La madre de mi cachorro es una... ¿humana?

53 Aullidos

Lyra en su transformación, había corrido del palacio y por instinto huyó a la montaña.

No sabía hacia dónde, solo sabía que no podía detenerse. El bosque se abría ante ella como una sombra viva. Las ramas se apartaban a su paso, la tierra húmeda se hundía bajo sus patas, el aire nocturno le cortaba el pecho con cada respiración agitada. Su cuerpo se movía por instinto, sin pensamiento, sin dirección. Huía del palacio. De la música. De las miradas. De la herida abierta en su pecho.

Corrió hasta que el ardor en sus músculos se volvió insoportable.

Entonces se detuvo.

El claro apareció ante sus ojos como un suspiro de la montaña: un espacio abierto, antiguo, rodeado de piedras cubiertas de musgo y árboles que parecían observarla en silencio. La luna roja se alzaba sobre ella, inmensa, derramando su luz como sangre diluida sobre la tierra.

Lyra dio unos pasos más y cayó.

Su cuerpo blanco se plegó sobre sí mismo, temblando. El pecho le subía y bajaba con violencia, el corazón golpeándole las costillas como si quisiera escapar. No entendía qué era. No entendía quién era.

Imágenes rotas cruzaban su mente sin orden ni piedad. Un rostro femenino de ojos plateados. Un arco tensándose. Gritos. Sangre. Un nombre que dolía aunque no lograba recordarlo completo.

Elara.

El nombre vibró dentro de ella como una campana rota. Un gemido bajo escapó de su garganta. No era un aullido. Era algo más pequeño. Más vulnerable. Más humano y a la vez, no.

Intentó incorporarse, pero el cuerpo no respondió. Sentía la tierra fría bajo su vientre, el olor de las hojas, el murmullo lejano del bosque. Todo era demasiado intenso. Demasiado real.

De repente sintió un latido, no el suyo, otro. Más pequeño y más frágil, pero firme.

Lyra llevó el hocico hacia su propio cuerpo, como si pudiera verlo, como si pudiera entenderlo. Ese latido estaba ahí. Dentro de ella. Aferrándose a la vida con una determinación que la sorprendió.

—No estás solo —pensó, sin palabras.

El temblor disminuyó un poco.

El fuego en su interior seguía ardiendo, pero ya no la consumía del todo. Algo en ese pequeño latido la anclaba. Le daba sentido. La mantenía en este mundo, incluso cuando sentía que todo lo que había sido se desmoronaba.

Le dolía el pecho, no era dolor físico, era un dolor antiguo, como si hubiera perdido algo que nunca supo que tenía. Como si la hubieran arrancado de un lugar al que siempre había pertenecido.

Le faltaba algo.

Lyra alzó lentamente la cabeza. Sus ojos, aún encendidos por la furia y el miedo, se suavizaron apenas al encontrarse con la luna. La luz roja la bañó por completo, y por un instante, sintió una presencia que no juzgaba, que no exigía.

Solo observaba.

Su garganta se cerró.

El aire le tembló en el pecho.

Y entonces, desde lo más profundo de su ser —más allá del miedo, más allá de la confusión, más allá incluso de su voluntad— nació un sonido.

Un llamado.

Un aullido quebrado, cargado de dolor y necesidad.

Un ven.

Un no sé quién soy.

Un no me dejes sola.

El sonido se elevó hacia la luna y se perdió entre los árboles, llevando con él todo lo que Lyra no podía nombrar todavía.

En algún lugar del bosque, muy lejos o muy cerca, algo respondió dentro del mundo. Y dentro de ella.

Lyra alzó la cabeza.

El claro estaba en silencio, pero no era un silencio vacío. Era un silencio expectante, como si la montaña entera contuviera el aliento. La luna roja la cubría con su luz tibia y sagrada, y por primera vez desde que había huido, Lyra no sintió miedo. Sintió necesidad.

No entendía su cuerpo.

No entendía los recuerdos que se abrían como heridas antiguas.

No entendía por qué su corazón dolía tanto.

Pero entendía una cosa.

No quería estar sola. El latido dentro de ella volvió a hacerse presente, firme, constante, como si también supiera lo que venía. Lyra cerró los ojos un instante. No pensó en Kael como el Alfa. No pensó en el palacio, ni en el harén, ni en las heridas recientes.

Pensó en él, en su compañero.

—Te necesito… —no lo dijo con palabras.

Lo sintió.

El aire llenó sus pulmones. Su pecho se expandió. Y entonces, desde lo más profundo de su ser, Lyra aulló por segunda vez.

No fue un aullido fuerte ni desafiante, fue un sonido roto, un llamado cargado de dolor, de confusión, de anhelo.

Un ven.

El sonido se elevó, tembloroso al inicio, y luego más firme, viajando entre los árboles, subiendo por la montaña, buscando algo que su alma reconocía aunque su mente aún no pudiera comprender.

Lyra avanzó unos pasos hacia el borde del claro, como si el llamado la empujara hacia adelante. Sus patas tocaron la piedra fría. El viento nocturno le erizó el pelaje.




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