La madre de mi cachorro es una... ¿humana?

51 Sin retorno

Se acercaba la medianoche, la hora donde la noche se sumerge en su momento más oscuro, pero también es el momento en que la diosa muestra todo su esplendor e ilumina los valles y caminos, los jardines y las almas y, también es el momento en que los vínculos de los mates se fortalecen aún más.

Todos estaban preparados para el maravilloso momento, el techo sobre el gran salón comenzó a moverse de lugar, dando espacio a la cúpula de cristal a través de la cuál se veía la diosa, la luz de la luna cayó sobre todos, hermosa, radiante y magnética.

Los mates se tomaron de la mano, el momento se acercaba, el tic tac de un reloj lunar dictaba que estaban cerca de la media noche. Cuando sonara la campana indicando la hora, todos los lobos saldrían del salón hacia el jardín, tomarían si forma licántropa y se irían con sus compañeros al bosque, sus vínculos se fortalecieron aquella noche de luna roja. Y los que aún no tenían mate, posiblemente lo conseguirían.

Kael estaba sentado al lado de su madre. Los rodeaban miembros de la familia real y personas importantes.

Kael estaba inquieto, sintiendo el sufrimiento de Lyra, el vínculo ardía más que nunca, se sentía tenso y su posesión lo estaba castigando.

La reina lo notó nervioso, se inclinó hacia él y en voz baja le dijo:

—Hijo, debes calmarte.

—No puedo, Lyra no está bien, ella cree que la he abandonado. —La reina respira hondo.

—Es por su bien, no estás haciendo nada malo, estás preparando al ejército para pelear por ella, cuando llegue el momento ella sabrá la verdad y te perdonará.

—Su lobo se está fortaleciendo.

—Eso es malo, la pone en peligro. Mañana mandaré a buscar a todos los hechiceros de las provincias para que le hagan otros escudos.

—Sí, hay que hacerlo.

—Ve, únete a tus súbditos, ya va a comenzar el ritual lunar.

—Lyra debería estar aquí conmigo. —La reina miró hacia el firmamento.

—Con el poder de la diosa y el vínculo, su lobo despertaría. Esta noche, el rey oscuro debe estar haciendo rituales del bajo mundo, hoy, más que nunca, Lyra debe estar apartada. Mejor ve y únete a tus súbditos —Libeyka se acercó.

—Kael, vamos, sólo faltan

—No cambiaré de forma esta noche, ni iremos al bosque.

—¿Por qué? Es una noche…

—Porque yo lo digo. —Libeyka disimuló el mal momento y fingió una sonrisa.

—Está bien —se apoyó en su brazo —. Pero entonces vamos con los demás mientras llega el momento.

🐺🐺🐺

Ian estaba solo, en un lugar secreto que sólo él sabía dónde estaba. Un templo antiguo tallado en la montaña, donde la roca parecía respirar sombras y el silencio tenía peso. Columnas irregulares sostenían un techo perdido en la oscuridad, cubierto por vetas rojas que brillaban débilmente, como venas abiertas en la piedra.

El aire estaba cargado de aromas espesos: mirra, resinas negras, sangre quemada y flores marchitas.

En el centro del recinto, un mesón de roca volcánica emergía como un altar primitivo. Sobre él yacía una mujer, Elara.

Su piel, antes luminosa, tenía ahora un tono gris perlado, casi translúcido. Su cabello rubio caía en cascada inmóvil sobre la piedra fría. Sus labios, apenas entreabiertos, parecían a punto de pronunciar un nombre que jamás llegaría a oírse.

Estaba muerta. Pero su cuerpo seguía intacto como el día que su alma lo abandonó.

Frente al altar, de pie, estaba Ian, el Rey Oscuro. Su capa negra se extendía sobre el suelo como un derrame de noche. El cabello le caía desordenado sobre el rostro, ocultando unos ojos enrojecidos por algo más profundo que el cansancio: una pena que no encontraba reposo ni siquiera en los siglos.

La luna roja brillaba con su luz sangrienta directamente sobre el cuerpo de Elara.

Era la noche. Otra vez.

Ian alzó una daga ceremonial, forjada con metal antiguo y grabada con símbolos que ningún sabio se atrevía ya a traducir. Su mano no temblaba, pero su respiración sí.

—Una vez más —murmuró, con voz rota—. Solo una vez más, amor mío.

Cortó la palma de su mano sin vacilar.

La sangre cayó sobre la roca caliente, chisporroteando como si la piedra tuviera hambre. El olor metálico se mezcló con el del incienso, volviéndose casi insoportable.

Con la mano ensangrentada, trazó símbolos alrededor del cuerpo de Elara, marcando la piedra, su piel, su propio pecho.

El fuego brotó de las runas. Llamas oscuras, de un rojo antinatural, rodearon el altar sin tocarla, danzando como criaturas vivas. El aire vibró. La montaña crujió.

Ian se inclinó sobre ella, apoyando su frente contra la de su mate muerta.

—Prometiste que no me dejarías —susurró—. Dijiste que ni la muerte se atrevería a separarnos.

Un hilo de magia negra emergió de sus manos, serpenteando hacia el cuerpo de Elara, envolviéndola como una caricia desesperada.

Por un instante, solo un instante, los dedos de Elara parecieron tensarse.




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