La Maldicion De Ser Visto

Capítulo 3: El rostro que no debía ser visto

El anuncio por los altavoces apenas había terminado.

Y los rumores ya habían comenzado a multiplicarse, extendiéndose por cada rincón del edificio con una velocidad alarmante.

La Academia Seishin era famosa por su eficiencia académica, su disciplina y su organización impecable. Pero si había algo que viajaba más rápido que cualquier boletín oficial, cualquier aviso o cualquier nota de examen, eran los chismes. Esos comentarios en voz baja, esas historias que crecían y se deformaban al pasar de boca en boca, esas verdades inventadas que todos aceptaban como reales.

—¿Escuchaste eso? —preguntó una alumna, deteniéndose en medio del pasillo con los ojos muy abiertos.

—¿Qué cosa?

—El anuncio... llamaron a Kanzaki.

—¿A Yuuto Kanzaki?

—Sí. Al Consejo Estudiantil.

—Se acabó para él —respondió otra, con tono de quien ya veía el final de la historia—. Seguro que lo van a expulsar. Era cuestión de tiempo.

Los murmullos aparecieron al instante, brotando en cada pasillo, en cada aula, en cada grupo de estudiantes que se cruzaba. Como una ola imposible de detener, la noticia corría y arrastraba consigo todo tipo de suposiciones.

Yuuto caminaba por el corredor principal, con la libreta negra apretada contra el pecho, como si fuera su único escudo.

Cada paso que daba parecía atraer más miradas.

Más ojos clavados en él, recorriéndolo de arriba abajo, juzgando cada movimiento.

Más susurros que llegaban a sus oídos, palabras que se cortaban en cuanto él pasaba cerca.

Más especulaciones, más teorías, más miedos infundados.

—Sabía que tarde o temprano pasaría —comentó un chico, lo suficientemente alto como para que él lo escuchara—. Alguien como él no puede estar aquí sin que pase algo.

—Seguro descubrieron algo de su pasado. Algo grave.

—¿Lo de su antigua escuela? ¿Lo que dicen de las peleas?

—Tal vez. O algo peor.

—Mi hermano mayor dice que lo expulsaron de tres escuelas distintas antes de llegar aquí.

—¿Tres? Yo escuché que fueron cinco.

—¿Cinco? Entonces... entonces todo lo que dicen es verdad.

Ninguno de ellos tenía pruebas.

Ninguno sabía nada con certeza.

Absolutamente nada.

Pero eso nunca había detenido a nadie para hablar, para inventar, para condenar.

—Quizás encontraron antecedentes criminales en su expediente —sugirió otro, con voz llena de certeza.

—O pruebas de que es peligroso.

—¿Pruebas de qué?

—No lo sé... da igual. Algo tiene que haber hecho. Nadie se esconde tanto sin una razón. La gente normal no actúa así.

Yuuto siguió caminando.

Sin detenerse.

Sin mirar a nadie a los ojos.

Sin responder a nada de lo que decían.

Como siempre.

Pero esta vez, las palabras pesaban más que nunca.

Esta vez, no eran solo comentarios al azar. Esta vez, lo que decían parecía tener sentido, porque incluso él no sabía por qué lo habían llamado. Y esa incertidumbre era lo que más miedo le daba.

¿Qué hice?

La pregunta apareció una vez más en su mente, repetitiva y angustiosa.

¿Había roto alguna regla sin darse cuenta? ¿Había cometido algún error? ¿Había estado en el lugar equivocado? ¿Molestó a alguien simplemente por estar ahí? ¿Alguien se quejó de mí? ¿Me denunciaron por algo?

Su estómago se retorció, una sensación fría y pesada que le subía por la garganta.

Intentó repasar cada detalle de las últimas semanas en su memoria.

Cada clase a la que había asistido.

Cada movimiento que había hecho.

Cada vez que había pasado por un lado de alguien.

Cada vez que había estado en silencio.

Pero no encontró nada. No había nada que él considerara incorrecto.

Y eso solo empeoró la sensación de desesperación.

Porque si no sabía cuál era el problema... ¿cómo podía solucionarlo? ¿Cómo podía defenderse de algo que ni siquiera conocía?

A su alrededor, las conversaciones continuaban, indiferentes a su angustia.

—Apuesto a que lo echan hoy mismo. No deberían dejarlo ni terminar el día.

—Sería lo mejor para todos.

—Sí. Así dejaría de darnos miedo y de poner nerviosa a toda la escuela.

—La escuela volvería a ser perfecta, como antes.

Yuuto bajó un poco más la cabeza.

La sombra de la capucha se hizo más profunda, cubriendo completamente sus ojos, ocultando el miedo y la tristeza que brillaban en ellos.

No respondió.

No podía.

Porque en el fondo, en una parte muy pequeña de su ser, herida y cansada... comenzaba a preguntarse si quizás tenían razón.

Si tal vez, como decían, él no tenía nada que hacer allí.

Si tal vez sería mejor para todos, y también para él, desaparecer de aquel lugar y dejar de ser el problema, el monstruo, la anomalía.

Apretó la libreta contra su pecho con más fuerza, hasta que sus dedos dolieron bajo los guantes.

Y entonces, entre todo ese ruido y todas esas palabras crueles, recordó de repente.

Recordó la mano cálida de Shiori sujetando la suya unos minutos antes, allí en la biblioteca, en su rincón seguro.

Recordó su voz suave, tranquila y llena de confianza.

"Estás seguro con ellas."

"Son buenas personas, justas y no se dejan llevar por lo que dicen los demás."

Yuuto respiró profundamente.

Una vez.

Luego otra.

Llenando sus pulmones de aire, buscando calmar el temblor de su cuerpo.

Y continuó avanzando.

El ascensor estaba justo frente a él, al final del pasillo amplio.

Las puertas metálicas, brillantes y frías, le devolvieron una imagen oscura y distorsionada de su propia figura.

Por un instante se quedó observando su reflejo.

Vio la capucha negra cubriéndole la cabeza.

Vio los guantes ocultando sus manos.

Vio el cubrebocas tapando su rostro.

Vio la libreta apretada contra su pecho.

Vio lo que todos veían: una sombra.

El monstruo que todos parecían haber inventado para sentirse importantes.




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