No podía soportarlo. Se dejó caer en el sillón del tocador y hundió el rostro entre las manos, como si así pudiera apagar la marea que le subía por dentro. Aquellos besos...
Era como si algo dormido hubiera despertado de golpe. Como si el tiempo se hubiera plegado sobre sí mismo.
Un segundo más… y se habría ido con Lex, a donde él quisiera. como él quisiera. y cuando él quisiera.
El sollozo la traicionó. No quería llorar, pero las lágrimas brotaron sin permiso. Ardían.
Si pudiera recomponerse.
Si pudiera escupirle todo a la cara.
Si pudiera casarse con Ed y cerrar esa puerta para siempre…
Entonces oyó la puerta.
¿Él?
Se levantó de un salto. Quedó rígida, de pie, con el cabello desordenado cubriéndole parte del rostro y los ojos enrojecidos.
—Mimsy… —susurró.
La voz se le quebró.
Mimsy cerró la puerta con rapidez, cruzó la habitación y la sujetó justo a tiempo. Marina parecía a punto de desplomarse.
—Marina… estás hecha polvo.
La trataba de tú sin darse cuenta. La ayudó a sentarse de nuevo. Marina evitaba mirarla, paralizada, como si la hubieran sorprendido en falta. Mimsy le acariciaba el cabello con gestos lentos, protectores, una y otra vez.
Ninguna se atrevía a romper el silencio. Mimsy había entendido lo suficiente. Lo que antes fue una sospecha ahora tenía forma.
De pronto, Marina se levantó otra vez. Se apartó de ella y fue hasta el ventanal. Entrelazó las manos con desesperación, apretándolas hasta hacerse daño.
—Ya lo sé… Me iré. Me voy ahora mismo. En este instante.
Mimsy se acercó, dio un par de vueltas a su alrededor, observando ese rostro que no se volvía.
—No tenga miedo —dijo al fin—. No va a pasar nada. ¿Desde cuándo lo conoces, Marina?
Marina respiró hondo. El pecho se le alzó con un temblor visible.
—Marina… soy tu amiga.
—Es usted su hermana.
—Y tu amiga.
Marina no reaccionó. No podía creerlo. Tenía los ojos brillantes, la boca tan tensa que los labios parecían dos líneas sin color.
—¿Cuándo fue? —insistió Mimsy con suavidad—. Hace muchos años, ¿verdad? Por eso viniste aquí…
Marina se giró al fin.
—Perdone, señora Berger. Debo irme. Tengo que hacer las maletas.
Intentó pasar, pero Mimsy la sujetó del codo y la mantuvo a su lado.
—Marina… estoy contigo —dijo con firmeza—. Aunque Lex sea mi hermano. No sé cuándo lo conociste, pero por tu edad… y por el tiempo que él ha estado fuera de… debías de ser casi una niña. Debiste quererlo mucho para venir hasta aquí. Para esperarlo. Porque conociendo a Lex… podría no haber vuelto nunca.
—Tenía que volver —murmuró Marina, como hablándose a sí misma—. Tarde o temprano… tenía que volver.
Sintió la mano de Mimsy en el hombro. Se giró de golpe y, de pronto, todo salió. A borbotones. Su vida entera. Desde la muerte de su madre hasta la aparición de Lex en su infancia.
—Yo no podía ser como las demás —dijo con la voz rota—. No quise serlo. Luché para no serlo. No podía creer que Lex fuera un monstruo. Creí en él. Ciegamente. Y cuando me abandonó, me prometí resistir. Luchar. Seguir siendo alguien… incluso si algún día él volvía a mirarme.
Calló.
Mimsy la abrazó de repente. Con fuerza. Le acarició el cabello.
—Te ayudaré, Marina. Haré lo que sea para que consigas lo que necesitas.
—¿Cómo?
—Aún no lo sé. Pero lo pensaré.
—¿Se lo dirá a Lex?
El miedo volvió a asomar en sus ojos.
Mimsy negó despacio.
—No. Mañana lo entenderás. O cuando Lex, desesperado, no tenga más remedio que enfrentarse a la verdad. Desde ahora, no volverá a verte a solas.
—Me buscará.
—Conmigo no. Estaré siempre contigo. O tú conmigo. Iremos juntas a todas partes. Incluso llamaré a Bea.
—¿A Bea?
—Sí. Vendrá mañana. Y entonces Lex explotará por algún lado. Te quiere demasiado para huir. Es hora de que asuma sus responsabilidades, Marina. Y esta vez lo hará.
Sonrió con una determinación nueva.
—Nunca supe cómo enfrentarme a mi hermano. Ahora sí.
—Vamos, Lex, mueve ficha —dijo George—. Pareces ido.
Lex parpadeó, como si regresara de muy lejos.
—¿Yo?
George soltó una carcajada.
—Pues claro, tú. Diría que en todo el tiempo que has estado fuera se te ha olvidado jugar al ajedrez.
¿Dónde estaba Marina? ¿Qué le importaba el tablero?
—Lex, querido —insistió George—, te voy a comer la reina.
—Ah… —murmuró él.
—Siempre has sido brillante con esto. No entiendo qué te pasa esta noche.
Se iría al día siguiente. Le dolía marcharse sin verla. Pero también había dolido la primera vez. Y, con el tiempo, había aprendido a vivir con ese vacío. Olvidarla no fue fácil. Nunca lo fue.
Mimsy apareció entonces. Sonriente. Demasiado animada. Casi teatral.
—¿Cómo va la partida, cariño?
George señaló el tablero con una mueca.
—Fatal. Lex no da una.
—¿Cómo dices?
—Míralo. Está como ausente.
Mimsy observó a su hermano con una sonrisa dulce, calculada.
—Lex… ¿será que tantos viajes empiezan a pasarte factura?
Lex habló sin pensarlo demasiado. Como si decirlo pudiera hacerlo real.
—Me marcho mañana.
Se levantó despacio, estirándose exageradamente, como si el cansancio fuera físico y no ese nudo constante que lo mantenía tenso.
—¿Comemos luego? —preguntó, conteniéndose.
—Claro. Ahora mismo —dijo Mimsy—. Precisamente iba a decíroslo.
George se levantó con entusiasmo, pasó un brazo por los hombros de su esposa y otro por el de Lex.
—Vamos. Me muero de hambre… —y añadió, casi de pasada—. ¿No baja la señorita Marina?
—No —respondió Mimsy—. Se ha acostado.
Lex se tensó.
—¿Por qué?
—Le duele la cabeza. Salió a pasear por el parque y el rocío nocturno no le sentó bien. Janet también está en la cama. Y me temo —añadió Mimsy, como quien no quiere la cosa, sentándose a la mesa— que Marina no estará mucho tiempo más con nosotros.