No había luz.
Sólo el resplandor mortecino de un farol del jardín, filtrándose entre las hojas, dibujando sombras imprecisas sobre el cenador.
—Mira —dijo él, señalando el reloj.
Marina entró sin responder, como si la hora careciera de importancia.
—Has estado con Ed, ¿verdad? —añadió Lex—. ¿Qué es lo que te atrae más de él: su cara de idiota o sus millones?
Marina se apoyó contra el grueso cristal que cerraba el cenador. Con las manos cruzadas a la espalda, lo observó fijamente, sin parpadear.
—No me mires así, ¿me oyes? —su voz empezó a quebrarse—. No me mires de ese modo… censor, burlón… no sé cómo llamarlo.
—Estás cambiado, Lex —dijo ella con calma—. Ahora sí puedo decirlo. Has cambiado. O te estás haciendo viejo… o estás muy enamorado de mí.
—¿Y si fueran ambas cosas?
—Podría ser.
—De acuerdo. Acepta la primera. Yo la acepto. Nos marchamos de aquí.
—¿Eso es lo que querías decirme?
—Eso y nada más. Te quiero. Me importas. Nos vamos juntos. ¿Qué tiene eso de extraño?
Se acercó para tocarla.
Marie alzó la mano, firme.
—No me toques, Lex.
—Eres…
—No lo digas —lo interrumpió—. Duele. Así, dicho de esa manera, duele como una bofetada. Yo no soy carne de pecado, aunque la frase suene grandilocuente. Yo fui tu novia. Tu mejor novia, la espiritual, la que pensó y esperó siempre que nuestro amor se santificaría con el matrimonio.
—¿Te estás burlando de mí?
—Después, cuando te fuiste, sí —admitió—. Entonces comprendí que no había sido tu novia. Que, para mi mayor dolor, había sido tu amante.
—¿Y cuántos hubo después?
—Esa es tu pesadilla, ¿verdad?
Lo era.
¿Era de otro?
¿Lo estaba siendo ahora?
—No me importa —dijo.
Sonaba falso incluso para él.
—Entonces, si no te importa —continuó Marina—, sólo me queda decirte una cosa: o te casas conmigo… o te vas.
—Antes hablaré con mi hermana…
—Yo también sé contar historias. Y ella sabrá que tenía apenas veinte años cuando te conocí. ¿Sabes? No entendía nada del amor.
—¡Cállate!
—También podré decirle que fue contigo con quien aprendí.
—Mari…
—No me llames Marí, Lex. Eso quedó atrás.
—Marina, escúchame.
No. Nunca dejaría de ser el mismo. Un hombre mentiroso y mezquino.
—No te marches, Marina. Tenemos que hablar. Aún no hemos hablado de verdad.
—Yo sí —respondió ella—. Ya dije lo que pienso. Lo que pienses tú no me interesa.
—Pero me amas.
Su voz cambió. Se volvió suave.
Y eso era lo que ella temía.
Aquella dulzura masculina la inquietaba tanto como el pasado que compartieron.
—Sí, Lex —dijo, intentando desarmarlo—. Pero todo se borra. Todo se olvida. Se olvida a un padre, a una madre cuando mueren, y es a quienes más se ama. También se olvida al hombre que nos quiso y a quien quisimos. No olvides que vivimos en la vida real. Ese amor inmortal pertenece a las mentes de los novelistas. Nosotros somos personas normales. De carne y hueso. Y esa carne y ese hueso duelen.
—Escúchame, Mari. Podemos razonar. Precisamente porque somos reales, vivamos una realidad…
—¡Vete, Lex! Olvídate de mí, como yo me olvido de ti.
—Te hice feliz —murmuró—. Rabiosamente feliz. ¿Es que lo has olvidado?
Eso era lo que más dolía. Como una herida que no cicatrizaba. Que él lo recordara cuando ella también había sido rabiosamente feliz. Tal vez ninguna otra mujer lo había hecho tan feliz como ella.
Marina dio un paso hacia la puerta.
Lex se interpuso.
—¿Puedes negarlo?
La desafiaba.
Le dolía que se lo recordase.
—¿Y tú? —gritó ella, sin querer—. Dime, ¿y tú? ¿Acaso puedes decir que no fuiste feliz conmigo?
Lex sintió como si una niebla espesa le cruzara los ojos. Los cerró. Y, sin querer, se vio con ella.
Marie tal como la recordaba: suave, luminosa, inevitable. No hacía falta tocarla para saber cómo se sentía entre sus brazos.
Negó con la cabeza, como si ese gesto bastara para borrar la imagen. Sus manos la alcanzaron casi sin permiso, como si actuaran antes que él. Al tocarla, todo regresó de golpe. El pasado, la piel, la memoria. La atrajo contra su pecho.
—Suelta, Lex.
No pudo.
—No hables —murmuró—. No digas nada.
Temía que una palabra rompiera el hechizo. Que dejar de sentirla fuera como perderla otra vez. Quería verla en su mente como antes. Como cuando él le ofrecía un diamante y ella lo rechazaba con una sonrisa, pidiéndole en su lugar una flor cualquiera, recién cortada.
Por eso le tuvo miedo.
Miedo a quedar atrapado en su ternura.
En su manera de amar sin exigir nada.
En su honestidad brutal.
—Lex… suéltame.
—Calla —susurró—. Por favor.
Y buscó su boca.
Marie se estremeció entera.
Tenía que huir.
Tenía que hacerlo ya.
Pero no pudo.
Su mente también traicionaba. Volaba hacia atrás, hacia aquel tiempo en el que Lex aparecía con una flor húmeda aún por el rocío.
Es para ti, pequeña.
Abrió los labios sin saber cuándo había cedido. El beso fue intenso. Desbordado. Doloroso. Como él le había enseñado. De pronto, el miedo la sacudió. Se apartó de golpe.
—¿Lo ves? —gritó Lex, fuera de sí—. ¿Ves cómo no puedes?
Tenía que poder.
—Me voy.
—Marí…
—No —lo cortó—. No me llames así.
Y huyó.
Lex salió tras ella. La casa estaba iluminada. Demasiado tranquila. Marina no estaba.
Respiró hondo.
No quería recordar. Pero los recuerdos lo asaltaban sin permiso. Pisó el césped con rabia, cruzó la valla, subió al coche y condujo hasta la entrada principal.
Tengo que calmarme, se dijo. Mañana me iré. La olvidaré.
Mas tarde regresó a la casa, y al entrar en el salón, el aire estaba impregnado de ella. De su perfume. Como si lo hubiera marcado. Sintió la mirada de Mimsy clavada en él.