El silencio se instaló en la sala.
Denso.
Pesado.
Como si el aire mismo se hubiera vuelto sólido.
Ninguna de las dos eras capaces de romperlo, ni siquiera con un suspiro, y la luz de la mañana seguía entrando por los grandes ventanales iluminando el espacio con la misma calma de siempre, como si nada hubiera pasado. Pero para Reika y Ayaka todo había cambiado por completo; allí seguía Yuuto, la misma persona, el mismo estudiante del que toda la escuela hablaba, y sin embargo, sentían que nunca antes lo habían visto realmente hasta ese instante.
Ayaka apretó los dedos con fuerza, mientras un nudo doloroso le cerraba la garganta.
Fue entonces cuando bajó la vista.
Y lo vio.
Todavía sostenía en su mano el cubrebocas, arrugado y fuera de forma, el mismo que ella le había arrancado con brusquedad unos minutos antes. En ese momento comprendió, con una claridad que le dolió en el pecho, que aquello no era una máscara para ocultar nada malo, sino un escudo, una protección que él había construido con mucho cuidado y que ella acababa de destruir sin piedad, sin pensar en las consecuencias, sin entender que detrás de esa barrera no había peligro, sino solo miedo.
Al levantar la vista de nuevo, pudo verlo tal como era.
Sus manos temblaban tanto que apenas lograban mantener la libreta apretada contra su pecho.La abrazaba como si fuera lo único que le quedaba.
Su último refugio,
ahora que le habían quitado todo lo demás.
Una sensación de culpa inmensa la invadió al darse cuenta de que, durante todo ese año, nadie se había detenido a conocerlo realmente: miles de alumnos, decenas de profesores, toda una comunidad entera, y todos habían preferido creer en rumores, en historias inventadas y en mentiras, porque era mucho más fácil imaginar un monstruo que intentar entender a una persona que sufría en silencio. Y ella, que siempre se había creído justa y observadora, que se jactaba de ver más allá de las apariencias, había hecho exactamente lo mismo que el resto: juzgar sin saber.
Reika permanecía inmóvil junto a la mesa, observando cada pequeño movimiento de Yuuto, cómo evitaba mirarlas, cómo intentaba hacerse pequeño, cómo el miedo se le notaba en cada gesto y en cada temblor de sus hombros. Por primera vez en mucho tiempo, sintió una vergüenza profunda y ardiente al comprender que había estado tan convencida de estar haciendo lo correcto, tan segura de que estaba resolviendo un problema y manteniendo el orden, que nunca se preguntó por qué alguien elegiría vivir oculto y en silencio, ni qué dolor lo obligaba a aislarse de esa manera.
Ahora entendía la respuesta.
Porque el mundo podía ser cruel.
Y ellas mismas acababan de demostrárselo con sus palabras y sus acciones.
Yuuto bajó la mirada hacia su libreta, pasó las páginas con dedos inestables y comenzó a escribir con una lentitud que revelaba el esfuerzo que le costaba cada trazo, como si cada letra fuera un peso difícil de llevar. Ayaka sentía el corazón desbocado, una mezcla de miedo y necesidad de saber qué iba a decir, aunque al mismo tiempo deseaba no tener que leerlo, porque presentía que esas palabras iban a dolerle más de lo que ya le dolía todo lo que había pasado.
Cuando él giró la libreta,
solo había una frase.
Corta.
Simple.
Dolorosa.
Lo siento.
Esas palabras fueron suficientes para que algo se rompiera dentro de Ayaka, porque no era una disculpa por haber ocultado cosas, ni por haber causado problemas, ni por haber roto ninguna regla. Era una disculpa por haber sido visto, como si mostrar su rostro fuera un error, como si él fuera el culpable de todo, como si ellas fueran las víctimas en todo aquello y él hubiera cometido un delito al dejar que lo conocieran.
—No... —logró susurrar ella, con la voz rota.
Yuuto bajó la libreta rápidamente, se agachó para recoger lo que había en el suelo y volvió a colocarse el cubrebocas con movimientos apresurados y nerviosos, como alguien desesperado por volver a estar protegido, por volver a ser invisible, por corregir el "fallo" de haberse dejado ver. Luego se puso la capucha, cubriendo poco a poco su cabello y su rostro, ocultando de nuevo todo lo que había sido expuesto ante ellas, capa tras capa, muro tras muro, hasta volver a convertirse en esa figura silenciosa y distante que todos conocían y que nadie se atrevía a comprender.
Y Reika comprendió con tristeza que habían sido ellas mismas quienes lo habían obligado a esconderse aún más profundo.
Yuuto dio unos pasos hacia atrás sin mirarlas y se giró hacia la puerta, dispuesto a irse para siempre de ese lugar donde solo había encontrado juicio y falta de comprensión.
—¡Yuuto! —gritó Reika.
Fue la primera vez que lo llamó por su nombre, como a una persona y no como a un problema o a un expediente, pero él se detuvo solo un instante, una pausa breve y silenciosa que bastó para confirmar que la había escuchado, aunque no giró la cabeza, ni respondió, ni se quedó. Siguió caminando hacia la salida, con la cabeza baja y el paso apresurado, mientras ella intentó decir una última cosa.
—¡Espera! —gritó de nuevo, dando un paso hacia adelante.
Pero sus piernas se quedaron clavadas en el suelo, porque sabía que ya no tenía derecho a pedirle nada: no después de haberlo acorralado, no después de haber roto su confianza, no después de haberle hecho daño creyendo que estaban haciendo lo correcto.
La puerta se abrió y se cerró suavemente, dejándolas solas en el silencio de la sala. Por primera vez desde que tomaron sus cargos, ni Reika ni Ayaka sabían qué hacer, ni cómo arreglar lo que habían destruido, porque acababan de descubrir una verdad dolorosa: el problema nunca había sido Yuuto. El problema era todo lo que lo rodeaba.
Y ellas habían sido parte de ello.
La puerta del Consejo Estudiantil se cerró tras él con un golpe seco, que resonó como el final de todo lo que conocía.