La torre este respiraba magia antigua. Esta, estaba reservada para la hechicera real.
Las paredes de roca desnuda estaban marcadas por símbolos tallados hacía siglos, algunos borrados por el tiempo, otros renovados con sangre fresca. El aire era espeso, cargado de incienso oscuro y resinas que ardían sin llama visible.
En el centro de la cámara, la hechicera trabajaba. Era joven. Su cabello negro caía suelto sobre la espalda, y sus manos se movían con precisión ritual, como si cada gesto estuviera grabado en su memoria desde antes de nacer.
Había repetido aquel ritual cientos de veces, cada luna llena, especialmente en la luna roja.
Cada vez, con la misma esperanza, aunque siempre hubo fracaso.
Pero esta vez, fue distinto. El agua reposada en el pozo de piedra respondió al hechizo. La superficie del agua, oscura como la noche sin estrellas, comenzó a vibrar. Se convirtió en un espejo líquido.
La hechicera contuvo el aliento.
—¡No! ¡No es posible! —susurró, acercándose apenas—. Muéstrate.
El agua se arremolinaba y una imagen comenzó a reflejarse, aún no era nítida, primero fue una sombra. Luego una forma, un lobo blanco emergió en el reflejo.
No un lobo cualquiera. Su pelaje parecía hecho de luz lunar, y sus ojos… sus ojos eran antiguos, conscientes, cargados de un poder que no pertenecía al presente.
La hechicera llevó una mano a su pecho.
—Por fin —murmuró, con una mezcla de admiración y reverencia—. El vástago de Elara.
Se volvió de golpe hacia la sirvienta que aguardaba rígida junto a la pared.
—Trae al rey. Rápido.
La sirvienta no preguntó. Salió corriendo, con el corazón golpeándole las costillas.
Ian estaba en la cámara de adoración lunar, esa noche debió celebrar, el palacio debió estar lleno de muchas gentes, adorando a la diosa. Pero Ian se encontraba sólo y de mal humor.
El peso de los años, de las derrotas y de las lunas sin respuesta lo había vuelto más silencioso, más áspero. Se encontraba revisando informes cuando la sirvienta irrumpió, jadeante.
—Mi señor…
Ian alzó la mirada, irritado.
—¿Por qué me interrumpe?
—La hechicera… —tragó saliva—. El pozo reflejó algo. Algo importante.
El gesto duro de Ian se quebró apenas un instante.
—¿Qué clase de “algo”?
—No lo vi. Pidió que lo vea usted mismo.
El silencio se alargó.
Ian se puso de pie con un movimiento lento, controlado. Tomó su capa y la dejó caer sobre sus hombros. El tejido oscuro se deslizó con elegancia mientras avanzaba por los pasillos del palacio, sus pasos resonando con una autoridad que nadie se atrevía a cuestionar.
Mientras subía hacia la torre este, una sola frase cruzó su mente, afilada como una promesa:
Empujó la puerta sin anunciarse.
—¿Qué viste? —exigió.
La hechicera se volvió hacia él con una sonrisa contenida, reverente.
—Su majestad… apareció.
Ian se detuvo.
—¿Quién?
—El vástago de Elara —respondió—. Se parece a ella.
El corazón de Ian se aceleró.
Avanzó despacio, como si temiera que un paso en falso pudiera romper el reflejo. Se acercó al pozo. El agua respondió de inmediato, aclarando la imagen.
El lobo blanco volvió a mostrarse.
La semejanza fue un golpe directo al pecho.
—Elara —susurró, sin darse cuenta—. Se parece… es casi igual.
Durante años había imaginado este momento: encontrarla, reclamarla, usarla como la última pieza de su venganza y también como su último intento de recuperar a su mate.
Había alimentado ese pensamiento con odio, con ambición, con la certeza de que el dolor solo se calmaba devolviéndole multiplicado.
Pero ahora… ahora, frente a aquella imagen, algo distinto ocurrió, no fue rabia, no sintió deseo de posesión. Tampoco sintió sed de sangre. Fue ternura lo que le produjo ese reflejo, una conexión inesperada, casi dolorosa, se apretó en su pecho. Como si algo que había permanecido muerto durante años despertará
Ian dio un paso atrás, desconcertado.
—Esto —murmuró— no es lo que esperaba.
La hechicera lo observó en silencio.
—La sangre recuerda, mi señor —dijo con suavidad—. Incluso cuando el corazón se ha endurecido.
Ian apretó los puños.
No entendía lo que sentía. No sabía qué significaba.
🐺🐺🐺
La terraza de los jardines reales estaba envuelta en un silencio inquietante.
Las luces del palacio quedaban atrás, difusas, lejanas. Frente a ellos, la montaña se alzaba como una masa oscura, impenetrable, cubierta por una bruma espesa que se deslizaba entre los árboles como un presagio. Allí se había internado Lyra. Allí estaba ahora… sola.
Editado: 31.01.2026