—Lo siento, Ed —dijo Lex, con una sonrisa tensa, casi torpe—. Me la llevo. Me he casado con ella. A partir de ahora… puedes buscarte novia. No pienso fijarme en nadie más que en mi mujer.
Ed asintió despacio.
No parecía dolido. Solo cansado.
—Qué suerte —murmuró al cabo—. Qué suerte tienes, Lex.
Lex no respondió.
Había demasiadas voces. Risas. Copas que tintineaban. Felicitaciones cruzadas. No veía a Marina. Todo el mundo la rodeaba como si aún no fuera suya, como si no acabaran de prometerse el uno al otro algo irrevocable.
Los jardines, las terrazas, los salones de la mansión Berger estaban abarrotados. Demasiada gente. Demasiado ruido. Lex sentía una urgencia casi física por marcharse, por encontrarla, por sacarla de allí.
Fue Bea quien lo entendió. Se acercó y le habló al oído:
—Vete. Marina te espera en el coche.
Lex la miró con alivio.
—Bea… eres un sol.
Y allí estaba ella. Sentada en el asiento, mirándolo como solo Marina sabía hacerlo. Con esa sonrisa suave, inexplicable, que lo desarmaba.
—No soporto las bodas —dijo Lex, arrancando el coche.
Era como volver al principio. Como si ella volviera a ser aquella chica de antes, y él… el mismo hombre que una vez la había perdido. Pero no, esta vez no. Todo era distinto. Ella lo miró, seria de pronto.
—Lex… No permitiré que me cambies por otra.
Lex negó con la cabeza, casi con desesperación.
—No. Nunca.
La besó. Y fue extraño y hermoso.
—Marie…
—Sí —susurró ella—. Sí…
Y no hizo falta decir nada más.
FIN