Capítulo 3
Me quedé allí, de pie, parpadeando mientras el mundo saltaba al ritmo de un bajo ensordecedor. El desconocido frente a mí mantenía su mano sobre mi hombro, una presión ligera que me obligaba a salir de mi trance.
—¿Disculparme? —logré articular—. No sé de qué me hablas.
Él soltó una risa corta, inclinándose un poco para que pudiera escucharlo sobre el caos de la música.
—Es difícil confundir a alguien que corre por los pasillos de la facultad como si estuviera escapando de un incendio. Me diste un golpe bastante seco esta mañana, justo en el sendero principal. Ibas tan perdida en tus pensamientos que creo que ni siquiera notaste que yo también existo.
El recuerdo del choque regresó a mí como un fogonazo. El impacto sólido, mi prisa desesperada por huir de la mirada gélida que Joshua me había lanzado minutos antes.
—Yo... lo siento. De verdad. Iba distraída —balbuceé, intentando recuperar mi espacio—. Tenía mucha prisa por llegar a mi primera clase de Derecho.
—Se nota. Parecía que el mismísimo Código Civil te venía persiguiendo —bromeó él, retirando finalmente la mano de mi hombro pero manteniendo sus ojos fijos en los míos con una curiosidad que me inquietaba—. Soy Liam. Y sospecho que no eres de las que suele ir atropellando gente por deporte.
No pude responder. Antes de que pudiera procesar su nombre, mi vista se desvió por encima de su hombro, atraída por un movimiento en el centro de la pista de baile.
El aire se escapó de mis pulmones.
A unos metros, bajo una luz púrpura intermitente, estaba Joshua. Se veía radiante, con esa confianza que solo muestra cuando se siente el dueño del mundo.
Tenía sus manos apoyadas en la cintura de una chica de piel morena y un espectacular cabello ondulado que se movía con una gracia que me hizo sentir pequeña. Joshua le sonreía con una felicidad desbordante, una que yo creía reservada solo para nuestras tardes a solas.
Pero el verdadero golpe, el que me hizo sentir que el suelo desaparecía, fue ver cómo se inclinaba para besarla. Un beso lento, profundo, a la vista de todos.
En ese instante, las palabras de Joshua en el parque —“no quiero que nada ensucie mi carrera”, “necesito estar enfocado”— resonaron en mi cabeza como una burla cruel.
—Vaya... —la voz de Liam me trajo de vuelta a la realidad. Él se giró un momento para ver qué era lo que me había dejado petrificada y luego volvió a mirarme, esta vez con una expresión más seria—. Parece que ese tipo tiene una forma muy intensa de disfrutar su primera noche en el campus.
Me quedé en silencio, apretando los puños. No podía decirle que ese "tipo" era el hombre con el que llevaba cinco años. No podía decirle que me dolía porque me había mentido.
—Sí... eso parece —dije, aunque mis ojos ya se estaban poniendo vidriosos.
Liam me observó en silencio por unos segundos, analizando mi reacción. Su mirada ya no era juguetona; era la de alguien que sabe leer la incomodidad ajena.
—No sé qué historia haya ahí, ni me interesa —dijo con voz suave, bloqueando con su cuerpo mi visión hacia la pista—. Pero lo que sí veo es a una chica que acaba de recibir un golpe emocional más fuerte que el que ella me dio a mí esta mañana. Y me parece una lástima que desperdicies tu primera fiesta mirando lo que no te hace bien.
—Solo quiero irme —susurré, sintiendo que el nudo en mi garganta estaba a punto de explotar.
—No te vayas así —me detuvo Liam, con un tono firme pero amable—. Me debes una disculpa por el choque de esta mañana, ¿recuerdas? Y creo que la mejor forma de pagarme es aceptando un baile. No para que él te vea, ni para dar explicaciones a nadie. Solo para que dejes de mirar hacia atrás y empieces a mirar lo que tienes enfrente.
Sus palabras, que pretendían ser un ancla, terminaron por romper el último dique que sostenía mi cordura. ¿Mirar lo que tenía enfrente? Lo que tenía enfrente era un desconocido, y lo que tenía a mis espaldas era el naufragio de cinco años de mi vida.
La rabia, la humillación y el dolor se mezclaron en un grito que nació desde lo más profundo de mis pulmones.
—¡QUE NO! —grité con una fuerza que me desgarró la garganta.
No fue un "no" educado. Fue un rugido de desesperación. Liam dio un paso atrás, sorprendido, y el círculo de personas más cercano se quedó en silencio, girándose para vernos. La música parecía haber bajado de volumen solo para que mi rechazo retumbara en toda la estancia.
Incluso allá, en la pista, el movimiento se detuvo. Joshua, todavía con el rostro cerca de la chica morena, giró la cabeza bruscamente hacia el origen del grito. Nuestras miradas se chocaron en el aire como dos trenes en plena colisión. Sus ojos se abrieron con un pavor genuino, una mezcla de sorpresa y terror al verme allí, en un lugar donde él juró que yo nunca pondría un pie.
No pude sostenerle la mirada. Me di la vuelta y salí disparada hacia la salida, abriéndome paso entre la multitud, sintiendo cómo las primeras lágrimas se desbordaban sin control por mis mejillas. Crucé el umbral de la casa y corrí hacia la oscuridad del jardín, queriendo que la noche me tragara.
—¡Diana! ¡Diana, espera! —escuché la voz de Sofía a mis espaldas.
Ella venía sorteando a la gente con dos vasos rojos en las manos que terminó dejando sobre una mesa cualquiera para alcanzarme.
En la fiesta, el ambiente se había vuelto pesado. Joshua, pálido y con las manos temblorosas, soltó a la chica con la que bailaba.
¿Es Diana qué hace aquí? ¿Será qué me vio besándome con Jessica? —La mente de Joshua en un instante se inundó de preguntas.
—¿Pasa algo, Josh? —le preguntó Jessica mirando confundida a Joshua por la cara que este tenía.
—Yo... eh... creo que dejé algo encendido en el dormitorio. No me siento bien, es el cansancio del entrenamiento —balbuceó él, retrocediendo con una excusa tan barata que hasta los que no lo conocían lo miraron con extrañeza.