La Maldicion De Ser Visto

Capítulo 6: Así se borra a alguien

La casa permanecía en silencio.

Un silencio suave, cálido y protector, muy distinto al vacío frío y pesado que había quedado en la sala del Consejo Estudiantil. Aquí no había juicios, ni miradas inquisitivas, ni palabras que dolieran. Solo el sonido tenue del viento acariciando los árboles del jardín y la calma que solo un hogar verdadero puede ofrecer.

La única luz encendida provenía de una pequeña lámpara de mesa, con una pantalla de tela que proyectaba un resplandor dorado y tenue, suficiente para iluminar la habitación sin resultar molesta.

Aoi permanecía sentada al borde del colchón, con la espalda ligeramente inclinada hacia adelante. Su mano se movía con una lentitud infinita, recorriendo suavemente el cabello plateado de su hijo, deshaciendo con ternura cualquier pequeño enredo, como si quisiera borrar con sus caricias todo lo que le había pasado durante el día.

Yuuto dormía.

O al menos eso parecía.

Su respiración ya era tranquila y regular, más pausada que cuando había llegado, pero las marcas de las lágrimas seguían visibles en sus mejillas, secas y dibujando surcos pálidos sobre su piel. Incluso dormido, incluso después de haber llorado hasta quedarse sin fuerzas, hasta que el cuerpo le pidió descanso, seguía aferrado con ambas manos a su libreta negra, apretándola contra su pecho con tanta fuerza que sus nudillos aún conservaban un leve tono blanco. Como si temiera que, si la soltaba, aunque fuera un instante, alguien pudiera intentar arrebatársela también.

Aoi sintió un dolor silencioso y profundo que le oprimió el pecho, ese tipo de dolor que no grita, pero que se siente en cada latido del corazón. Con infinito cuidado, apartó algunos mechones de cabello que se le habían pegado a la frente por el sudor y el llanto, y sus dedos se detuvieron un instante sobre su rostro.

Recordaba perfectamente cuando era pequeño.

Cuando todavía sonreía con facilidad, con esa risa clara y brillante que iluminaba toda la casa.

Cuando corría por los pasillos sin miedo, sin tener que ocultarse.

Cuando aún creía de verdad que el mundo podía ser amable, que las personas podían mirarse sin juzgar y que un lugar seguro era algo que existía para todos.

Y ahora...Ahora dormía abrazando una libreta como si fuera su único salvavidas, su única protección contra todo lo que le esperaba fuera de esas cuatro paredes.

—Lo hiciste bien...

La voz apenas fue un susurro, tan suave que casi se confundía con el aire.

Una caricia convertida en palabras.

Un consuelo que no necesitaba ser escuchado para ser sentido.

—Lo intentaste con todas tus fuerzas, mi vida. Lo intentaste de verdad.

Porque ella lo sabía.

Sabía cuánto esfuerzo le había costado sobrevivir a aquel año entero.

Sabía que para cualquier otro estudiante asistir a clases, caminar por los pasillos o sentarse en un aula era algo normal, cotidiano, casi sin importancia.

Pero para Yuuto era una batalla diaria.

Una batalla que llevaba librando desde hacía demasiado tiempo, mucho antes de llegar a esa escuela.

Aoi observó unos segundos más a su hijo, grabando en su memoria la imagen de su rostro relajado por fin, aunque fuera en sueños. Luego se inclinó despacio, con sumo cuidado para no despertarlo, y depositó un beso suave y cálido sobre su frente.

—Descansa ahora. Aquí nada te va a hacer daño.

Y finalmente abandonó la habitación, cerrando la puerta lentamente, dejando solo una rendija pequeña para que no quedara en completa oscuridad.

Abajo, la casa seguía sumida en la calma de la noche. Las luces estaban bajas, creando sombras suaves sobre los muebles antiguos y las cortinas que se mecían levemente con la brisa que entraba por las ventanas entreabiertas. Todo olía a limpio, a té recién preparado y a madera vieja, un olor que siempre había significado refugio. Esta casa no era solo un techo sobre sus cabezas: era el lugar que les había dejado el abuelo, el único hogar estable que habían conocido en años.

Aoi llegó hasta la mesa del comedor, se sentó en una de las sillas de madera y, por primera vez desde que Yuuto había cruzado la puerta, permitió que todo el cansancio, la preocupación y el miedo acumulados durante las últimas horas aparecieran en su rostro. Su espalda se curvó ligeramente, sus hombros cayeron y sus ojos se cerraron un instante, como si necesitara recobrar fuerzas.

Sobre la mesa descansaba su teléfono móvil.

La pantalla seguía encendida, iluminando tenuemente la madera oscura.

En ella se veía un único contacto, el último que había buscado: Director Aoyama Ryuuji.

Su dedo permaneció inmóvil sobre la pantalla, suspendido en el aire, durante largos segundos.

Pensando.

Recordando.

Reviviendo cada momento de aquel año.

Cuando Yuuto ingresó a aquella academia, ella había sentido esperanza.

Tal vez demasiada.

Era una de las mejores instituciones del país, una escuela prestigiosa, reconocida y respetada en todo el territorio. Un lugar donde se decía que se formaban líderes, donde se cuidaba a cada alumno y donde todos tenían las mismas oportunidades. Un lugar donde los estudiantes construían su futuro con seguridad.

Y durante un año entero...Ella había querido creer que por fin había encontrado el sitio adecuado.

Que Yuuto podría terminar sus estudios allí sin tener que huir.

Que podría ser aceptado tal cual era.

Que no tendrían que volver a cambiar de escuela una vez más, buscando un lugar que nunca parecía existir.

Pero estaba equivocada.

Terriblemente equivocada.

Lentamente levantó la mirada, y sus ojos se posaron en una de las paredes del fondo. Allí, en un rincón tranquilo y bien cuidado, descansaba un pequeño altar conmemorativo. Las fotografías estaban ordenadas con esmero, las flores frescas renovadas cada mañana, y una pequeña placa de madera con los nombres grabados.

Allí estaban las dos figuras que más habían marcado la vida de su hijo:




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