Ya sobre las diez de la noche había leído por tercera vez el cuento. Era muy fácil, apenas llegaba a las quinientas palabras.
La habitación
Tardó un poco en darse cuenta de que la habitación se encogía. Comenzó a sentirse como Alicia. Ahora viéndola más de cerca, le pareció que no era tan lujosa, pero continuaba siendo confortable y tenía olor a hogar. La habitación se encogía o ella crecía, no estaba segura y sus intentos por acomodarse la dejaban demasiado exhausta para descubrir el secreto. Pudo empujar hasta hacerla quebrase, más no lo hizo. Se abrazó a sus rodillas y se dobló cuanto pudo. La casa seguía encogiéndose.
Despertó por la humedad del rocío sobre su piel. Buscó a tientas su habitación, pero no había nada. Se abrazó con todas sus fuerzas y comenzó a mecerse como un sillón viejo. Poco a poco sus movimientos se fueron haciendo lentos, la respiración pesada, la mampostería comenzó a ocupar el lugar de la piel.
La profesora del taller literario me había señalado que debía tratar de escribir un cuento largo para el concurso provincial de talleres literarios de las casas de cultura. Ya que por lo general eran los cuentos largos los que resultaban ganadores, pues el jurado tenía más material para analizar las técnicas y herramientas utilizadas por los escritores. En mi caso, en ausencia de un cuento largo, presentaría el minicuento con el que habíamos trabajado.
Intentaba desarrollar más el relato pues debajo de la historia había otra y la encontraba bastante poderosa. Llevaba tres meses obsesionada con el dichoso minicuento. Y sentía un desasosiego tan grande que si era capaz de transmitirlo me daba por satisfecha. Pero me quedaba a medias. La gente sólo veía que la casa se hacía pequeña.
Agregaba una palabra y luego me sobraba una frase. No me era posible aumentarlo y a estas alturas era imposible escribir algo nuevo. Erick quería irse a la cama y lo hubiera hecho sin molestarme de no ser porque le hacía falta allí. Yo no tenía deseos, nada más lejos…Yo estaba a punto de llorar. La frase de aquel Teleplay se había quedado en mi subconsciente como tantas otras y mi estado de ánimo según cual fuera tiraba de ellas como tabla salvadora o como ola asesina. En esta situación la última. La fase en cuestión decía así: “Si un escritor no publica antes de los treinta y cinco es un fracasado”.
Ya yo tenía veintisiete, ustedes dirán, según su teoría adquirida le quedaban ocho años y eso es bastante tiempo. Y lo es para algunos, pero para mí no. Cuando vine a darme cuenta ya tenía veintiséis. Aunque parezca estúpido me di cuenta de que tenía veintisiete una tarde que me encontré con una antigua compañera de secundaria. Dicha compañera había terminado la carrera, trabajaba, y llevaba una niña preciosa de cuatro años, se independizó de su familia y vivía con su marido en la capital. Y yo me quedé la pregunta siguiente: ¿Qué he hecho yo con mis diez años? Pues nada, y no es que me interesaran sus logros es que no me gustaban los míos.
Cuando participaba en el taller literario era sólo una oyente y cuando hacían referencia a un libro, pues era claro que no lo había leído. Anotaba en la parte trasera de la libreta el título y el autor, así consecutivamente hasta que llené dos hojas y ahí me detuve. Pues esa lista como esta otra sólo crecía. ¿Qué clase de escritora no lee? Esa pobreza creativa se debía a mi falta de lectura. Lo que venía a continuación es predecible, un punto más en mi lista.
En todo esto pensaba yo mientras miraba sin mirar mi texto de quinientas palabras y la mano de Erick me manoseaba un seno. Me esquivé hacia un lado y la mano cayó sobre mi muslo. He visto en las pelis que con ese gesto basta para decir: “No quiero, hasta mañana”. Él no había visto las mismas películas que yo, al parecer, pues su mano volvió para apretarme el seno como un estropajo de fregar calderos.
—Estoy cansada —le aclaré.
—Pues yo te veo muy despiertica en esa bobería.
—No es una bobería —repuse despacio y bajito para indicarle que no quería discutir.
—¿Te da de comer? No. Además, nada más hay que ver a los profesores que tienes, uno comprando croquetas de pescado por cantidades industriales y el otro tiene un abrigo de cuando éramos los niños bobos de la unión soviética. ¡Por favor! En esta vida hay que ser realista. Hay que ser carnicero, revendedor de ropa, no escritor. Los licenciados y los escritores se mueren de hambre. Además, chica. ¿Los escritores no singan? Porque llevas dos días sin nada, o… ¿Tú tienes otro por ahí?
A estas alturas la sangre me hervía y las palabras me brotaban hacia adentro, que era mi especialidad. Tiré del enchufe de la computadora para apagarla y me metí en la cama.
—Yo no estoy con nadie, no hables lo que no es, y puede que sea una bobería, pero me gusta —le dije mientras me quité toda la ropa y la dejé caer en el suelo.
Se subió encima de mí y yo me callé la boca. Una cosa era segura, tardaba menos en dejarlo que se acostara conmigo que en explicarle lo absurdo de su pensamiento. Convencerlo de que si no nos acostábamos todos los días no era porque no lo quisiera o no me gustara, ni mucho menos porque estuviera con otro. Aunque ya no lo quería, ni me gustaba, no quería estar sola y me decía a mí misma: “Mejor un malo conocido, que un bueno por conocer”. “La calle está muy mala”.
“La calle está muy mala”. ¿Qué cojones significa eso? ¿Qué hay baches? ¡Por Dios! En ese momento me era imposible darme cuenta de que podía estar sola.