La lista de Sandra

V

Una amiga de María Carla nos consiguió un consumo para una discoteca. Los jueves se reservaban estos consumos —más baratos— para los estudiantes de la escuela de medicina. Así que después de tanta gestión fuimos a la disco. Era de mis primeras veces porque entre el trabajo, la escuela, la construcción de la casa y mis aspiraciones de escritora no había habido ni tiempo ni dinero para más.

Mis sentidos eran como antenitas locas captando todo: fotos por aquí, fotos por allá, lenguas afuera, bembas empinadas, vasos de bebida. Un trencito de conocidos se formó frente a nuestras narices. Bailaban a ritmo de reguetón cubano. Contagiada por la euforia me dejé llevar y me coloqué al final frente a un muchacho, aún hoy no sé ni su nombre y no hace falta. Erick se puso detrás de mí sin dejar espacio apenas. Ahora sé, que se sumó al trencito porque no tuvo tiempo de detenerme. Bailaba en el tren del reguetón cubano cuando me encajó un puñetazo en las costillas.

—Esto es para que sigas bailando —me dijo cariñosamente al oído.

Hice un esfuerzo para no doblarme de dolor. Mantenerme derecha y hacer algunos movimientos como si nada hubiese pasado. Fue toda una proeza. Cuando pude mirarlo a la cara vi que bailaba con un brazo extendido y cantaba la canción. Yo me salí del grupo y caminé derecho hasta el baño donde pude acariciarme las costillas y llorar. Estuve allí unos minutos, lo suficiente para desahogarme y que una lágrima impertinente no me delatara luego. Cuando salí él me esperaba en la puerta. Si tan molesto o celoso estaba, era lógico pensar que quisiera irse del lugar, pero no, nos quedamos hasta el final. Yo me senté en una silla y no bailé más, por supuesto.

Mientras todo el mundo se divertía —incluido él— me puse a pensar. A cada rato alguien venía y me tomaba de las manos intentando arrastrarme a la pista, yo clavaba los zapatos en el suelo y ponía el peso muerto. Alegaba un dolor muy grande de ovarios y seguía bebiendo. Recordaba mis ensayos de bailes delante del espejo, mi discoteca improvisada y unipersonal que me montaba a veces para aliviar mi rutina: las imitaciones a las chicas de los videos musicales moviendo el culo. Recordé también la ocasión en que mi prima se subió a bailar medio borracha encima de una mesa hasta que la seguridad intervino para bajarla. Algunos amigos criticaron su comportamiento, pero ella nunca es vulgar aunque esté haciendo un striptease borracha y con problemas de equilibrio parece un ángel.

Y luego recordé también esa postalita que utilizamos en el trabajo de fondo de pantalla: ni sumisa ni tonta, te quiero libre, linda y loca. Y yo casi me echo a llorar porque entre las dos completábamos esa frase, y yo quería ser la chica del final de la frase, no la del principio.

Tampoco fui más a la discoteca, me encargué de que los consumos para los estudiantes de medicina nunca más llegaran a nuestras manos. Este nuevo punto de mi lista, aunque no era una mejora era necesario. Estaba bien grabado en mi mente y mis costillas:

  1. Ser una buena ama de casa.
  2. Ser una buena coordinadora del CDR (ya que me habían elegido).
  3. Hacer ejercicios y ponerme dura, bien dura.
  4. Estar siempre peinada, maquillada, con las uñas y el pelo arreglado.

No más discotecas, nada de bailar con nadie.




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