La Maldicion De Ser Visto

Capítulo 5: Lo que no dijimos

La puerta se cerró.

Y el sonido resonó por toda la sala.

Un ruido simple.

Suave.

Cotidiano.

De esos que pasan desapercibidos cualquier otro día, pero que en aquel momento pareció más fuerte que cualquier grito. Porque Yuuto ya no estaba allí, había desaparecido detrás de esa madera corriendo, huyendo de ellas, de sus palabras y de sus miradas. Y aun así, su presencia seguía llenando cada rincón de la habitación; se sentía en el aire, en la luz que entraba por las ventanas, en el espacio vacío donde había estado de pie.

Ninguna de las dos habló.

Ayaka permanecía inmóvil junto a la mesa.

Reika seguía de pie donde había intentado detenerlo.

Y entre ambas solo existía silencio.

Un silencio pesado.

Incómodo.

Doloroso.

Como si, de repente, todas las palabras que conocían hubieran perdido todo significado. Como si ya no sirviera hablar de nada, porque una sola frase seguía resonando una y otra vez dentro de sus cabezas, grabada a fuego, imposible de borrar:

Lo siento.

Una disculpa.

Nada más.

No una acusación.

No un reproche.

No una queja, ni un grito, ni un reclamo por todo lo que le habían hecho. Solo una disculpa, y eso era precisamente lo que más dolía, lo que les desgarraba el pecho, porque entendían por fin que esas palabras no eran por él, sino por ellas.

Reika fue la primera en moverse.

Retrocedió lentamente hasta una de las sillas.

Y se dejó caer sobre ella.

No con elegancia.

No con la compostura que todos esperaban de ella.

Simplemente se dejó caer, rindiéndose, como alguien que acababa de descubrir una verdad que no quería ver, una verdad que le pesaba demasiado para mantenerse de pie. Sus ojos permanecieron fijos sobre la puerta cerrada, esperando, mirando fijamente la madera, como si una parte de ella creyera que en cualquier momento Yuuto volvería a entrar y todo volvería a ser como antes.

Pero la puerta no volvió a abrirse.

Y el silencio continuó.

—No lo entiendo...

Su voz apenas fue un susurro.

Roto.

Débil.

Ayaka levantó ligeramente la mirada.

Sus ojos brillaban con confusión y dolor.

—¿Qué cosa?

—Nada encaja.

Reika bajó la vista hacia sus propias manos.

Todavía temblaban.

—Los rumores.

—Las historias.

—Todo lo que escuchamos durante este año.

Negó lentamente con la cabeza, sintiendo asco de sí misma por haber creído en todo aquello sin cuestionar nada.

—Nada era cierto. Ni una sola parte.

Ayaka no respondió.

Porque ella también lo sabía.

Habían pasado meses preocupadas, investigando, buscando algo.

Una explicación.

Una razón.

Cualquier cosa que justificara todo aquello.

Y al final, después de verlo, después de haberlo tenido desnudo de barreras frente a ellas... no habían encontrado nada de lo que buscaban. Nada excepto tristeza, una tristeza tan profunda, tan antigua y tan inmensa, que todavía seguía oprimiéndoles el pecho solo de recordarla.

Reika cerró los ojos.

Y recordó la reunión.

Las preguntas.

Las acusaciones.

La insistencia.

Y de pronto comprendió algo que le atravesó el corazón como una espada. Nunca había intentado defenderse. Ni una sola vez. No porque fuera culpable, sino porque ya estaba acostumbrado. Acostumbrado a que lo juzgaran, a que no le creyeran, a que nadie estuviera de su lado.

La realización la golpeó con fuerza.

—No estaba escondiéndose de nosotros...

Ayaka la observó.

Confundida.

—¿Hm?

—Estaba protegiéndose.

La sala volvió a quedarse en silencio.

Porque ambas sabían que era verdad.

Todo aquello.

La capucha.

Los guantes.

El cubrebocas.

La libreta.

No eran barreras para alejar a otros.

Eran escudos.

Escudos construidos poco a poco.

Después de demasiados golpes.

Después de demasiadas miradas.

Después de demasiado tiempo estando solo.

Habían visto toda esa ropa como una forma de rechazo, como un muro que él levantaba contra el mundo, pero ahora entendían la realidad: cada capa de tela, cada objeto que usaba para cubrirse, era una protección que había aprendido a usar para sobrevivir. Para que nadie pudiera herirlo más de lo que ya lo habían hecho.

Ayaka bajó lentamente la vista hacia su mano.

Su mano derecha.

Todavía podía sentir la tela del cubrebocas.

Aunque ya no estuviera allí.

Todavía podía recordar el instante exacto en que lo arrancó.

La expresión de Yuuto.

La forma en que cerró los ojos.

Como si supiera exactamente lo que iba a pasar.

Como si ya hubiera vivido aquella escena demasiadas veces.

Sus dedos se cerraron lentamente.

Apretándose hasta dolerle.

Odiándose a sí misma.

—Yo fui quien lo hizo.

La voz salió más baja de lo habitual.

Más débil.

Más humana.

—Ayaka...

—Yo fui quien le quitó el cubrebocas. —Las lágrimas por fin se deslizaron por sus mejillas—. Fui yo quien le arrancó su protección. Fui yo quien pensó que tenía derecho a saber, a ver, a juzgar.

Reika no encontró palabras.

Porque tampoco podía negarlo.

—Pensé que estaba resolviendo el problema.

Ayaka soltó una pequeña risa.

Una risa amarga.

Vacía.

—Qué arrogante.

Por primera vez desde que se conocían...Reika no discutió.

Porque ella también había sido arrogante.

Había creído que entendía la situación solo por leer informes.

Había creído que sabía qué era lo mejor.

Había creído que podía arreglarlo todo.

Y al final... ni siquiera se había tomado el tiempo de conocer a la persona que tenía delante. Ni se había preguntado qué había debajo de toda esa ropa oscura, ni qué sentimientos se escondían detrás de ese silencio eterno. Solo había visto un caso, un problema, una situación que resolver, y nunca a un chico que sufría en soledad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.