La madre de mi cachorro es una... ¿humana?

46 El lugar que te corresponde

El amanecer apenas comenzaba a atravesar los ventanales cuando llamaron a la puerta.

Lyra estaba sentada en el borde de la cama, aún con el cuerpo cansado y el corazón pesado por la discusión del día anterior. No había dormido bien. El vínculo seguía tenso, como una cuerda estirada a punto de romperse. Notó que Kael ya no estaba a su lado.

La puerta se abrió.

Entraron dos sirvientas acompañadas por la administradora del harén.

La mujer no hizo reverencia profunda. Solo una inclinación correcta, distante.

—Señora —anunció—, traigo órdenes directas del Alfa.

—¿Qué órdenes? —dijo enderezándose.

La mujer respiró hondo.

—Por disposición del consejo y aprobación del Alfa, usted será trasladada al harén.

Las palabras tardaron en cobrar sentido.

—¿Al… harén? —repitió, como si fuera una lengua extranjera.

—Se le han asignado aposentos privados, con vigilancia —añadió la administradora rápidamente—. No se trata de un castigo, pero no debe permanecer en el ala de la realeza, usted solo es la Vientre de Luna. Este lugar está reservado para la familia del Alfa.

Lyra se levantó de golpe, aún no sabía cuál era el significado de sus últimas palabras.

—¿Por qué no me lo dijo él?

El silencio fue la respuesta.

Lyra comenzó a sentir una sensación desagradable, sintió que algo se le desprendía por dentro. No gritó. No lloró. Solo negó lentamente con la cabeza.

—¿El Alfa me envió al harén dónde manda a todas sus mujeres?

Si, es allá donde usted debió estar desde el primer día. El Alfa quiso proteger al cachorro, pero el consejo asignó a estás dos sirvientas, ellas cuidarán de usted.

—¿Eso soy ahora? —murmuró—. ¿Una más?

—Señora…

—Dígale al Alfa —interrumpió Lyra, con la voz quebrada pero firme— que no hacía falta esto. Que ya había entendido el mensaje.

Se llevó una mano al vientre, instintivamente.

—Empaquen lo necesario —ordenó la administradora a las sirvientas—. El traslado es inmediato.

Lyra no se resistió.

Pero mientras caminaba por los pasillos, escoltada, con los muros del ala real quedando atrás, sintió algo que jamás había sentido antes: era una horrible sensación de abandono, rabia y desengaño.

***

Libeyka estaba recostada entre cojines, mientras una sirvienta le cepillaba el cabello con delicadeza. Aún le dolía la espalda por los azotes, pero el orgullo empezaba a sanar más rápido que la piel.

Una concubina entró sin ocultar la sonrisa.

—Señora, le tengo una noticia acerca de la Vientre de Luna.

Libeyka alzó una ceja.

—Habla

—La Vientre de Luna será trasladada al harén, por órdenes del Alfa.

El cepillo se detuvo.

Libeyka sonrió despacio. No fue una sonrisa abierta. Fue una de esas que nacen de la certeza.

—¿A dónde exactamente?

—A los aposentos del ala este.

Libeyka cerró los ojos un segundo, saboreando la información como vino caro.

—Lo sabía —susurró—. Ninguna humana se queda en el ala real por mucho tiempo.

Se incorporó con cuidado y caminó hasta el espejo. Observó su reflejo: su cabello plateado, sus ojos seguros, su porte de loba nacida para ese lugar.

—El Alfa puede fingir lo que quiera, es como un cachorro caprichoso, pero al final siempre vuelve al orden natural.

La sirvienta dudó.

—¿Y si… si ella sigue siendo importante para él?

Libeyka giró lentamente.

—Importante no significa intocable —respondió con frialdad—. Ahora está donde debe estar.

Se acercó a la ventana desde donde se veía parte del harén.

—Allí las mujeres se desgastan —continuó—. Se vuelven sombras. Dudan hasta enloquecer… haré que pierda la razón, está vez seré más astuta.

Sus labios se curvaron.

—Y yo me encargaré de que no olvide ni un solo día cuál es su lugar.

Se volvió hacia la sirvienta.

—Prepárame —ordenó—. Quiero darle la bienvenida.

Planeó una bienvenida que no tendría flores. Solo veneno envuelto en sonrisas.

***

El harén no era silencio, era un murmullo contenido, miradas que pesaban más que palabras.

Lyra avanzó escoltada por una sirvienta hasta el ala este. Cada paso era una confirmación de lo que no quería aceptar: ya no estaba en los aposentos reales.

Cruzó el umbral del aposento que le había sido asignado sin decir una palabra. Las puertas se cerraron a su espalda con un sonido sordo, definitivo. No era un calabozo, ni era un lugar indigno, era un aposento de lujo, aunque no tan majestuoso como en el ala real. Pero Lyra lo sintió frío y vacío, lejos del Alfa, apartada de él y aún no sabía por qué.




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