La madre de mi cachorro es una... ¿humana?

44 Torbellino de verdades

Raven estaba de pie junto a la mesa central en su despacho.

Frente a él, un hombre y una mujer eran los padres adoptivos de Lyra.

Vestían de forma sobria, sin joyas ni ostentación. aguardaban en absoluto silencio, era un silencio sepulcral. Se rehusaron a revelar el secreto de Lyra.

La puerta del despacho se abrió.

Kael entró con paso firme, acompañado por dos guardias reales. Su presencia llenó la sala como una marea silenciosa. No necesitó alzar la voz ni anunciarse. El Alfa no se anunciaba: se sentía.

Sus ojos se posaron de inmediato en la pareja.

En el mismo instante, el hombre y la mujer dieron un paso atrás y se inclinaron profundamente, con el gesto exacto que solo los lobos de alto rango utilizaban frente a su soberano.

No fue una reverencia temerosa.

Fue una reverencia leal. Puño al pecho. Cabeza baja. Espalda recta.

Como betas ante su Alfa.

Kael se detuvo.

El lobo dentro de él se irguió, alerta.

—Pueden incorporarse —ordenó con voz grave.

Ellos obedecieron de inmediato.

Raven observó la escena en silencio, con el ceño fruncido.

—Así que —dijo Kael, avanzando un paso más— los padres adoptivos de Lyra Ellis no son humanos.

El hombre, Aldric habló primero, con voz firme y respetuosa.

—Nunca lo fuimos, su majestad.

La mujer, Selene alzó la mirada apenas lo suficiente para sostener la de Kael, sin desafío, pero sin sumisión excesiva.

—Nos ocultamos —añadió— porque así nos fue ordenado.

—¿Quién les ordenó?

Hubo un breve silencio. Luego, ambos respondieron al unísono, como si aquel nombre aún tuviera poder:

—Elara, la Luna de la manada azul… ella dejó en nuestras manos su tesoro más preciado, su hija, la princesa Aelun, Lyra.

El aire se tensó.

Raven inspiró con fuerza. Kael no reaccionó de inmediato, pero algo cambió en su expresión. Una sombra antigua cruzó sus ojos.

—¿Eran betas?

El hombre asintió.

—Fuimos betas de la Luna de la manada azul. Juramos proteger lo que ella amaba por encima de nuestras propias vidas.

La mujer apretó las manos frente a sí.

—Lyra es —dudó un instante— la princesa de la Manada Azul. La hemos ocultado todos estos años del rey oscuro, él la está buscando, por años ha rastreado a cada miembro de la familia real y los ha destruido. Sólo queda Lyra… le perdonará la vida, la quiere para convertirla en su esposa.

El beta agregó:

—La Luna Elara creó un hechizo para que el lobo de la princesa jamás despierte y así el rey oscuro no la encuentre. Pero el beta Raven nos ha dicho que Lyra está esperando un cachorro de su majestad… eso jamás debió suceder. Lyra está en peligro.

Kael dio un paso más, lento, medido.

—Hablen —ordenó—. Quiero saber todo.

Sus ojos brillaron.

El hombre inclinó la cabeza una vez más.

—Ha llegado el momento que juramos retrasar el mayor tiempo posible. La sangre del cachorro va a despertar el lobo de Lyra, y cuando eso suceda, el rey oscuro descubrirá que está viva y va a reclamarla, la quiere como su esposa en lugar de su mate.

—¿Mate?

—La Luna era la mate de Ian, el hermano bastardo del Alfa. Ian era un buen guerrero, su padre lo nombró general del ejército del territorio. Ian se hizo poderoso. Aún así, no cambió su carácter, era dulce, carismático, todos lo amaban… pero él no era hijo legítimo. Cuando él Alfa murió, Vaelor, su heredero legítimo subió al trono y reclamó a la hija de los hechiceros reales como su Luna, Elara, la mate de Ian, su propio hermano… y su rival.

Desde entonces, el carácter de Ian cambió, aunque al principio sólo tenía despecho, pero la oscuridad invadió su corazón, el resentimiento se adueñó de él. Ian controlaba al ejército, nadie imaginó lo que iba a hacer, nadie pensó que ese general usaría a su propio ejército para destruir el sistema de la manada. Intenté persuadirlo, pero fue inútil, Ian no me escuchó.

Flashback

Era un campo de batalla, había cadáveres de lobos de la misma manada que se habían matado entre sí, unos estaban con el general Ian, otros con él Alfa Vaelor.

—¿Ian, qué estás haciendo? —le dije.

Ian tenía puesta la armadura de plata, sus ojos brillaban como estrellas de fuego, poseído por el rencor y la furia.

—Lárgate Aldric, no busques problemas.

—Estás destruyendo nuestra manada, la manada de tu padre. —ñ

Ian clavó la espada sobre el cadáver de un lobo del ejército real y le habló con la voz ronca:

—¿Mi padre? Yo no tengo padre, siempre prefirió a su familia, a mí me desechó.

—No te desechó, te dio poder sobre el ejército territorial.




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