La lista de Sandra

X

El director de la empresa era lo que se dice un hijo de puta en toda regla. Todo el mundo lo llamaba por su apellido: Carrillo. Y creo, no, estoy segura de que debió ser de esos que le metían el pie en la escuela y al crecer y hacerse jefe se le subió el cargo a la cabeza. Entonces decidió vengarse de todos por igual, aunque nunca antes los hubiera conocido. Era un abusón y créanme que no puedo estar muy lejos de la verdad al imaginármelo solo en su despacho pensando a quién le jodía el día. Segundos después, con dos gritos le pedía a Nuria, la secretaria que fuera a buscar a algún pobre infeliz trabajador, por ejemplo: la cocinera.

—Quiero que en el almuerzo se sirvan ocho productos al día —nos contó Zaida la cocinera.

A los tres días al ver que en el almuerzo se servía arroz, carne, frijoles, boniato hervido y mermelada de postre le hizo volver a la dirección. Casi se la comió viva según Zaida. Le dijo de incompetente en adelante. Como la variedad de comida nunca llegó a los ocho productos, le sancionó con tres meses con penalización de salario. Por suerte para Zaida, luego se le ocurrió otra cosa y se olvidó del tema.

Muchas veces las broncas con los trabajadores hombres traspasaban el segundo piso donde quedaba la dirección y se colaba en las demás oficinas, aunque estaban un poco alejadas. Me imagino, y se decía que, más de una vez esos hombres tuvieron que hacer de tripas corazón para no reventarle la cara o entrarse a trompones hasta quitarse las ganas. Con las mujeres siempre lo tuvo más fácil y no por ello se cortaba una pizca a la hora de requerirnos.

Ver aparecer a Nuria la secretaria y escucharla decir:

—Dice Carrillo que subas.

De seguro le aflojaba el esfínter a más de uno. A mí me lo hacía. Aunque yo tuve la suerte de ser convocada pocas veces. Generalmente si tenía algún tema con el departamento lo veía con Betty, mi jefa. Pero en alguna ocasión que precisaba datos de facturas o informes mi jefa me hacía subir con ella. Y en esas ocasiones pude ver la actuación del monstruo en directo: un tanque de guerra con los cañones enfilados a toda velocidad y con municiones ilimitadas.

En una ocasión el jefe de transporte que había —spoiler alert— tenía la orden de limpiar unos locales que quedaban en los límites del almacén. Eran par de oficinas en desuso que la gente del pueblito usaba para follar, cagar, fumar o cualquier cosa ilegal que tuvieran entre manos. A modo de broma y a espaldas del jefe supremo le denominaron: “Operación mierda adentro”. El caso es que el jefe de transporte había cumplido la tarea limpiando los locales, buscado candados y cerrándolo para que nadie más volviera a entrar. Por tanto, la operación estaba dada por terminada y así se lo había hecho saber al jefe. Pero con tan mala suerte que rompieron los candados y entraron. Toda esta información llegó al jefe de transporte y a Carrillo prácticamente a la vez. Y casi al unísono la notificación de la secretaria que subiera. El jefe de transporte en lugar de subir recogió sus cosas y se fue. Se fue del trabajo para no volver más.

Y les cuento todo esto para que sepan que sí le tenía pánico al director estaba bien justificado. Así que cuando Nuria, la secretaria me dijo: “Dice Carillo que subas con todos los papeles”. Yo me cagué de miedo.

Arriba estaba el jefe de almacén. El tema en cuestión era por unas turbinas híper-mega-caras, compradas en divisa y guardadas con celo. La salida de las cuales sólo podía autorizar el mismo, para sus jefes amigos. El jefe de almacén —no me preguntes por qué— le dijo que las turbinas estaban allí. Pero cuando envió al director del municipio de Sagua con una orden de despacho para una turbina y yo le dije que no quedaban, la bomba explotó. El director de Sagua fue a quejarse, el jefe de almacén y yo terminamos en la dirección.

Temblando recogí todos los documentos y los subí conmigo. El submayor del producto y cada transferencia con cada orden de despacho firmada por él mismo.

—Déjalos ahí. No los toques, que voy a revisarlos —me gritó como quién dice: ya no tienes tiempo de enmarañar nada. Yo no tenía que enmarañar nada. Entraron cinco y repartió cinco, pues quedaba cero. Sin mirar los papeles que pidió y que tenía delante continuó diciéndome cosas: de ladrona en adelante. Me prometió tres mil sanciones y que nunca más iba a poder trabajar ni de limpia piso. Todo esto sin dejarme hablar, aunque cuando me ponía nerviosa me quedaba paralizada. Por muy injusta o grave que fuera la acusación me quedaba tiesa de pánico. Si tan sólo hubiera hecho las preguntas como una persona normal hubiera obtenido todas sus respuestas. ¿Qué culpa tenía yo de que el jefe del almacén en su afán de hacerse el de la memoria supersónica se hubiera equivocado y dado una información incorrecta?

El caso es que cuando terminó de gritarme, sin haber mirado aún los documentos, me dijo:

—Vete que ya terminé contigo.

Yo asentí. Él se quedó mirándome esperando a que me parara y me fuera. Y yo le dije con un hilo de voz:

—No puedo irme porque tengo miedo de pararme y caerme.

No era un chiste, no era una exageración. Mis piernas temblaban tanto que sentía que no tenía control sobre ellas. No era capaz de controlarlas y por ello temía caerme al ponerme de pie.

No esperaba que él me tuviera pena o que pensara: tal vez me he pasado un poco. Menos mal que no esperaba nada porque él sencillamente me ignoró y pasó a otro tema. Pasado algún tiempo, ya sin la presión de los gritos sobre mí pude pararme e irme como un fantasma que se aburrió de que los vivos no le vieran.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.