El harén estaba envuelto en una quietud extraña cuando Kael cruzó el umbral.
Las risas se apagaron. Las conversaciones murieron a medias. Las concubinas y sirvientas sintieron el cambio en el aire antes de verlo: el Alfa no caminaba, avanzaba como una tormenta contenida.
Libeyka fue la primera en reaccionar.
Estaba de pie junto a una columna de mármol, vestida con telas claras y joyas lunares. Cuando lo vio entrar, su corazón se aceleró. Había venido por ella, pensó. Por supuesto que sí. La noche de luna llena se acercaba.
Él siempre volvía.
Sonrió.
Se adelantó con paso elegante, alzando el mentón, reclamando el espacio que durante años había sido suyo.
—Kael —murmuró, suave, insinuante—. No esperaba verte aquí a esta hora.
Extendió la mano, como tantas veces antes, segura de que él se detendría. Pero no lo hizo.
Kael pasó a su lado sin mirarla.
No hubo ni una palabra, ni un gesto.
Libeyka frunció el ceño, sorprendida, y dio un paso más, interceptando apenas su camino.
—¿Sucede algo? —preguntó, forzando una sonrisa—. Pensé que…
Entonces Kael se detuvo.
Giró apenas el rostro, lo justo para mirarla por primera vez. Sus ojos no tenían deseo. No tenían afecto, solo hielo.
—Ve a tu aposento, Libeyka —ordenó con voz baja y cortante.
El rostro de Libeyka palideció.
—Kael…
—No me hagas repetirlo.
La presión de su aura la obligó a retroceder un paso. Las miradas alrededor ardían de curiosidad contenida. El harén entero había sido testigo.
Libeyka apretó los labios, humillada, pero no se atrevió a insistir.
—Como ordenes… su majestad —dijo al fin, con una inclinación rígida.
Kael ya no la escuchaba.
Se giró y continuó su camino, sin volver la vista atrás, avanzando por el pasillo que conducía a los aposentos asignados a Lyra.
Cada paso lo acercaba más al dolor que sentía latir en su pecho.
“Voy por ti, Lyra”
Se dijo en sus adentros con una urgencia que no intentó ocultar ni de sí mismo.
El vínculo tiraba de él con fuerza salvaje. Y esta vez, no iba a ignorarlo.
Lyra estaba sentada en el borde de la cama, con las manos apretadas sobre la tela de su vestido, cuando de repente algo cambió.
Una presión lenta en el pecho, como si alguien hubiera acercado una llama invisible a su corazón.
Inspiró con dificultad.
—No… —susurró, llevándose una mano al esternón.
El aire del aposento se volvió más denso. Más cálido. Su piel se erizó sin razón aparente. El nudo que llevaba horas formándose en su garganta comenzó a aflojarse, pero no para aliviarla… sino para doler más.
No sabía cómo, pero lo sintió venir.
El pulso le golpeó en los oídos. Una oleada de emociones que no eran sólo suyas la atravesó: urgencia, culpa, un deseo feroz, algo más profundo y primitivo.
Él.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. El dolor que había estado oprimiéndola se transformó en un temblor extraño, contradictorio: alivio mezclado con rabia, anhelo mezclado con miedo. Aunque ella no sabía que era el vínculo.
Era como si su corazón reconociera una presencia incluso cuando ella intentaba rechazarla.
Se puso de pie de golpe, caminó hasta la ventana y apoyó las manos contra el marco frío, buscando anclarse a algo real.
Él estaba cerca.
Su esencia llenó el espacio como una marea invisible. El mismo calor que había sentido en los jardines. La misma sensación de seguridad peligrosa, de hogar que no conocía
Las lágrimas le ardieron en los ojos.
—No vengas… —murmuró, con la voz rota—. No ahora.
Pero incluso mientras lo decía, su cuerpo se giró levemente hacia la puerta, traicionándola.
Su corazón latía como si lo estuviera esperando. El vínculo se tensó. Y Lyra entendió, con una mezcla de terror y verdad, que no importaba cuánto se negara: una parte de ella sabía exactamente dónde estaba Kael. Y otra parte lo estaba llamando.
