La Institutriz

Capítulo 14

Intentó verla aquella noche. Durante horas dio vueltas bajo su ventana, caminando en círculos como un animal inquieto. Miraba hacia arriba una y otra vez, buscando una sombra, un movimiento mínimo tras las cortinas. Nada. Al final, envolvió un papel en una piedra y lo lanzó con cuidado.

Baja. Te espero.

El papel cayó en silencio. No hubo respuesta.

A las dos de la madrugada, agotado, con los nervios deshechos y la esperanza hecha trizas, se rindió. Subió las escaleras despacio, como si cada peldaño pesara el doble.

Cuando iba a entrar en su habitación, Mimsy apareció en el pasillo. Llevaba una bata ligera, el cabello suelto. Su expresión mezclaba sorpresa y algo más… algo que Lex no supo identificar.

—Hermano... —dijo con suavidad—. ¿De dónde sales a estas horas? No cambias nunca, Lex. Vienes a casa un solo día y ya andas de juerga.

¿De juerga? La palabra le golpeó como una bofetada absurda. ¿Eso creía ella? ¿Qué había estado divirtiéndose?

—Si te casaras… —añadió Mimsy, casi con tono maternal.

—Bobadas —masculló él.

—Luego, cuando seas viejo, sólo te querrán por tu dinero. Aprende de Ed. Míralo: veintiocho años y deseando casarse. ¿Sabes dónde piensa vivir con Marina?

Lex dio una patada al suelo. La rabia le subió desde el estómago.

—Buenas noches, Mimsy —dijo con voz áspera.

—Espera, Lex. Déjame darte un consejo.

Él ya se marchaba. Tenía la mandíbula tensa y los ojos brillantes. ¿Casada con Ed? No.

Ni muerto lo permitiría. ¿Mari casada? ¿Marie con otro?

—Lex… —dijo Mimsy—. Has puesto una cara muy rara.

—Hum.

—Escúchame. Tómatelo como quieras, pero como mujer casada y con algo de experiencia, creo que debo decírtelo: imita a Ed.

Lex se detuvo.

—¿Imitar a Ed?

—Claro. Busca una mujer. Una esposa. Joven, cariñosa, bonita… como Marina. Tan culta. Tan inocente.

—¿Inocente? —repitió, conteniéndose.

Estuvo a punto de soltar una palabrota, pero se mordió la lengua.

—¿No crees que lo es?

—¿Qué estás diciendo?

—Nada raro. Quiero decir que, ya que no hay dos Marinas, lo mejor sería que buscaras una chica y formaras un hogar. No hay nada mejor que un hogar —rió con cierta ingenuidad—. Fíjate si seré tonta que cuando vi a Marina entrar en esta casa pensé: si a Lex le tocara en su vida errante una chica como esta…

—¿Estás loca, Mimsy? —estalló—. Sabes que no me caso.

—Eso mismo me dijo George.

—¿George?

—No tengo secretos con mi marido. Le dije lo que pensaba cuando conocí a Marina. Por eso me dio tanta pena cuando Ed empezó a rondarla.

Lex volvió a patear el suelo. Estaban al final del pasillo, en penumbra, pero Mimsy distinguió perfectamente la furia contenida en su rostro.

—Marie...—dijo él, corrigiéndose—. Quiero decir, la señorita Marina, no se casará con un tipo como Ed.

Lo dijo con una convicción casi violenta.

—Pero si ya está decidido, Lex —exclamó Mimsy.

Él abrió la boca para responder, pero se contuvo. Entró en su habitación y cerró la puerta de un portazo.

Mimsy se frotó las manos despacio. Caminó hasta su dormitorio. George la esperaba. La rodeó con los brazos.

—Eres una intrigante —le susurró—. Lo he oído todo.

—Está ardiendo de rabia —respondió ella, satisfecha.

—No conseguiréis nada. Ya lo verás.

—Mañana llega Bea. Ya se lo he contado todo. Y por cierto —añadió con una sonrisa—, llamé al garaje donde Lex dice tener el coche. No hay ningún automóvil a nombre de Lex.

George rio.

—Eso ya lo había hecho yo. El coche está a pocas manzanas en perfecto estado.

Mimsy soltó una risita.

—¿De qué te ríes?

—De Lex. De la broma que le está gastando el destino.

—No se rendirá tan fácilmente.

La voz de Lex sonó más segura de lo que se sentía.

—Buenos días…

Mimsy alzó la vista y le sonrió con naturalidad. Marina también levantó la cabeza, pero no sonrió. Ese gesto —o su ausencia— fue suficiente para que algo se le cerrara por dentro.

—¿Ya se ha ido George? —preguntó Lex, intentando atrapar unos ojos que parecían huir de él.

Marina bajó la mirada. Parecía tranquila. Demasiado. Lex, en cambio, se sentía fuera de lugar. La ropa deportiva le oprimía el cuerpo, como si llevara un disfraz. Sabía que estaba atractivo, pero Marina no parecía notarlo.

—Bea está a punto de llegar —dijo Mimsy, con voz amable—. ¿No te sientas, Lex?

—Daré un paseo —respondió—. Luego pasaré por el garaje. Si el coche está listo… me iré esta misma tarde.

—Vaya, debió de ser una avería importante —comentó Mimsy.

Lex apenas la escuchaba.

—Señorita Marina… —dijo al fin—. ¿Le apetece acompañarme?

Marina alzó la cabeza, esta vez lo justo.

—Oh, Lex… ¿cómo se te ocurre? Ed es muy celoso.

—¿Ed?

—¿No te lo dije anoche?

Lex buscó sus ojos. Nada. Marina no lo miraba. Seguía concentrada en como Janet jugaba al tenis.

No puede ser, pensó. ¿Por qué no me mira? ¿Por qué no lo niega?

—Entonces… —dijo despacio—, ¿se casa usted, señorita Marina?

La miraba con insistencia, esperando una grieta. Una señal. Algo.

La voz de Marie llegó serena, suave, sin levantar la vista:

—Sí. Muy pronto.

Algo se rompió dentro de él.

—Esto es el colmo.

—¿Qué te parece el colmo, Lex? —preguntó Mimsy.

—Nada —dio una patada al suelo—. Nada.

Y se marchó.

Caminaba con fuerza, como si quisiera aplastar bajo sus pies a Ed, a Marina, a Mimsy… al mundo entero.

¿Y si le contara a Mimsy lo que Marina fue para mí? No. Imposible. Eso lo dejaría a él peor que a nadie. Sería bajo. Imperdonable.

Se iría. La olvidaría.
Y que el resto del mundo se las arreglara solo.

Ed es un idiota. Casarse… Como si las mujeres no pudieran conseguirse sin matrimonio.

—¡Eh, Lex! —oyó de pronto—. Casi me atropellas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.