La lista de Sandra

IV

Le di un par de golpes a la impresora y continuó imprimiendo el resto del documento.

Yo era la única facturadora de la empresa, aunque en venta había tres comerciales que atendían clientes y preparaban sus órdenes de venta. Tres por cada uno de los clientes que atendían era el número de facturas que debía hacer yo. Teniendo en cuenta que si los productos eran del patio debían ir en una orden de despacho diferente a los que se encontraban dentro del almacén. Y teniendo en cuenta que debía imprimir cinco copias de cada factura con la impresora que les comentaba no llevaba mi día de buen humor.

El comprador del municipio de Cifuentes entró, estaba terminando los pedidos moviéndome como una hormiga loca y contestando sus preguntas sin tomarme un segundo para mirarle a los ojos. Entonces se acercó, me quitó los papeles de las manos y las envolvió en las suyas. Y yo sólo pensaba, y si Erick, que es pintor urbanístico, y tiene por costumbre aparecerse en mi trabajo sin avisar y lo hace muy a menudo, se encuentra este panorama seré la mujer sin cabeza.

Y pudieran pensar, ¿Quién está con un hombre que supone violento? ¿Quién se acuesta con alguien al que teme? ¿Quién vive en vilo de no hacer algo que pueda desencadenar su ira? Pues yo.

Ahí estábamos, él con mis manos en las suyas, yo toda muerta de miedo. Con la parsimonia que le caracterizaba me dice:

—De todas las gracias que Dios te ha dado y no son pocas: la vida, la salud, la belleza, la juventud. De la única que tienes que encargarte es de tus uñas.

¡Mira por dónde!

—Muy bien —le sonreí desganada y le quité mis manos de entre las suyas. Grapé las facturas con la orden de venta y se las entregué.

Lo peor del caso es que pensé que tenía razón. Nada más salió de la oficina apagué el monitor y utilicé el fondo negro de espejo. Estaba despeinada, sin maquillar, la ropa mal combinada, con lo que tenía en casa podía hacer algo mejor. Recordé a mi vecina que se maquillaba cada día aun para estar en la casa. A veces nos encontramos a las seis y media de la mañana, a esa hora ya está vestida y pintada.

También recordé a mi prima que me decía que ella sin estar hecha un pincel no se asoma ni a la puerta, porque sufrimos la fatalidad de que nunca pasa nada, pero el día que decidimos saltarnos el ritual de belleza antes de salir, ese día justamente te encuentras a un ex. Da igual ya sea un ex compañero (a), o peor un ex novio. Y uno hecho un adefesio. Todo el mundo quiere que las personas nos encuentren bien, mejor que antes y más si se trata de un antiguo novio, para que el cabrón se acuerde de la suerte que tuvo y que a uno le sienta mejor estar sin él.

No podía evitar sonreír al imaginarme a mi prima, según su propio cuento. El padre en la agitándola en la puerta. El fumigador —contra el Aedes aegypti, el mosquito del dengue— encendiendo el motor del aparato y ella dándose los últimos toques de rímel. El día que me lo contó decidí guardar esta historia en la gaveta de las que no debo olvidar. En la gaveta que dice: a ver si aprendes algo.

Como mi lista de aspectos a mejorar no era lo suficientemente grande le agregué uno más. Ya sé que él sólo habló de las uñas, pero una cosa llegó a la otra y…

  1. Ser una buena ama de casa.
  2. Ser una buena coordinadora del CDR (ya que me habían elegido).
  3. Hacer ejercicios y ponerme dura, bien dura.
  4. Estar siempre peinada, maquillada, con las uñas y el pelo arreglado.




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