De repente, Kael entró sin pedir permiso.
La puerta se cerró tras él con un golpe seco que resonó en el aposento. Lyra estaba de pie, junto a la ventana, pero al sentir su presencia giró de inmediato. Su rostro estaba encendido, los ojos brillantes, el pecho subiendo y bajando con respiraciones cortas y desordenadas. No era miedo lo que emanaba de ella. Era furia. Celos. Dolor contenido.
El vínculo vibraba como una herida abierta.
—Lyra —dijo Kael, dando un paso al frente—. Tenemos que hablar.
—¡Lárgate! —espetó ella sin vacilar, la voz quebrada por la rabia—. No tienes que venir aquí.
—No me iré hasta que me escuches. Quiero explicarte.
Lyra soltó una risa amarga, hiriente.
—¿Escucharte decir qué? —preguntó, cruzándose de brazos, como si necesitara protegerse—. ¿Que todo esto es normal? ¿Que tengo que aceptar ser una más de tu colección?
Kael se tensó.
—No.
—¿Entonces qué? —avanzó un paso hacia él, desafiante—. ¿Te querías acostar conmigo? ¿Eso era todo? ¿Probar con una humana antes de volver con tus concubinas? —sus labios temblaron, pero no retrocedió—. Pues felicidades. Lo conseguiste. PERO NUNCA MÁS.
El lobo dentro de Kael rugió, ofendido, herido.
—¡NO! —respondió con fuerza, la voz grave resonando en la habitación—. No es así, no seas injusta.
Lyra negó con la cabeza, incrédula.
—Eso es lo que hacen los hombres como tú —dijo, con una mezcla de decepción y desprecio—. Prometen, miran como si una fuera única… y luego regresan a lo que siempre han tenido.
Kael dio un paso más, pero se detuvo al ver cómo ella retrocedía instintivamente.
—MIRAME —exigió, conteniendo su impulso de tocarla—. Jamás te vi como un capricho. Jamás te tomé como una más.
—Entonces ¿por qué estoy aquí? —preguntó ella, señalando el harén.
El silencio cayó pesado entre ambos.
Kael apretó los puños.
—Porque si te quedabas a mi lado… te habrían destruido.
Lyra parpadeó, confundida.
—¿De qué estás hablando?
—De cosas que aún no puedo decirte —respondió, con la voz más baja—. Pero nada de esto fue para apartarte de mí. Fue para protegerte.
Lyra lo miró largo rato, el pecho ardiéndole.
—Entonces me iré. Si en tu palacio no estoy segura, me iré. —Kael endureció su expresión y habló con firmeza.
—Eres mi mujer, mi compañera y te quedas aquí. No dejaré que te vayas.
—No soy tu mujer, no volverás a tocarme.
Kael sintió el golpe directo en el vínculo. Un dolor profundo, animal.
Kael cerró los ojos un instante, como si esas palabras le hubieran atravesado el pecho.
—Significas demasiado para mí, debes confiar, sólo un poco.
—¡Mentiroso! —giró hacia él, los ojos encendidos—. Me dejaste aquí. En el harén. Rodeada de mujeres que se creen dueñas de ti. Y encima tengo que escuchar cómo tu concubina principal presume que vas a llevarla del brazo en la luna llena.
Kael apretó los puños.
—Libeyka no irá conmigo a ningún lado.
—¡Pero existe! —le gritó Lyra—. Existe en tu cama, en tu pasado, en este maldito palacio. Y yo… —su voz tembló— yo no nací para competir por un hombre. Eso nunca.
El vínculo estalló entre ellos, vibrando como una cuerda a punto de romperse.
Kael dio otro paso, demasiado cerca ahora. El aire entre ambos ardía.
—No te traje aquí para humillarte —dijo con voz baja, peligrosa—. Te alejé porque era la única forma de protegerte.
—¿Protegermе de qué? —susurró ella, con lágrimas contenidas—. ¿De sentir?
