La Jugada Del Destino – Amor y Fútbol en el Campus

Prólogo

Prólogo

​Dicen que el tiempo es el juez más implacable, pero se olvidan de que también es el mejor de los estafadores.

​He pasado mil ochocientos veinticinco días construyendo un altar para alguien que solo buscaba un pedestal. Cinco años entregando mis horas como si fueran monedas sin valor, creyendo ciegamente que el amor era una especie de contrato de exclusividad donde mi nombre, por alguna razón que ahora no alcanzo a comprender, siempre debía ir en la letra pequeña. En esa que nadie lee. En esa que se oculta para no arruinar el negocio.

​Creía conocer cada grieta de su voz, cada silencio de sus manos. Qué estúpida. No hay mayor ceguera que la de quien mira con devoción. Me convertí en el eco de un hombre que solo sabía escucharse a sí mismo, y en el proceso, mi propia voz se extinguió hasta ser un susurro que ni yo misma reconocía. Me convencí de que su brillo era el mío, cuando en realidad, yo solo era la sombra que lo ayudaba a destacar.

​Hoy, bajo un cielo que parece haberse roto sobre mi cabeza, entiendo que la lealtad hacia otro no puede nacer de la traición hacia una misma. He estado buscando afuera un incendio que solo yo puedo encender.

​Lo que no sabía, mientras sentía cómo el frío me calaba los huesos, es que el destino no destruye estructuras por capricho. Lo hace para que veas lo que hay debajo de los escombros.

Y ahí, entre las ruinas de lo que creí que era mi vida, hay alguien que me mira de una forma en la que nunca me han mirado. No como un trofeo que esconder, ni como un accesorio de su éxito.

​Hay señales que no necesitan palabras. Hay encuentros que no son accidentes, sino colisiones necesarias para que, de una vez por todas, aprenda a reconocer mi propio valor antes de que alguien más intente ponerle precio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.