La madre de mi cachorro es una... ¿humana?

43 Concubina

42

Kael terminó de abotonarse la chaqueta. La tela negra caía sobre sus hombros como si hubiera sido diseñada para él; autoridad y poder en cada línea. Pero antes de marcharse, se detuvo. Sus ojos se posaron en Lyra.

Ella seguía en la cama, apenas cubierta por una sábana blanca. Su cabello caía desordenado sobre la almohada, sus mejillas conservaban el rubor del encuentro y sus labios tenían la suavidad de quien aún recuerda un beso. Era como si la luz de la mañana la hubiera elegido solo a ella.

Lyra notó su mirada.

—¿Por qué me miras así?

—preguntó, con una mezcla de timidez y curiosidad.

Kael apoyó las manos en los bolsillos, como si necesitara contenerse para no volver a la cama.

—Porque eres hermosa —respondió con la voz baja, cargada de verdad—. Como una diosa pintada para ser adorada.

Lyra bajó la mirada, esbozando una sonrisa.

—¿De verdad tienes que irte?

—Si dependiera de mí, no movería un solo paso lejos de esta cama —confesó, con una mirada que quemaba—. Pero debo asistir a esa reunión. Hay decisiones que no pueden esperar.

—Me gustaría verte —admitió ella—. Ver cómo gobiernas, cómo te escuchan todos esos lobos poderosos.

Los ojos del Alfa cambiaron. Una chispa.

—Te complaceré. —Caminó hacia ella y rozó su mentón con los dedos—. Vístete. Vendrás conmigo.

Lyra abrió los ojos, sorprendida.

—¿Me llevarás… a la reunión?

—A mi despacho. Desde ahí podrás verla toda. Nadie sabrá que estás presente —dijo con firmeza, como si ya estuviera decidido.

El móvil vibró de nuevo sobre la mesa. Kael miró la pantalla y frunció el ceño.

—Raven —murmuró, y esta vez contestó—. Habla.

—No llegaste cuando te llamé —la voz del Beta sonaba tensa.

—Estaba ocupado con mi mate

Respondió Kael, sin reparar en la forma en que Lyra se sonrojó al oírlo.

—Justo de ella debemos hablar. —añadió Raven.

—¿Qué sucede?

—Tengo aquí a los padres adoptivos de Lyra. Se niegan a responder mis preguntas, dicen que sólo hablarán con el Alfa. Algo sucede con ella.

—¿Qué estás insinuando?

—Ellos no son humanos, Kael, son de los nuestros. Ven ahora. Están en mi despacho.

Kael bajó lentamente el teléfono. Su mirada volvió a Lyra.

—Debo irme. Arréglate con calma. Las sirvientas vendrán por ti y te acompañarán a mi despacho. —Hizo una pausa—. Te veré en media hora.

Ella asintió, pero antes de que él cruzara la puerta dijo su nombre:

—Kael.

Él se detuvo. Giró el rostro hacia ella.

—¿Sucede algo malo? Te ves preocupado.

Kael sostuvo su mirada. Intentó una sonrisa, pero sus ojos no la acompañaron.

—Solo un imprevisto —mintió suavemente—. Nada que no pueda resolver.

Abrió la puerta. Dos sirvientas se acercaron de inmediato. No eran del harén común: vestían los colores del ala real, sus movimientos eran respetuosos, contenidos.

—Llévenla a mi despacho en media hora —ordenó Kael—. Que no le falte nada. Y que nadie la moleste.

Las sirvientas inclinaron la cabeza.

—Sí, su majestad.

Lyra se alistó y salió escoltada por las dos sirvientas del ala real, se dirigían al despacho del Alfa.

***

El patio del harén quedó atrás.

El eco de los azotes aún parecía flotar en el aire cuando la reina ordenó que llevaran a Libeyka a sus propios aposentos. No al harén. No a una celda. A las cámaras privadas de la reina madre, donde solo entraban quienes eran miembros de la familia real o políticos muy importantes.

Libeyka caminaba con dificultad, sostenida por dos sirvientas. Su espalda ardía, cada paso era un recordatorio de la humillación pública. Aun así, mantenía la cabeza en alto. No lloraría frente a nadie más.

La reina avanzaba a su lado, recta, silenciosa.

El pasillo que tomaron era distinto: mármol claro, tapices antiguos, lámparas de plata lunar. El ala de la familia real.

Libeyka rompió el silencio, la voz ronca pero cargada de resentimiento.

—¿Y ahora qué va a pasar conmigo? —preguntó—. El Alfa quiere echarme. No quiero volver a la Manada Azul.

La reina no se detuvo.

—Kael no te va a expulsar —respondió con frialdad—. Si hubiera querido hacerlo, ya no estarías aquí.

Hubo una pausa donde no hubo palabras, después Libeyka agregó:

—¿Dejarás que ese cachorro nazca?

La reina giró levemente el rostro, lo justo para mirarla.

—Kael no le va a quitar los ojos de encima a la Vientre de Luna —dijo—. No intentes nada en contra de la humana, si lo haces, Kael mandará cortar tu cabeza.




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