La lista de Sandra

II

A las tres de la tarde mis compañeras y yo llegamos a la conclusión que no íbamos a trabajar más. Aunque tuviéramos que seguir en la empresa incluso dentro de la oficina, no íbamos a mover un dedito más para trabajar. Una especie de huelga intrascendente y sutil. Como Míster Panzón —agregue aquí el nombre de su propio jefe—, se había ido para un consejo de dirección; entiéndase por consejo: carne de puerco asado, pollo, arroz congrí, bebidas varias y por dirección: todos los jefazos; nosotras no trabajaríamos más.

Así pues, nos dedicamos a hablar sobre la novela, el transporte y mi vida. Entonces Betty, quien es casi una “Esposa de Stepford” —jefa del departamento de ventas, además—, me dijo que mi casa tenía peste a humedad porque yo no la habría nunca. Seguidos de muchos consejos que te podías encontrar en la sección de consejos de casa de cualquier revista.

Igualdad de géneros: paréntesis por favor, porque aquí está la chica del 2025 tratando de recordar lo que pensaba una chica del 2016 en Cuba donde el atraso no es sólo tecnológico. Tratando de no pisotear y remendar los conceptos que manejaba en aquella época. Lo intentamos de nuevo:

Muchas mujeres hemos hecho de la igualdad de género un aumento de la desigualdad con autorización y consentimiento. Lo peor de todo es que es un secreto gritado a voces. Sólo que nos lo gritamos entre nosotras mismas y no hacemos nada. Antes éramos amas de casa y al convertirnos en trabajadoras nos creamos una doble jornada. No crean que estoy en contra de que la mujer trabaje, para nada, el problema es que obtuvimos otras ocupaciones sin librarnos de las primeras.

Claro, siempre quedan mujeres como mi vecina que ocupa su papel ancestral de ama de casa. Y me dice:

—En la casa siempre hay algo que hacer.

Pero bien que tiene tiempo para sus culebrones mexicanos infinitos, esos que cuando crees que ya se van a terminar, vas apenas por la mitad. Claro que eso no viene al caso y hay un poco de envidia de mi parte. El punto es que como siempre hay algo que hacer en una casa, yo siempre tengo algo sin hacer. Explicado. Creo que se ha entendido.

En fin, llegué a casa sintiéndome peor que una mierda pisoteada. Dándole vueltas al asunto. Me propuse ser más Betty y menos Sandra, ser una mujer de verdad, que era para mí en ese momento lo mismo.

Betty era ese tipo de mujer que no importaba cuando la sorprendieras siempre encontrabas la cocina fregada y limpia. Que no se dejaba seducir por las comodidades de una lavadora, que insistía en restregar a puño los cuellos de las camisas de mecánico de su esposo. Siempre sabía qué producto usar para quitar una mancha. Y tenía una receta secreta para cocinarlo todo. Y en el trabajo un poco más de lo mismo.

Me puse manos a la obra, llené la primera lavadora ya que habían anunciado un temporal de lluvia por tres días, piqué las especies para el pollo y lo puse a cocinar, mientras enjuagaba la ropa y la colocaba en la secadora para tenderla dentro de casa por si se adelantaba la lluvia. Ensimismada pensando lo buena ama de casa que sería de ese momento en adelante me sorprendió el olor a pollo quemado y me sacó de la batea.

Corrí a abrir las ventanas para que se fuera el humo y con suerte la peste a humedad que dice Betty tengo.

—Sandra —me llamó la coordinadora del CDR. Paréntesis, por favor. Para los afortunados que no sepan lo que son los CDR, les explico brevemente: Comité de Defensa de la Revolución, según sus siglas. Pero en realidad no es más que una organización dinosaurica de obligatorio cumplimiento si no quieres sobre ti los dedos punzantes de la sociedad y por tanto el estado dueño de todo incluido tu vida, tus sueños y tu libertad. Donde se fomenta la chivatería y la hipocresía—. Vamos, ya va a empezar la reunión.

¡A mala hora abrí las ventanas! Tenía que haberme asfixiado dentro o que llamaran a los bomberos por la peste a humo, rezongaba por lo bajito.

Mi barrio es muy pequeño, un total de quince casas, cuando alguien falta a la reunión, la ausencia es un hueco inmenso. Además, quedas anotado en la lista negra de los incumplidores del CDR y lo que es peor quedas anotado en la lista mental de nuestra coordinadora, que como cederista ejemplar, tiene una memoria súper eficiente.

—Lo siento Silvia, no puedo ir, estoy muy aterrillada —le dije.

—La reunión está avisada hace una semana.

—A mí, nadie me dijo nada.

—Yo le entregué la citación a Erick.

—Claro, no se la diste a nadie —volví a rezongar.

—Además, va a ser muy breve —insiste ella. La acompañan algunos representantes de otras casas que va a arrastrando a su paso como almas en pena.

“Va a ser breve.” Es como la mentira célebre de los hombres: “Nada más la puntica.”

—De verdad no puedo, estoy súper enredada.

—Después te hace falta el aval de CDR para el trabajo y si no participas nunca…

Fin de la discusión. Me recogí el pelo, le eché agua al pollo quemado y me fui para la reunión. Había que seleccionar al nuevo personal de la directiva del CDR. Leyeron las estadísticas de la cantidad de mujeres y jóvenes que estaban ocupando cargos en la dirección del Partido Comunista. Hablaron de la necesidad de que esas cifras fueran en aumento. Darle una oportunidad a los jóvenes y a las mujeres.




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