La madre de mi cachorro es una... ¿humana?

47 Celos

La enfermería del harén olía a hierbas amargas y ungüentos antiguos. El silencio era denso, interrumpido apenas por el crepitar suave de un brasero.

Lyra se detuvo en el umbral.

Celeste estaba recostada en una camilla, pálida, con el cabello desordenado sobre la almohada. Su vientre estaba cubierto por una manta clara. Ya no tenía nada de majestuosa. No había vestidos finos, ni joyas, ni la arrogancia que la había acompañado. Ahora solo era una mujer cansada.

Celeste levantó la mirada y, al verla, sus ojos se llenaron de lágrimas de inmediato.

—Viniste… —susurró, como si no lo esperara.

Lyra avanzó despacio, sin prisa, sin emoción visible. Se detuvo a un par de pasos de la camilla.

—Tenía que hacerlo.

Hubo un silencio incómodo. Lyra cruzó los brazos, como protegiéndose.

—Quiero entenderlo —continuó—. No justificarlo. Entenderlo. ¿Por qué, Celeste? ¿En qué momento decidiste destruirme?

Las lágrimas comenzaron a rodar por el rostro de su hermana.

—Yo… —sollozó—. Siempre fuiste tú. Siempre. La hija perfecta. La que ellos miraban con orgullo. Yo solo… estaba ahí.

—Eso no es una respuesta —dijo Lyra con firmeza—. Yo te quise. Te defendí. Incluso cuando descubrí que dormías con mi esposo se seguía viendo como mi hermana.

Celeste cerró los ojos, avergonzada.

—Lo sé.

—Su voz se quebró—. Te odié por no odiarme. Te odié porque, aun cuando yo te traicionaba, tú seguías siendo mejor persona que yo.

Lyra sintió un nudo en la garganta, pero no dio un paso atrás.

—¿Y por eso quisiste robarme el hijo? —preguntó, con un hilo de voz—. ¿Por eso quisiste ocupar mi lugar?

Celeste asintió lentamente.

—No quería tu vida… quería dejar de sentirme vacía. —Abrió los ojos, desesperada—. Y lo hice todo mal. Todo. Sé que no merezco perdón.

Lyra respiró hondo. Su mirada se suavizó apenas, pero no se volvió cálida.

—No lo mereces —admitió—. Y tampoco puedo fingir que no intentaste matarme.

Celeste comenzó a llorar con más fuerza.

—Me van a encerrar, ¿verdad?

Lyra no respondió de inmediato.

—He hecho cosas horribles —continuó Celeste—. Pero por favor, Lyra. No una prisión. No una celda como a un animal.

—Se llevó una mano al vientre—. Libeyka me hizo perder al bebé, si algo me pasa nuestros padres no lo soportarán.

Ese fue el golpe.

Lyra apretó los labios, desviando la mirada.

—Voy a interceder, pero no lo haré por ti —dijo finalmente—. Que te quede claro, lo haré por ellos. Porque no merecen enterrar a una hija viva.

Celeste la miró con esperanza temblorosa.

—¿Entonces… hablarás con el Alfa?

—Hablaré —respondió Lyra—. No prometo nada. Tu crimen fue muy grave. Puede que no logre cambiar su decisión, aunque lo haga, están los jueces, intentaste robar al hijo del Alfa. Espero que se suavice un poco el juicio en tu contra.

—Eso es más de lo que merezco —susurró Celeste.

Lyra dio un paso atrás.

—No vuelvas a buscarme —dijo con serenidad dolorosa—. De ahora en adelante no seremos hermanas. Tal vez nunca lo fuimos como yo creía.

Celeste rompió en llanto.

—Lyra…

—Cuídate —interrumpió—. Por nuestros padres

Y sin mirar atrás, Lyra salió de la enfermería.

El pasillo se extendía largo frente a ella, frío y silencioso. No se sentía aliviada. Pero por primera vez, sentía que una herida había dejado de sangrar.

El harén se sentía vacío y silencioso. Olía distinto: a flores marchitas, a perfumes mezclados de las concubinas. Las voces se oían lejos, en los aposentos.

Lyra sentía todo ajeno a ella.

Se sentó en una banca del patio interior, se quedó pensando en su vida, en su hermana, en la decisión que había tomado el Alfa de enviarla con las demás concubinas. Quería una respuesta clara.

De repente escuchó una voz suave.

—No deberías estar sola.

Lyra alzó la vista.

Era una joven concubina, de cabello oscuro y ojos cálidos. No vestía sedas costosas, solo una túnica sencilla.

—Soy Naisha.

—Soy Lyra.

Naisha se sentó a su lado, dejando distancia.

—No todas aquí somos como ella —susurró—. Algunas solo… sobrevivimos.

Lyra soltó una risa breve.

—Te refieres a Libeyka.

Naisha la observó con curiosidad.

—Dicen que vienes del ala real.

Lyra dudó. Luego asintió.

—Sí.




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