La Maldicion De Ser Visto

Capítulo 7: El juicio silencioso

La tarde caía lentamente, tiñendo el cielo de tonos naranjas y grises, cuando Ayaka y Reika llegaron por fin frente a la casa. Era una vivienda pequeña, sencilla y sin adornos especiales, exactamente igual a tantas otras en el barrio. Nada en su aspecto exterior daba a entender que entre esas paredes se había refugiado durante tanto tiempo alguien que llevaba el peso de la soledad y el rechazo sobre sus hombros.

Se quedaron allí paradas unos instantes, sin atreverse a dar el siguiente paso. Ambas observaban la puerta de madera, como si cruzar aquel umbral significara admitir de una vez por todas la gravedad de lo que habían hecho y lo que habían permitido que pasara. Ayaka respiró hondo, llenando los pulmones de aire frío, y alargó la mano para llamar.

No pasó mucho tiempo antes de que la cerradura girara y la puerta se abriera con suavidad.

Y allí estaba ella.

Aoi Kanzaki.

No necesitó ninguna presentación. En cuanto la vieron, ambas supieron de inmediato quién era. Había algo en su mirada, en la forma en que se mantenía erguida a pesar del cansancio, que le recordó al instante a Yuuto: la misma tristeza contenida, la misma fuerza callada, esa capacidad de seguir adelante incluso cuando el dolor parecía insoportable. Pero en Aoi había algo más, algo que su hijo no mostraba tan abiertamente: una rabia profunda, silenciosa y perfectamente controlada, mucho más intimidante que cualquier grito o estallido de furia. Era el tipo de enojo que se guarda por mucho tiempo, que se alimenta en silencio y que solo sale a la luz cuando ya no hay nada más que perder.

—¿Qué quieren?

La pregunta fue corta, directa y sin ningún rastro de hospitalidad.

Ayaka tragó saliva, sintiendo cómo se le secaba la garganta.

—Hemos venido para hablar con Yuuto, por favor.

Aoi no respondió al instante. Se limitó a recorrerlas con la mirada, de arriba abajo, evaluándolas como si estuviera decidiendo en ese mismo momento si debía cerrarles la puerta en la cara y dejarlas allí para siempre.

—¿Ahora? —preguntó finalmente, con una sola palabra que cayó como un golpe seco—. ¿Ahora recuerdan que existe? ¿Ahora recuerdan que respira, que siente y que sufre como cualquier otra persona?

Reika bajó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada.

—Señora, nosotras...

—Durante un año entero nadie pareció darse cuenta de que estaba ahí —la interrumpió Aoi sin levantar la voz, y precisamente esa calma helada hacía que sus palabras dolieran mucho más—. Lo vieron caminar solo por los pasillos, comer solo en un rincón, esconderse bajo su ropa como si quisiera desaparecer. Lo vieron apagarse poco a poco, día tras día, y nadie hizo nada. Nadie se detuvo a preguntar por qué.

Ayaka sintió que el pecho le oprimía con tanta fuerza que le costaba respirar, pero no pudo encontrar ninguna excusa. No tenía derecho a tenerla.

—Nos equivocamos... —alcanzó a murmurar Reika con voz apagada.

—No.

La respuesta fue inmediata y tajante.

—No se equivocaron. Simplemente se quedaron mirando.

Esas palabras atravesaron todas sus defensas como una aguja fina y afilada.

—Yo lo escuchaba cada noche —continuó Aoi, y por primera vez su voz tembló, revelando cuánto le costaba hablar de ello—. Lo escuchaba intentar contener el llanto para que yo no lo oyera. Lo escuchaba encerrarse en su habitación, preguntándose en silencio qué hacía mal, por qué nadie lo quería cerca. Y aun así, cada mañana se levantaba, se ponía el uniforme y volvía a intentarlo. Volvía a salir a un lugar donde sabía que solo encontraría indiferencia y rechazo, solo porque quería creer que las cosas podían cambiar algún día.

Aquello dolió más que cualquier acusación directa, porque era la verdad más cruda: Yuuto había luchado mucho más de lo que nadie había imaginado.

—Señora, por favor... —dijo Reika dando un paso adelante, con la voz quebrada—. Solo queremos hablar con él.

—No.

La mirada de Aoi se endureció hasta volverse impenetrable.

—No me pidan eso. No después de verlo volver a casa ayer temblando de miedo y dolor. No después de ver cómo se rompía entre mis brazos. No después de tener que sostenerlo mientras lloraba todo lo que se había guardado durante meses.

El silencio se apoderó del recibidor, denso y asfixiante, como si el aire mismo se hubiera vuelto pesado.

—Deberían irse —dijo Aoi con firmeza—. Y no vuelvan nunca más.

Ayaka sintió cómo algo se hundía en lo más profundo de su pecho, pero Reika no se movió ni un centímetro.

—Por favor —insistió, y esta vez no pudo evitar que las lágrimas asomaran a sus ojos—. Déjeme verlo, aunque sea solo una vez. Aunque no quiera responderme, aunque me cierre la puerta en la cara, aunque me mire con odio... lo acepto todo. Pero necesito verlo.

Llevó ambas manos a su propio pecho, como si quisiera sujetar el dolor y la culpa que la consumían por dentro.

—Necesito hacerlo.

Aoi estaba lista para repetir ese mismo "no" que parecía definitivo, para mantenerlas fuera y proteger a su hijo de cualquier daño nuevo. Pero en ese momento, algo llamó su atención: algo pequeño, casi imperceptible, que ninguna de las dos parecía haber reparado.

Los nudillos de Reika.

La piel estaba rota, enrojecida e hinchada, cubierta con un pañuelo arrugado y manchado de sangre seca. Era una herida reciente, hecha apenas unas horas antes.

Aoi se quedó inmóvil, y por un instante bajó la mirada hacia sus propias manos, ocultas bajo la manga de su blusa. Allí, en la piel, tenía marcas parecidas: cicatrices antiguas, finas y desvanecidas, recuerdos de golpes contra paredes, mesas o puertas en momentos de frustración desesperada, cuando sentía que no podía hacer nada para cambiar la realidad que le dolía.

Por un segundo breve, muy breve, se vio reflejada en aquella joven. No significaba que las perdonara, ni que creyera que todo estaba bien ahora, pero reconoció esa mirada: la mirada de alguien que acaba de abrir los ojos demasiado tarde, de alguien que se odia a sí misma por no haber visto antes lo que tenía delante.




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