor.

Su único amor.

Se entregó a él porque lo amaba más que a sí misma. Si para Lex aquello fue un pasatiempo, él tendría que asumirlo. Ya lo había demostrado… pero algún día tendría que cansarse de vivir saltando de mujer en mujer.

Sí. Por eso estaba allí. No por capricho. Por necesidad. Pero no de la manera que Lex creía.

Arropó a la niña, apagó la luz y salió de la alcoba. No bajó corriendo. Quiso hacerlo. Quiso huir, alcanzar la puerta, desaparecer. Olvidarlo todo.

Olvidarlo a él.

Pero le había entregado lo mejor de su vida por creer en él ciegamente. Y por eso la decepción había sido tan cruel.

Entró en el salón con paso lento.

Lex la esperaba. Aún sostenía el vaso. Al verla, lo dejó caer sobre la mesa y avanzó hacia ella.

—Marina… razonemos —dijo—. Si estás aquí por mí… puedes venirte conmigo ahora mismo.

—Claro —respondió ella con amarga ironía.

—Es una solución.

—Ya no, Lex.

—¿Ed? —su voz vibró, cargada de celos—. Di… ¿Ed? ¿Ese pasmado? ¿Has estado con él? ¿Te ha besado? ¿Te ha tocado?

Marina lo miró de frente, con una serenidad que quemaba.

Lex apartó los ojos.

—Como tú, no —dijo ella, firme—. Como tú… solo tú. Y eso es lo que no soporto.

Lex hinchó el pecho y después se relajó, como si necesitara flexionar el tórax para poder respirar mejor.

Estaban separados, cada uno en un extremo del salón, mirándose como si se desafiaran. De pronto, la voz de Marie se oyó lenta, tenue. Parecía reflexionar en voz alta, evocar recuerdos de una vida que le provocaban pesar, vergüenza y dolor.

—Había muerto mi madre y yo tenía diecisiete años. No podía soportar que los demás me mantuvieran ni depender de nadie. De nadie, fueran quienes fueran. Bea, la misma Bea, me ofreció su apoyo y su afecto. Pero si mamá, en vida, no lo aceptó y prefirió trabajar, yo tenía que imitarla. Me presenté a la beca. La gané… Me fui a España. Estuve allí un año y medio. Estudié con fiereza. Todo lo hago así. Es mi peor defecto: bajo mi fragilidad y mi aparente debilidad oculto una fuerza enorme. Una fuerza incontenible. Para querer, para odiar, para estudiar, para superarme. Para sacrificarme…

—Marie…

No le hizo caso.

Necesitaba aquella evocación. La necesitaba como la vida misma. Apretó los labios y continuó de pronto, como si él no estuviera presente, como si se hablara a sí misma.

—No hubo hombres en mi vida. Ni uno solo. Tenía que estudiar y cerré mi corazón al amor. No quise saber nada de sentimentalismos; me blindé por dentro. Conocí chicos, sí, como cualquier muchacha de mi edad, pero yo iba a España a estudiar español, no a dejarme cortejar. Después salté a Francia, también con una beca ganada a fuerza de estudios y sacrificios. Iba de casa en casa. Daba clases. En Francia enseñé español e inglés; en España, francés e inglés. No conocías esa parte de mi vida, ¿verdad? Claro que la conocías. Te la conté yo misma.

—¿Quieres callarte? —dijo él, brusco—. Yo no vivo del pasado, sino del presente.

—Yo no —replicó ella—. Para vivir el presente, primero reviso el pasado y luego miro hacia delante, hacia el futuro. Ya ves… tú tan rico, tan seguro de ti mismo, tan macho… y no eres más que una cucaracha.

—Marina…

—No he terminado. Voy a seguir.

Lex dio un paso al frente.

La miraba con intensidad, como si quisiera atravesar su ropa y su piel, como si intentara verla por dentro, alcanzar su alma, su corazón, cada uno de sus sentimientos.

Luego, en voz baja, ronca, murmuró:

—Pareces distinta. Eres la misma… y, sin embargo, distinta.

—Claro que soy distinta. Sigo siendo la misma, pero he cambiado. Cuando tú me conociste, creía en los demás. ¿Por qué no iba a creer? Después, cuando me abandonaste, dejé de hacerlo. Entonces era sencilla, confiada, dulce… ingenua. ¿Qué hiciste tú de mí? Di —su voz vibró—. Di.




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