La lista de Sandra

III

—No entiendo eso, profe. Repítalo otra vez —le pidió un alumno a la profesora de Econometría y yo protesté por lo bajito y moví el pie impaciente.

—¿Tú entiendes eso? Porque yo no —me dijo María Carla.

—Tampoco —le aclaré. Y no lo entendía porque desde que el reloj marcó las ocho de la noche ya había guardado la libreta y todo. Esperaba que de un momento a otro dejara el ejercicio para otro día, pero ese instante no acababa de llegar y yo movía el pie impaciente.

—¿Qué te pasa? —preguntó María Carla.

—Estoy muerta de cansancio.

—¿No estás durmiendo bien? —insiste, intentando llegar a fondo.

—No, porque cuando llego tarde del repaso, aquel —Erick— está con la bemba estirada y todo sin hacer (ya expliqué esa parte) y encima tengo que ir hasta donde está él trepármele encima y quitarle el berrinche porque si no, no puedo dormir. Él se encabrona, pelea, echa tres pingas y dos cojones y listo duerme como un bebé. En cambio, yo, que difícilmente me toca tener la razón, no puedo pegar un ojo sabiendo que está enojado.

—Pero si...

—Déjalo —la interrumpí—. Yo tampoco lo entiendo, pero es lo que hay.

Al fin la profesora terminó la explicación y dejó el ejercicio para terminarlo otro día. Rápido, todo el mundo se dispersó, y colocó las sillas en su lugar. Como éramos muchos los que llegamos tarde, fuimos al aula de al lado y buscamos sillas. Ahora por supuesto había que devolverlas, así que tomé mi silla y la levanté por encima de la mesa con una mano porque llevaba la mochila y los libros en la otra. La condenada silla pesaba un mundo, la estructura era de acero grueso con el respaldo y el asiento de madera; el brazo me tembló.

—Te tiembla la mano —se burló Raúl un compañero de otro grupo.

Yo observé estremecerse mi brazo endeble. Bajé la cabeza avergonzada intentando buscar una excusa, cuando no tenía que hacerlo. El imbécil era él, incapaz de ayudarme por cortesía o al menos callarse la bocaza. Yo avergonzada, anoté una cosa más para mi lista: hacer ejercicios. Dicen las monitoras de las rutinas de ejercicios para tonificar que con sólo diez minutos al día basta si se es constante.

Cogí la bicicleta y me fui pedaleando a todo meter para la casa. Con el pedal que doy cada día debería tener mejor culo que el de Jenifer López, pero de eso nada tengo dos nalguitas chiquitas y más bien flácidas que si las intentó mover igual que las modelos en los videos de reguetón se me podrían caer al suelo como hollejos de naranja.

Por suerte, no esperaba para el final de mi día algo diferente a lo que había anunciado, menos mal que no lo esperaba porque no sucedió. Y ya a mis veintisiete años los desengaños deberían dolerme menos, por desgracia no era así.

Llegué a casa sin entender la última parte del repaso, tarde según él. Todo estaba tal cual lo había dejado a las siete de la mañana cuando salí para el trabajo; él molesto y peleando, yo cansada y decepcionada de mí. Levanté el viandero para limpiar debajo sin dejar de mirarme los brazos. No tenía ni asomo de músculo, sólo una masa gorda y fofa. Repetía mi lista mental mientras intentaba poner en tiempo récord todo en orden:

  1. Ser una buena ama de casa.
  2. Ser una buena coordinadora del CDR (ya que me habían elegido).
  3. Hacer ejercicios y ponerme dura, bien dura.




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