—Siéntate, Lex, por favor. No paras quieto.
No podía hacerlo. No soportaba ver a Ed allí abajo, en la cancha de tenis, riendo con ella como si el mundo no tuviera grietas. Como si Marina le perteneciera ya, aunque aún no lo supiera.
Había intentado quedarse a solas con ella toda la mañana. Había recorrido la casa como un fantasma, había entrado incluso en la habitación de Janet con cualquier excusa absurda, sin lograr encontrarla. Siempre estaba acompañada. Siempre fuera de su alcance.
A la hora del almuerzo, rodeada de todos.
A la hora del té, integrada en la familia como si llevara allí años.
Y entonces llegó Ed.
Lex lo vio desde la ventana: cómo Ed lo saludaba con naturalidad y, acto seguido, llamaba a Marina con ese tono despreocupado, retándola a un partido de tenis. Ella aceptó sin dudar, sonriendo.
—Lex, por caridad, deja de pasearte —insistió Mimsy.
No podía.
Ni tampoco marcharse de la casa de su hermana.
Él, que había hecho planes tan claros en. Él, que creía haber cerrado capítulos.
—Es bonita esa chica, ¿verdad, Lex? —comentó su cuñado con ligereza.
Lex estuvo a punto de soltar una barvaridad. Se contuvo mordiéndose el labio, haciendo una mueca tensa.
—Es bonita, sí. Terriblemente bonita.
Su voz tembló apenas. Lo suficiente.
Mimsy frunció el ceño. Algo no encajaba.
—Ed la conquistará —dijo, casi con intención, observándolo de reojo.
George captó el gesto de su esposa y remató con una sonrisa cargada de sentido:
—Es justo el tipo de mujer que le conviene a Eduardo, hermosa, inteligente, elegante, y con clase.
Lex comenzó a caminar de nuevo, como si no los escuchara. Fumaba sin parar. Apagaba un cigarrillo y encendía otro con dedos nerviosos.
—Me alegro por Ed —añadió Mimsy—. Y por Marina. Le he tomado mucho cariño.
Lex tropezó con una silla y la apartó de una patada seca.
—Lex, por favor, ¿por qué no te marchas? Estás insoportable.
George fue más directo:
—Te molesta que Ed conquiste a una chica así. Siempre has sido bueno en quitarle las novias a los demás. Hazlo otra vez.
Con cualquiera menos con ella. Con Marina, n podía.
La había conocido más en una sola noche que en todo el tiempo que estuvo tras de ella y sabia que Marina no era una mujer fácil. Nunca lo había sido. Y cuando decidía resistir, lo hacía hasta el final.
—Me iré —dijo al fin, con un tono que pretendía ser despreocupado—. El coche estará listo mañana. Ya no me interesa arrebatarle novias a nadie. Me hago mayor. Esos juegos ya no me divierten.
—Menos mal que maduras —rió Mimsy—. Aunque… ¿tanta avería tiene el coche?
—Bastante. Pero mañana estará arreglado.
George lo miró con suspicacia.
—Ayer llegaste como si nada. No parecía averiado.
Lex se detuvo en seco.
—¿Me estás llamando mentiroso?
Otra mirada silenciosa entre los esposos. Algo no iba bien.
—Lex… disculpa —dijo George.
Lex comprendió que había ido demasiado lejos. Si se quedaba allí un minuto más, acabarían viendo lo que él luchaba por ocultar.
—No importa —dijo, forzando la calma—. Voy a la cancha de tenis.
—¿A interrumpir el partido?
—No. Solo a mirar… a darle algún consejo a Marina.
Lo vieron alejarse por el césped.
—¿Tú qué piensas? —murmuró Mimsy.
—Estoy desconcertado.
—Está distinto…
—Sí.
—Míralo. Se ha puesto a su lado. Parece que le habla.
Le hablaba. La miraba como si el resto del mundo hubiera desaparecido.
Marina respondía sin mirarlo, concentrada en el juego. Devolvía las pelotas de Ed con precisión, sin nervios, sin titubeos.
—Dentro de una hora te espero en el cenador —dijo Lex en voz baja.
Silencio.
—Déjalo ya. Manda al diablo a ese hombre. Te espero dentro de una hora.
—No iré.
—Marina…
—No grites. No iré.
—Estás enamorada de mí.
—Y tú de mí.
Lo dijo sin temblar. Sin adornos.
Sabía lo que estaba en juego, pero no pensaba perder.
—Marina…
—No insistas.
—Lo contaré todo.
Ella lo miró entonces. Solo un segundo. Lo suficiente para que la pelota que Ed le lanzó se le escapara.
Fueron a buscarla los dos. Se inclinaron al mismo tiempo. Sus manos se rozaron. El contacto fue breve, eléctrico.
Una mirada profunda.
—Por favor… —susurró Lex.
—No.
Él le sujetó la mano, aún con la pelota.
—Nos están mirando.
—No me importa.
—Lex, me haces daño. Suéltame.
—No hasta que me digas si vendrás. Dentro de una hora. Janet estará fuera. Puedes ir.
—Si voy… te haré daño. Aunque no quiera.
—Ven.
La soltó.
Marina se irguió. Su cuerpo, envuelto en la camiseta blanca de deporte, vaciló un instante. Lex vio su duda, su belleza intacta, su fuerza. Desvió la mirada. No podía soportar verla así. Expuesta. Deseada por otros. ¿Marina para Ed? Tendría que estar muerto.
Ella lo amaba. Lo sabía. Y él podría convencerla. Porque lo suyo seguía vivo, ardiendo en la memoria y en los sentidos de ambos. Por eso estaba allí. En casa de su hermana. Cuando él jamás creyó volver a encontrarla.
Muchas veces estuvo a punto de regresar a aquel apartamento. Solo para verla. Solo para comprobar que seguía respirando. Pero no lo hizo.
Fue la única mujer a la que le dolió herir. Y la hirió. Para protegerla. Para salvarse.
Huyó un día cualquiera. El día que más la amaba. El día que más la necesitaba.
Pero eso… Marina nunca llegaría a comprenderlo.