El silencio cayó pesado.
Kael cerró los ojos un segundo, derrotado.
—De ellos —admitió—. De los ojos que te observan. De Libeyka. Del consejo. De cosas que aún no puedo explicarte sin ponerte en peligro.
Lyra negó lentamente.
—Porque si te dijera todo… —abrió los ojos, mirándola con intensidad— no te dejaría opción.
—¿Opción de qué?
Kael respiró hondo.
—De quedarte conmigo.
El lobo dentro de él aullaba, suplicando que el de ella despertara.
Lyra lo sintió, lo vio en sus ojos. Se llevó una mano al pecho, confundida por el torbellino que de repente comenzó a sentir y respiró con dificultad.
—¡Me duele! ¡Me duele como si…
Lyra dio un paso atrás. No fue consciente de hacerlo. Fue su cuerpo reaccionando antes que su mente. Un calor extraño le recorrió el pecho, bajó por su columna y se extendió por sus brazos como una llamarada viva.
—No… —susurró, llevándose una mano al corazón—. ¿Qué… qué me pasa?
La furia seguía allí, pero ya no era solo emoción humana. Era algo más primitivo. Más antiguo. Los celos no eran solo tristeza: eran posesión, un reclamo visceral que no sabía nombrar.
Kael se quedó inmóvil.
El vínculo rugió.
Los ojos de Lyra cambiaron primero.
Por un instante fueron los mismos… y al siguiente, una luz blanca, intensa, casi plateada, se filtró desde el fondo de sus pupilas. No era reflejo. No era llanto. Era presencia.
El lobo.
Kael sintió que el aire se le iba de los pulmones.
—¡Lyra! —dijo en voz baja, incrédula—. ¡Aún no!
Ella parpadeó, desorientada.
—¿Qué estás diciendo?
Miró sus brazos.
La piel comenzó a estremecerse, como si algo bajo ella luchara por salir. Sus dedos se crisparon. Un dolor punzante le atravesó los huesos, no como una herida, sino como una memoria despertando.
Kael seguía inmóvil, preocupado, no sabía cómo detenerlo. Se suponía que el hechizo mantendría dormido a su lobo por más tiempo.
Pero de repente, la esquirla en su pecho brilló.
No como antes. No de forma pasiva.
La piedra estalló en luz. Auroras, blancas, azules y plateadas,surgieron de la esquirla y comenzaron a recorrer el cuerpo de Lyra, envolviéndola desde el cuello hasta los pies. Giraban alrededor de ella como sellos antiguos activándose a la fuerza.
El choque fue brutal. El hechizo durmió de nuevo al lobol de Lyra.
Lyra abrió la boca para gritar, pero no salió sonido alguno. El aire abandonó su pecho. Sus rodillas cedieron.
—¡Lyra!
Kael reaccionó sin pensar.
La atrapó antes de que cayera al suelo, rodeándola con sus brazos mientras la luz seguía danzando alrededor de ambos. El impacto del poder lo sacudió incluso a él. Su lobo se arrodilló por dentro, reverente.
Lyra colgaba inconsciente, el cuerpo tenso, la respiración irregular.
Los anillos de luz se desvanecieron lentamente y la esquirla quedó opaca, casi apagada, como si hubiera dado todo lo que podía.
Kael apretó a Lyra contra su pecho, el corazón desbocado.
—No… no ahora —murmuró, con la voz rota—. Aún no.
Apoyó la frente contra la de ella, respirando su aroma, distinto, más profundo, más lunar.
—Te escondieron —susurró, comprendiendo por fin la magnitud—. incluso de ti misma.
La alzó con cuidado, como si sostuviera algo sagrado y peligroso a la vez.
Lyra estaba inconsciente, su lobo Volvió al sueño profundo, atado por el hechizo.
Kael la puso sobre la cama, luego salió al pasillo y ordenó que llamara al médico del ala real. Después regresó con Lyra, ella estaba totalmente inconsciente. Él acarició su frente.
Editado: 31.01.2026