La madre de mi cachorro es una... ¿humana?

54 Cabaña

La neblina no era completa. Era tibia, profunda; como si alguien la sostuviera desde dentro.

Entonces, una voz.

—Aelun…

Lyra quiso responder, pero no tenía boca, solo consciencia.

La voz volvió a llamarla, más cerca.

—Aelun…

La neblina se abrió lentamente, como un velo que se corre con cuidado. Y entonces la vio.

Un rostro femenino emergió entre la luz plateada. Piel clara, ojos antiguos, llenos de una tristeza serena. Cabello claro que parecía moverse como si el viento no obedeciera a este mundo.

Lyra sintió un nudo en el pecho.

La conocía.

—Aelun… —repitió la mujer, con ternura infinita.

Lyra quiso decir mamá, aunque no sabía por qué esa palabra existía en su garganta.

—No tengas miedo —dijo la voz—. Has caminado un largo camino dormida.

El rostro se acercó un poco más. Había amor allí. Y despedida.

—Te escondí para salvarte —susurró—. Te cubrí con oscuridad para que sobrevivieras a la guerra que yo no pude evitar.

Una lágrima de luz cayó y al tocar a Lyra, ardió.

—Ahora ya no puedo seguir llamándote desde las sombras —continuó la mujer—. Tu lobo ha despertado. Tu sangre recuerda. Y yo… —sonrió con dulzura rota— yo siempre estaré en ti.

Lyra sintió un impulso desesperado.

—No te vayas… —pensó—. No me dejes sola.

La figura comenzó a desvanecerse, como humo bajo la luna.

—Nunca estuviste sola, hija mía —respondió la voz, cada vez más lejana—. La luna te mira. Tu compañero te escucha. Y tú padre, pronto sabrá la verdad.

La imágen de la mujer se desvaneció.

El canto de las aves envolvió el momento. El sonido del agua cayendo. Su corazón sabía que alguien acababa de despedirse de ella para siempre. Era su verdadera madre.

Lyra abrió los ojos.

No fue un sobresalto, ni un regreso abrupto a la conciencia. Fue como emerger desde aguas profundas, lentas, tibias. Primero sintió el sonido. Un murmullo constante, rítmico, agua, cascadas.

No violentas, no furiosas, sino antiguas, pacientes, como si llevaran siglos cayendo del mismo modo.

Luego llegaron los olores: tierra húmeda; madera; hierbas secas; la resina de los árboles.

Miró alrededor, estaba en una habitación de una casa campestre, las paredes eran de madera rústica, se sentía acogedor.

El aire se sentía puro, con aromas de la montaña.

La luz era suave, dorada, filtrada por telas claras que se movían con el viento. El techo de la cabaña era alto, de vigas de madera oscura. Las paredes, de piedra clara, conservaban el fresco de la noche.

Parpadeó una vez. Luego otra.

Su cuerpo… se sentía distinto, ya no era frágil.

Se llevó una mano al pecho. El corazón latía con firmeza, profundo, acompasado.

Bajó la mano lentamente hasta su vientre, sintió al cachorro. No como antes, lo sintió aún más presente, más cálido y seguro, conectado con su madre.

Era como si su pequeño corazón respondiera al suyo, como si ambos supieran, sin palabras, que algo había cambiado para siempre.

—Estamos bien —susurró.

Se incorporó despacio, apoyándose en los codos. Su cuerpo respondió con obediencia, con fuerza serena. Una piel suave cubría sus piernas, y al moverse, sintió el roce familiar de la tela… pero también algo más.

Su piel, ahora era más sensible al tacto, más despierta.

Giró la cabeza.

Por la abertura de la cabaña se veía el exterior: el verde intenso de la montaña, la bruma elevándose lentamente, el brillo del agua descendiendo en cascadas entre las rocas.

Las aves cantaban sin miedo.

No como un ruido de fondo, sino como una bienvenida.

Lyra cerró los ojos un instante, respiró hondo, luego lo sintió.

Kael.

Su presencia no estaba dentro de la cabaña, pero tampoco estaba lejos. Era como una llama constante, firme, vigilante. Cuidando de ella y esperando.

Su pecho se apretó, pero no de angustia. Fue una emoción nueva, extraña, una mezcla de gratitud, reconocimiento y algo más profundo que no sabía nombrar.

Recordó fragmentos.

La luna, el bosque, los caminos que recorrió la primera noche que su lobo emergió.

No recordó dolor inmediato. Recordó toda la verdad de su pasado, un pasado trágico, cargado de recuerdos dolorosos. Pero a la vez todo era confuso, no recordaba del todo, no tenía todas las respuestas. Pero ese sueño con su madre le daba tranquilidad, porque su compañero la escuchaba.

Algo dentro de ella —no una voz, no un pensamiento— le susurró que ya no estaba rota. Que lo que había despertado no era una maldición. Era parte de ella. Y ahora debía descubrirse así misma, ya no era una humana, era una mujer lobo, que apenas comenzaba a construir un destino, pero antes, debía descubrirlo, cuál sería su misión en su mundo.




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