La Institutriz

Capítulo 11

La partida había terminado. El golpe final aún parecía vibrar en el aire cuando Marina bajó la raqueta y miró su reloj de pulsera. El segundero avanzaba con una crueldad precisa.

Treinta minutos.

Treinta minutos para la hora que él había marcado, como si el tiempo aún le perteneciera. Tragó saliva. Tendría que ir.

—Marina…

La voz de Ed la alcanzó antes de que pudiera alejarse. Él se acercó despacio, con esa cautela de quien teme romper algo frágil.

—Quisiera hablarle.

Marina forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Se me hace tarde, Ed. Tengo… tengo que hacer unas llamadas.

—Te lo ruego.

—Mañana. Otro día.

—Siempre huyes de mí…

Caminaron juntos hacia la casa. Cada uno llevaba su raqueta, pero Marina la balanceaba sin darse cuenta, marcando un vaivén nervioso que delataba su interior. El corazón le golpeaba con fuerza, desordenado. No podía hacerle daño a Ed.

Haría cualquier cosa por evitar una confesión que no podría corresponder. No porque Ed no fuera bueno —lo era—, sino porque su corazón ya estaba condenado. Tendría que contárselo todo algún día. Pero aquello era demasiado suyo. Demasiados recuerdos compartidos.

Demasiado dolor.

—Temo que Lex se meta por medio —dijo Ed de pronto.

Marina se detuvo en seco.

—¿Lex?

Ed bajó la mirada. Tenía la expresión de un niño que ya sabe la nota antes de recibirla.

—Siempre me ocurre lo mismo —confesó—. Lex me quita las novias… o las mujeres que podrían llegar a serlo. Cuando lo vi ayer, sentí que todo volvía a empezar.

Marina no supo qué decir. Ed le despertaba ternura.

Lex, miedo.

Dos fuerzas opuestas tirando de ella, cuando lo único que deseaba era calma.

—¿Desde cuándo conoce usted a Lex, Ed? —preguntó al fin.

Él esbozó una sonrisa torpe.

—Desde siempre. Nacimos juntos, prácticamente. Cuando yo llegué al mundo, él ya parecía mayor. Supongo que por eso siempre me empequeñece.

—El día que una mujer le ame de verdad —dijo Marina despacio—, Lex no podrá hacer nada.

—¿Lo hará con usted?

La pregunta quedó suspendida entre ellos.

Sí.

Lex ya lo había hecho. Todo. A su manera.

A su tiempo.

Eso era lo que más dolía. Haberse entregado… y haberse quedado esperando.

Tal vez Lex la amaba. Sí, a su modo. Un modo cómodo, libre de promesas. Tomando todo lo que quería y marchándose cuando el peso era demasiado.

—Marina…

Ella negó con la cabeza.

Habían llegado a la terraza. Estaba vacía. Mimsy y George ya no estaban. Tampoco él. Sabía que se había ido en el coche de Mimsy… y sabía también que estaría en el cenador a la hora exacta.

Siempre cumplía cuando algo le importaba.

—Dígame, Ed.

—Podríamos dar un paseo en mi coche…

—Otro día.

—Entonces me marcho. Quisiera decirte tantas cosas… ofrecerte todo lo que soy, todo lo que tengo. Aunque no te lo diga, sé que lo sabes.

No quería saberlo. Le asustaba su propia vanidad. Sabía que Ed la aceptaría con todo su pasado, con todas sus grietas.

Tal vez, algún día, el cansancio la empujara a elegir la paz en lugar del amor. La paz sin amor. ¿No era una forma de salvación?

—Todo lo que soy me parece poco para ti.

—Eres mucho.

—¿Lo aceptarías?

Nunca. No podía borrar el pasado con una palabra.

—Hasta mañana, Ed.

—No me dices nada.

—No tengo nada que decirte.

—Prefieres a Lex.

—No digas eso.

—Él siempre gana.

Era cierto. Siempre ganaba.

—Hasta mañana, Ed.

—Salude a Mimsy y a George de mi parte. Vendré mañana.

—Sí, Ed.

Marina se alejó deprisa. Entró por la puerta de servicio para no ser vista. Subió las escaleras sin mirar atrás.

Quince minutos.

Justo el tiempo necesario para cambiarse de ropa…
y cambiar de destino.

—Adelante… —dijo Marina en voz baja.

Mimsy entró con paso ligero y una sonrisa serena, de esas que parecen inofensivas y, sin embargo, lo observan todo. Marina sintió un leve sobresalto. Temió su intuición, esa mirada femenina capaz de leer más allá de las palabras.

¿Qué estaría preguntándose Mimsy?

—Sé que es su hora de descanso —dijo con delicadeza—, pero pensé en venir a charlar un rato con usted.

Sus ojos se deslizaron con naturalidad por la figura de Marina, vestida con pantalones verdes y un suéter de manga corta del mismo tono. No era una mirada crítica, sino atenta.

—Veo que se dispone a salir.

—Iba a dar un paseo por el jardín… o por el parque.

Mimsy asintió, como si aquella respuesta confirmara algo que ya sospechaba.

—Entonces, si lo prefiere, puedo acompañarla.

No.

No podía permitirlo. No podía arriesgarse a que viera a Lex en el cenador.

—En realidad… no me importa quedarme aquí.

Mimsy guardó silencio un instante. Pensó. Observó.
¿Era posible que Marina se hubiera dejado arrastrar por un impulso, por un simple deslumbramiento ante Lex? No encajaba con la mujer que creía conocer. Marie le parecía lo bastante fuerte, lo bastante madura, como para resistirse a él.

—Sentémonos entonces —propuso.

—Como guste.

Tomaron asiento. El ambiente se volvió más denso.

—Quería hablarle de Ed. Es un muchacho estupendo.

Marie alzó apenas la mirada.

—Ah…

—Está muy enamorado de usted.

Marina cerró el gesto, como si aquella afirmación le pesara más de lo esperado. Mimsy lo notó. Ya había comprendido que Marina era introvertida, reservada, una mujer que guardaba demasiado dentro.

Esperó.

—No lo sé, señora Berger —dijo por fin Marina.

—Llámeme Mimsy. Somos amigas.

—Gracias.

Pero no añadió nada más.

Mimsy suspiró. Comprendió que no obtendría respuestas claras.

—Si Lex le habla de amor… no le crea —dijo entonces con suavidad, pero con firmeza—. Se lo digo de corazón. No quisiera que sufriera por culpa de mi hermano. Es… complicado. Me dolería mucho verla dañada por él.




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