AGREGAR ESCENA DEL REY OSCURO VIENDO A LIRA
Lyra abrió los ojos con dificultad.
La luz era tenue, difusa, como si el mundo aún no terminara de encajar en su mente. Sentía el cuerpo pesado, caliente, envuelto en una fiebre espesa que la mantenía a medio camino entre el sueño y la vigilia.
Un sonido suave la ancló, agua cayendo dentro de una vasija.
Un paño frío rozó su frente.
Lyra frunció apenas el ceño, y entonces enfocó. Una mujer de cabello gris plateado, recogido en una trenza larga, estaba inclinada sobre ella. Sus manos eran firmes, cuidadosas. No eran los ojos de una sirvienta común.
Lyra intentó sentarse.
—Tranquila, niña —murmuró la mujer con una voz baja, casi musical—. No te esfuerces.
Lyra intentó hablar.
—K… —su garganta ardía— …Ka…
El sonido apenas fue un susurro.
La hechicera levantó la mirada de inmediato y asintió a una de las sirvientas.
—Despertó —dijo.
Al instante, una de las sirvientas se adelantó, hizo una reverencia profunda y se dirigió hacia el balcón.
—Majestad —anunció con respeto—. Ya despertó.
Lyra giró lentamente la cabeza.
Entonces lo vio. Kael estaba de pie junto al portal que daba al balcón, con las manos apoyadas en la baranda de piedra. Su silueta se recortaba contra la noche.
Se volvió en el acto.
Su expresión no era la del Alfa imponente ni la del gobernante frío. Era la de un hombre que había pasado horas conteniendo el miedo.
Kael cruzó el aposento con pasos medidos, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera romper algo invisible. Se detuvo a un lado de la cama, sin tocarla todavía.
—Lyra —pronunció su nombre con cuidado.
Ella lo miró a los ojos.
La hechicera se apartó y fue a preparar un té de hierbas mágicas para Lyra. Sus ojos seguían atentos, evaluando cada respiración, cada latido.
—¿Qué sucedió?
—Tuviste fiebre, desmayaste.
Lyra cerró los ojos un segundo, recuerdos fragmentados cruzaron su mente: luz, calor, miedo y la sensación de algo queriendo salir de su interior.
—Algo me pasó, algo muy extraño.
Kael puso sus manos hacia atrás.
—Tienes que descansar… por ti y por el cachorro.
Ella lo miró, buscando algo en su rostro.
Kael sostuvo la mirada. Se acercó despacio y se detuvo al borde de la cama. Lyra observó a la hechicera.
—¿Quién es ella?
—Es una hechicera que mi madre mandó a traer de la provincia del hielo, es de confianza.
—¿Por qué una hechicera? Debería ir al médico.
—El médico ya te vio, estás bien, hechicera solo para algunas pócimas para protegerte de hechizos y maldiciones que puedan hacer en tu contra en contra del cachorro.
Se sentó a un lado de la cama y tomó su mano con cuidado, sin fuerza, sin dominio. Solo contacto.
Lyra parpadeó un par de veces… y entonces el recuerdo volvió como un golpe seco.
La discusión. El dolor. La rabia ardiéndole en el pecho.
Sus ojos se clavaron en los de Kael, fijos, inquisitivos, como si buscara una verdad que él no le estaba diciendo.
Luego, sin decir nada, retiró la mano.
Kael sintió el gesto como una herida silenciosa.
—Sigues enojada.
No contestó. Giró su cabeza al lado contrario.
El se levantó y caminó hasta la ventana, dándole la espalda, apoyando una mano contra el marco de piedra. Desde allí podía ver el cielo, pero no sentía alivio alguno.
La hechicera se acercó a la cama con una pequeña taza humeante entre las manos. El aroma era extraño, profundo, con un matiz dulce que Lyra nunca había olido antes.
—Bébelo —indicó con voz suave—. Le hará bien al cachorro.
Lyra frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué es?
Acercó la taza a su rostro. El vapor le rozó la piel y le provocó un leve estremecimiento.
—Hierbas medicinales —respondió la hechicera—. Crecen en los jardines reales. Te protegerán de las malas energías y también al cachorro.
Lyra dudó un segundo. Luego dio un pequeño sorbo.
El sabor era amargo al principio, pero dejaba una sensación tibia y extrañamente reconfortante al bajar por su garganta. Algo en su cuerpo pareció relajarse, como si el fuego interno se apaciguara.
Bebió un poco más. Luego terminó la infusión. La hechicera asintió, satisfecha, y se retiró con las sirvientas, dejando el aposento en un silencio denso.
Lyra apoyó la espalda contra las almohadas. Se sentía cansada.
Editado: 31.01.2026