La noche cayó sobre el palacio con un fulgor sobrenatural. La fiesta de luna llena había comenzado.
No era una luna llena cualquiera.
Aquella coincidía con el solsticio de verano, la noche sagrada de la luna roja, cuando los vínculos se intensificaban y las almas de los lobos ardían con más fuerza.
La música suave y elegante del gran salón se filtraba hasta el balcón del aposento de Lyra, como un eco lejano de una felicidad que no le pertenecía.
Los invitados llegaban por grupos: alfas aliados, betas de linaje antiguo, nobles de la corte y emisarios de manadas vecinas.
Todos lucían trajes fastuosos, capas bordadas en hilo de plata, máscaras adornadas con piedras preciosas y plumas de aves milenarias.
Era una noche hecha para la ostentación, para el poder… y para el apareamiento ritual bajo la luna.
El cielo estaba completamente despejado. La luna brillaba más que nunca, teñida de un tono rosado profundo, casi carmesí. Majestuosa.
Hipnótica. Divina.
Eso percibía Lyra mientras la observaba desde el balcón.
Nunca antes la había visto así.
Nunca antes la había sentido así.
Algo dentro de ella vibraba al compás de esa luz.
Una mezcla de admiración, reverencia y una devoción extraña, primitiva, como si la luna no fuera solo un astro, sino una presencia viva; cómo una madre, una diosa.
Lentamente, llevó una mano a su vientre.
—Eres tú —susurró—. Admiras a tu diosa, y yo lo siento a través de ti. Es hermoso.
Levantó la mirada hacia el firmamento, con los ojos brillantes.
—Pero yo no soy parte de este mundo. Aunque tu diosa me haya unido a tu padre, hoy no puedo estar a su lado como los lobos que pasan esta noche juntos. Sus almas se compenetran más esta luna… pero yo estoy aquí sola —Su voz se quebró—. Mientras él está con su concubina, la favorita del Alfa, la favorecida de la reina.
Un nudo de celos le apretó el pecho.
—Libeyka, es una maldita loba, nunca sentí tanto desprecio por alguien.
El recuerdo regresó con la crudeza de una herida abierta. Había ocurrido poco antes de que comenzara la fiesta. Libeyka irrumpió en su aposento acompañada de varias concubinas, sus cómplices habituales.
Todas vestían ropas elegantes, preparadas para la noche especial.
Libeyka llevaba un majestuoso vestido dorado, ceñido a su cuerpo, con una abertura atrevida en la pierna y un escote calculado para atraer miradas.
Su cabello plateado estaba recogido en un peinado elaborado, salpicado de pequeñas gemas.
En su cuello colgaba un imponente collar: una joya ancestral de la familia real.
Se detuvo frente a Lyra, mirándola de arriba abajo con desdén.
—Mírame, humana —dijo con voz lenta, cruel—. Tú jamás irás a una fiesta de luna rosa con mi Alfa.
Si él te quisiera, te habría llevado a ti y no a mí.
Lyra sintió cómo el calor le subía al rostro. No pudo evitar ruborizarse.
Las otras concubinas la observaban por encima del hombro, con sonrisas burlonas, disfrutando del espectáculo.
Lyra apretó los puños.
No podía soportarla un segundo más.
—Váyase de una vez —dijo con voz tensa—. No haga esperar al Alfa.
Libeyka soltó una carcajada áspera.
—Al fin lo entendiste, humana. No eres nadie.
Se dio la vuelta con un movimiento teatral de su falda dorada, seguida por su séquito.
Ahora, de vuelta en el balcón, Lyra cerró los ojos.
La música seguía sonando. La luna seguía brillando. La fiesta seguía… sin ella.
El dolor en su pecho ardía cada vez más.
Lyra cerró las puertas del balcón con manos temblorosas. El ruido del cristal al encajar resonó demasiado fuerte en el silencio del aposento.
Se apoyó contra la madera, respirando hondo. No quería llorar, quería destruir esa fiesta.
Naisha llegó a acompañarla.
—Puedo quedarme contigo esta noche —ofreció en voz baja.
Lyra negó con la cabeza.
—¿No te invitaron?
—No, sólo las que Libeyka quiso llevar.
Lyra esbozó una sonrisa triste.
—No quiero que me veas. Necesito estar sola.
Naisha dudó unos segundos. Luego asintió.
—Volveré más tarde.
Cuando quedó sola, Lyra caminó hasta el espejo.
Se veía pálida, sus ojos grandes, demasiado brillantes. Tenía el cabello suelto cayéndole por los hombros.
“Soy sólo una humana, una intrusa. Una vergüenza que el Alfa esconde mientras celebra con su gente”.
El vínculo volvió a pulsar. Más fuerte.
Editado: 31.01.2026