El despertador sonó con una insistencia que me pareció cruel. Por un segundo, al abrir los ojos, busqué el mensaje de "Buenos días, mi Diosa" que Joshua solía enviarme cada mañana, pero la pantalla de mi teléfono estaba en un silencio sepulcral.
Ese fue el primer recordatorio de que mi realidad había mutado en algo frío que ya conocía muy bien: esa soledad disfrazada de complicidad que nos había acompañado durante años frente a los demás.
Me levanté con el cuerpo pesado, como si el cansancio de la lluvia de ayer se hubiera filtrado en mis huesos. Me miré al espejo y, aunque mis ojos ya no estaban hinchados, la luz en ellos parecía haberse atenuado.
Me vestí con cuidado; elegí unos jeans cómodos y una chaqueta que me hiciera sentir protegida. Al tomar mis libros de Derecho, sentí que pesaban más que de costumbre, como si cada página de leyes llevara consigo el peso de mi propia sentencia: la de volver a ser invisible.
—¡Suerte en tu primer día, bebé! —gritó mi madre desde la cocina mientras yo salía apresurada.
—¡Gracias, mami! —respondí, intentando que mi voz no sonara tan rota como me sentía.
El campus de la universidad era un hervidero de gente. Risas, gritos y esa energía vibrante de quienes sienten que tienen el mundo a sus pies. Caminé por los senderos de piedra, sintiéndome una extraña en medio de la multitud. Mis ojos, traidores y tercos, empezaron a buscar una chaqueta deportiva específica, un caminar seguro, una cabellera castaña que conocía de memoria.
Y entonces, lo vi.
Joshua estaba cerca de la entrada del edificio de deportes, rodeado de sus nuevos amigos que reían a carcajadas. Se veía radiante, con esa confianza que solo tienen los que saben que han nacido para ganar. Mi corazón dio un vuelco estúpido, un salto de alegría que se marchitó al instante cuando nuestras miradas se cruzaron.
Esperé una sonrisa mínima. Un guiño que solo yo entendiera. Un movimiento casi imperceptible que me dijera "aquí estoy". Pero Joshua simplemente apartó la vista. Continuó hablando con sus nuevos amigos como si yo fuera una mancha en el paisaje, un árbol más en el sendero, una completa desconocida.
El dolor fue físico, como si alguien me hubiera golpeado el estómago con toda la fuerza del mundo. Una cosa es prometerse fortaleza y otra muy distinta es sentir el hielo de su indiferencia quemándote la piel.
Sentí que el aire me faltaba y que las lágrimas amenazaban con traicionarme otra vez. No quería que me viera así. Empecé a correr, queriendo escapar de su campo de visión, de su olvido deliberado. Iba tan perdida en el torbellino de mis pensamientos que no vi lo que tenía delante.
De repente, sentí un impacto brusco. Mi hombro chocó contra algo sólido, un muro de carne y hueso que me hizo tambalear. Mis libros estuvieron a punto de caer, pero ni siquiera me detuve. No pedí disculpas, no levanté la mirada para ver con quién había tropezado, ni me importó el gruñido de sorpresa que soltó aquel hombre.
Mi mente solo gritaba el nombre de Joshua y el vacío que me había dejado en el pecho. Seguí corriendo hasta que las columnas blancas de la facultad de Derecho me recibieron como un refugio de piedra.
Llegué al pasillo principal, tratando de normalizar mi respiración. Me senté en uno de los bancos, ocultando mi rostro entre las manos. El eco de la risa de Joshua seguía martilleando mi cabeza.
—¿Derecho Civil o simplemente te gusta sufrir desde temprano? —preguntó una voz femenina, teñida de una simpatía chispeante.
Levanté la vista. Frente a mí, una chica de cabello rizado y mirada curiosa me observaba con una sonrisa amable.
—Es... es solo el primer día —atiné a decir, cerrando mi libro de Introducción al Derecho con un golpe seco.
—Dímelo a mí —suspiró ella, sentándose a mi lado—. Soy Sofía. Y si esa cara es por el examen de admisión que nos espera en un mes, te entiendo perfectamente. Pero tranquila, las penas con café son menos penas. ¿Eres Diana, verdad? Vi tu nombre en la lista de la clase de Romano.
—Sí, soy yo —respondí, forzando una sonrisa.
—Bueno, Diana, bienvenida al club de las futuras abogadas sin vida social. Al menos aquí los únicos que nos ignoran son los libros de texto, y no los chicos guapos del campus... aunque dicen que los de deportes son un caso perdido.
Escucharla mencionar a los de deportes me escoció como una herida abierta. Sofía me guio a través del laberinto de pasillos hasta el Aula Magna. Nos sentamos en las gradas de madera mientras el profesor, un hombre de mirada severa, comenzaba a hablar.
—El Derecho no es solo un conjunto de normas —decía el profesor—, es el equilibrio entre la voluntad y la justicia. Sin reglas, solo queda el caos.
"Sin reglas, solo queda el caos", repetí en mi mente. Irónicamente, yo estaba tratando de seguir las reglas de Joshua, y mi interior era un caos absoluto.
Sin embargo, a medida que la clase avanzaba, sentí algo extraño: mi mente lograba despejarse. El nombre de Joshua comenzó a retroceder. Me concentré en tomar apuntes; ese pequeño destello de independencia me hizo sentir que podría sobrevivir a su olvido.
Al terminar la clase, Sofía me dio un codazo amistoso.
—Oye, ¿te diste cuenta de que compartimos el número de dormitorio en el ala norte? ¡Somos compañeras de cuarto!
Caminamos juntas hacia los dormitorios. Al entrar a nuestra habitación, el espacio era pequeño pero acogedor. Mientras acomodaba mis cosas, sentí una paz nueva. Joshua estaba quizás en su entrenamiento, en su mundo de sudor y gloria, y yo estaba aquí, construyendo mi propio santuario.
—Diana, escucha esto —dijo Sofía—. Hay una fiesta de bienvenida esta noche en la fraternidad cerca del lago. Es la tradición para los de primer año.
—No creo que sea buena idea, Sofía...
—¡Oh, por favor! —Sofía se lanzó sobre mi cama—. Necesitas sacudirte ese aire de funeral que traes. Una noche, música, gente nueva... ¿qué es lo peor que puede pasar?