En el último piso de la Academia Seishin, el silencio no era solo ausencia de ruido; era una presencia física, densa y ordenada, como si el propio aire obedeciera a las reglas de la institución. Allí se encontraba la oficina del director Nakamura, un espacio amplio, sobrio y majestuoso, con paredes revestidas de madera oscura, estanterías llenas de libros encuadernados en cuero y un gran escritorio de caoba que ocupaba el centro, imponiendo respeto. Detrás de él, un ventanal inmenso dominaba toda la fachada principal, permitiendo ver el movimiento minúsculo y perfecto de los alumnos en los patios de abajo.
De pie frente al escritorio, en postura recta e impecable, estaban las dos estudiantes más importantes de la academia: Reika Himuro, presidenta del Consejo Estudiantil, y Ayaka Shirogane, su vicepresidenta.
Reika, con sus diecisiete años, mantenía los brazos cruzados tras la espalda, su figura erguida y serena. Su cabello largo, negro y brillante, caía recto y ordenado sobre su espalda, atado con finos lazos rojos que resaltaban aún más su elegancia. Sus ojos, de un rojo intenso y profundo, observaban al director con una calma absoluta, una mirada que podía ser tan cálida como firme, y que ya se había ganado el respeto y la admiración de todos, profesores y alumnos por igual. Llevaba su uniforme impecable, con el distintivo del consejo bordado en hilo dorado y el brazalete rojo de presidenta en su brazo izquierdo, símbolos que llevaba con naturalidad, como si hubiera nacido para mandar. Era inteligente, exigente consigo misma y con los demás, pero siempre movida por el bienestar de la escuela y de quienes la formaban.
A su lado, Ayaka, de dieciséis años, permanecía con una postura relajada pero atenta, una media sonrisa juguetona siempre dibujada en sus labios. Su cabello corto, rubio y luminoso, enmarcaba un rostro de rasgos delicados y vivos, y sus ojos, de un tono ámbar brillante, parecían estar siempre calculando, analizando o buscando la forma de poner a prueba a quien tuviera enfrente. Astuta, carismática y extremadamente competitiva, disfrutaba de los retos y de llevar siempre la delantera. Su uniforme, igual de perfecto que el de su compañera, llevaba el brazalete de vicepresidenta, y aunque a veces parecía que todo le daba igual, su agudeza mental y su capacidad para resolver problemas eran casi tan reconocidas como las de la propia Reika.
El director Nakamura las observó durante unos segundos desde su silla, entrelazando los dedos sobre la superficie pulida de su escritorio. Su expresión era seria, impenetrable, como siempre.
—Gracias por venir tan pronto —empezó él, con esa voz grave y medida que utilizaba para las cuestiones importantes—. Las he llamado porque tenemos una situación que se está saliendo de control, y que afecta directamente al orden, la disciplina y el prestigio de esta academia.
Hizo una pausa, se levantó y caminó lentamente hacia el ventanal, mirando hacia abajo.
—Saben tan bien como yo que aquí todo está diseñado para funcionar con precisión. Cada alumno, cada materia, cada actividad... todo está catalogado, evaluado y predecible. Todo debe encajar en su lugar. Pero desde hace unas semanas, ha aparecido un elemento que no encaja. Una anomalía que está generando ruido, desconfianza y desorden donde debe haber armonía.
Se giró bruscamente hacia ellas, sus ojos grises fijos en las dos chicas.
—Me refiero, por supuesto, al alumno de primer año: Yuuto Kanzaki.
Reika no se movió, pero su mirada roja se afiló un poco más, guardando cada palabra. Ayaka inclinó levemente la cabeza, la sonrisa en sus labios cambiando apenas, volviéndose más curiosa, más interesada.
—Todos saben quién es, o mejor dicho, todos creen saber quién es —continuó Nakamura, caminando de regreso hacia su escritorio—. Desde que llegó transferido, no ha hecho más que ocultarse. Un año completo sin mostrar el rostro, siempre cubierto con capucha, cubrebocas y guantes, incluso en días de calor. No habla. No se comunica verbalmente con nadie. Usa una libreta para escribir lo mínimo indispensable. Nunca ha cometido una falta grave, nunca ha llegado tarde, nunca ha desobedecido una regla... y sin embargo, es el centro de todos los rumores, de todos los miedos y de todas las miradas.
Golpeó suavemente el escritorio con los nudillos, marcando cada palabra con énfasis.
—Corren historias terribles sobre él: que es peligroso, que viene de una escuela de delincuentes, que tiene cicatrices horribles, que esconde algo ilegal o vergonzoso, que es capaz de hacer daño. Y aunque no hay pruebas de nada, la gente lo cree. Y esa creencia está contaminando el ambiente. Está rompiendo la estabilidad que tanto nos ha costado construir.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando las manos sobre la mesa.
—El problema no es solo lo que dicen, señoritas. El problema es qué es lo que esconde exactamente ese alumno. Nadie sabe quién es realmente, qué aspecto tiene, por qué se esconde de esa manera, qué razones tiene para vivir como una sombra. Y mientras ese misterio exista, los rumores crecerán, la desconfianza aumentará y la reputación de la academia estará en riesgo.
Hizo una pausa breve, dejando que sus palabras calaran en ellas.
—Por eso las he convocado. Quiero que el Consejo Estudiantil se encargue de esto. Quiero que investiguen a fondo, de una vez por todas. Quiero que averigüen qué esconde, cuál es la verdad detrás de esa máscara, de ese silencio y de ese aislamiento. Quiero saber si hay algo que debamos temer, o si simplemente es alguien que no pertenece aquí. Y una vez que tengan la verdad... quiero que acaben con los rumores. Que pongan fin a esta situación, sea como sea, y que todo vuelva a estar bajo control.
Reika dio un paso adelante, su voz firme, serena y llena de autoridad.
—Entendido, director. Nos encargaremos personalmente. No dejaremos cabo suelto.
Nakamura asintió, satisfecho.