Lex entró con paso cansado. No era cansancio físico. Era algo más hondo, más sucio. Había vagado por la ciudad durante horas, sin rumbo, dejándose llevar por calles que no recordaría después. Pensó demasiado. Luego dejó de pensar. Bebió. Se sentó en un banco cualquiera, en un parque cualquiera, mirando a gente cualquiera vivir una vida que no era la suya.
Cuando cruzó el umbral del salón, la escena lo golpeó.
—Te digo que no me gusta, Mimsy. Vestido rosa, ni hablar —decía Mag, gesticulando—. Blanco. Un vestido de novia tiene que ser blanco. Ed me dijo: “Marina y yo nos casamos”. Y oye, me pareció estupendo. Pero le dejé claro que lo del rosa no.
Bea lo vio entonces.
—¡Hola, Lex! —exclamó con naturalidad—. ¡Cuánto tiempo sin verte!
Le dio la mano y siguió hablando, como si él fuera un mueble más.
Marina se levantó de golpe. Pero Mimsy le hizo una seña apenas perceptible.
Si te levantas ahora, lo echas todo a perder.
Marina la entendió. Lo entendió demasiado bien. Volvió a sentarse como un autómata.
Lex permanecía a dos pasos, bebiendo whisky como si fuera veneno. Nadie parecía darse cuenta de su presencia.
—Quizá lo mejor sea celebrarlo aquí mismo —decía Bea—. ¿No te parece un marco ideal?
Lex bebió otro trago. El alcohol le quemó la garganta.
George se inclinó hacia él.
—¿Jugamos una partida? Estas charlas de boda me ponen nervioso.
Lex no lo oyó.
Pensaba. Pensaba tanto que le dolían las sienes.
Marie vestida de novia.
Marie en brazos de Ed.
Marie besada por otro.
No podía soportarlo.
—Lex, ¿qué opinas tú? —preguntó Bea, al fin.
Lex escupió el whisky sin darse cuenta.
—¡Lex! —protestó Mimsy—. ¡Mi alfombra!
—¡Bah! —gruñó él, aplastando las gotas con el pie.
—George será el padrino —decía Bea—. A no ser que prefiera Lex…
—Podría ser Lex —propuso George.
—Claro. Lex, ¿qué dices?
Lex sentía que iba a ahogarlas a todas.
Fue hacia Marina.
Buscó sus ojos.
Nada.
Ella no lo miraba. Como si no existiera. Le tendió la mano. Fue entonces cuando Bea dijo, distraída:
—No, mejor que sea Tomas. Ya está decidido.
Lex quedó inmóvil. Un poste en medio del salón.
Marina veía la mano de Lex acercarse. Lo sabía. Lo presentía. Cuando Mimsy y Bea estaban distraídas, esa mano se cerró de pronto en su nuca.
El sobresalto fue físico. Marina se quedó rígida, la cabeza erguida, sin mirarlo, sintiendo la presión firme, la advertencia muda. Esperando.
Y el estallido llegó.
—Se acabó —gritó Lex—. Se acabó todo esto.
La mantuvo junto a él, temblorosa.
—¿Me oís? Me marcho esta noche. Y me la llevo conmigo. —Las miró una a una—. ¿Ed? ¿Qué Ed? —clavó los ojos en Marina—. Nos casamos tú y yo. ¡Tú y yo!
Al decirlo, respiró mejor. Marina hizo algo que nadie esperaba. Se apoyó contra él. Vencida. Agotada. Como si llevara horas resistiendo algo imposible. El silencio fue espeso.
—Lex… —dijo Mimsy al fin—. ¿Estás seguro de que quieres casarte con Marina?
Lex no respondió.
Simplemente la condujo hacia la salida, como si ya no hubiera vuelta atrás. Sabía que desde el instante en que volvió a encontrarla, escapar era inútil. Ya tenía edad para casarse. Y, sobre todo, merecía la pena casarse con ella.
—No me digas —rió Bea— que por fastidiar a Ed renuncias a la soltería.
No valía la pena contestar. Salió del salón llevando la mano de Marina entre las suyas. La apretaba con fuerza. Como si en ese gesto se le fuera la vida.
—Lex…
—Nos casamos mañana —dijo—. No sé qué clase de marido seré. Pero me caso contigo.
La atrajo contra su cuerpo. Le buscó los ojos.
—No te casarás con Ed.
Marina no pudo más. La tensión la había dejado vacía. Se abrazó a él sin reservas. No supo cuándo alzó los brazos, cuándo sus labios encontraron los de Lex.
—Tus besos… —susurró.
—Ibas a casarte con él.
—No —dijo ella—. Nunca podría ser de otro. Sólo tuya.
Lex la apartó un poco.
—¿Estás segura? ¿Sólo yo?
Marina no respondió con palabras. Se pegó de nuevo a él, lo besó.
—Calla —dijo—. ¿Cómo puedes dudarlo? ¿No me conoces?
Por eso se casaba con ella.
—Mari…
—Sí, Lex. Pronto. Pero ahora no… ahora no...
Huyó por el pasillo. Lex quiso seguirla, pero una mano se posó en su hombro.
—Déjala —dijo Mimsy con suavidad.
Lex quedó inmóvil, vencido.
La miró.
—Me caso, Mimsy —dijo—. No sé si para bien o para mal. Pero me caso con Marie.